EL ENCARGADO

Por Oscar Valentín Bernal

«I laughed and shook his hand,
and made my way back home.
I searched for form and land,
for years and years I roamed.
I gazed a gazeless stare.
We walked a million hills,
I must have died alone,
a long, long time ago.

Who knows?
Not me.
I never lost control.
You’re face to face,
with the man who sold the world… ».

David Bowie

I

Thomas McMurdock casi se quedaba dormido, con la frente sobre la fría ventanilla del asiento trasero del coche familiar, mientras veía los árboles del bosque de Gethurlem pasar veloces frente a él, cada vez más sombríos a medida que el sol descendía hasta perderse tras la franja montañosa que bordeaba el horizonte. El murmullo de «The Man Who Sold The World» le llegaba apagado desde un auricular que pendía medio flojo de su oído. El bajo volumen, aunado al sonido de la carretera dotaban a la voz de David Bowie de un efecto hueco, como si el tipo cantara bajo el agua. Los ojos de Thomas estaban casi cerrados cuando la voz de su padre, Erick, lo hizo espabilar:

—¿El límite de Grigsyard ha quedado atrás? No vi el letrero.

—No hemos pasado ninguno —aseguró Sandra, la madre de Thomas, desde el asiento del copiloto.  

—Pero debimos hacerlo, esa montaña ya ha quedado muy hacia el norte, no recuerdo esta parte del camino.

—Pues quizá no vimos el letrero por la… plática de hace rato. Pero no hemos pasado ninguna bifurcación, solo estas curvas que terminarán por volverme loca.

La plática de hace rato tuvo como protagonista a Johanna, la hermana mayor de Thomas, quien ahora dormía con la cabeza pegada a la otra ventana en el mismo asiento que él. La muchacha esperó hasta el camino de regreso de las vacaciones familiares —planeadas por sus padres para celebrar veinteavo cumpleaños de Thomas—, para revelarles que estaba embarazada. Al parecer, el tal Jonas, con quien vivía desde el año pasado, había dado justo en el blanco y acabado en el acto con las esperanzas de Sandra de que el romance de su hija con aquél pusilánime fuera algo pasajero. La conversación se extendió por más de dos horas, mientras el auto de los McMurdock descendía entre las pronunciadas curvas de las montañas, Thomas agradeció a su hermana el haber esperado hasta ese momento para revelar su embarazosa situación.

—¿Estás… segura? —repitió Sandra por tercera ocasión.

—Sí, mamá, sé cómo

 funciona una prueba de embarazo.

—¿Pero, cómo es eso posible?

—Creo que sabes de sobra, la forma en que ocurre, ¿no?

Sandra intentó mantener la calma, y Erick McMurdock realizó un heroico esfuerzo por calmar a su esposa, y casi lo consiguió, hasta el momento en que su hija se atrevió a dar el segundo anuncio de la noche:

—Vamos a casarnos en junio.

—Espera… ¿Van a que?

—A casarnos mamá. Ya sabes: un altar, pastel, vestido, unos cuantos invitados. Jonas no quiere mucha gente, ha dicho que es mejor guardar algo de dinero para si surge alguna complicación con el bebé.

—Claro, no podía ser de otro modo. ¿Y puedo saber de dónde sacarán el dinero para… ?

—Escucha, linda —intervino Erick—. Yo voy a ayudarles con algo, ¿sí?

El efecto de aquellas palabras fue más de lo que Sandra podía soportar, sus ojos se clavaron directo en el rostro de su esposo como dos lanzas de punta envenenada.

—¡Tú… ! ¡Lo sabías y no dijiste nada… !

—Mamá… 

—¡No puedo creerlo… ! ¿No me tienen confianza? ¡Soy tu madre!

La batalla verbal siguió por un rato, en el que Erick intentaba hacer entender a su esposa que habían buscado la manera de contarle, pero sabían cómo reaccionaría. Cada palabra de esa conversación parecía convertirse en una arma de destrucción masiva, y Thomas, quien también sabía lo del embarazo de su hermana desde antes, tomó la sabia decisión de no entrometerse y se puso de los audífonos para no escuchar a su padre seguir con aquella charla autodestructiva. 

El silencio volvió a apoderarse del auto y, en algún momento antes del final de la canción de David Bowie, Thomas McMurdock por fin se quedó dormido.

II

Abrió los ojos despacio y al principio experimentó un raro sentimiento de desorientación. No recordaba dónde se encontraba, ni con quien. Miró a su alrededor, un paso por debajo del pánico, pero sin entender el motivo de dicha sensación. Le tomó un momento darse cuenta de que aún estaba sentado en el asiento del auto. Ambos audífonos yacían sobre su regazo, enredados con el aparato de música, y emitían un vago sonido estático. No había nadie más en el carro además de Thomas, las otras tres puertas estaban abiertas y, frente al parabrisas, se alzaban cuatro bombas de combustible y un enorme letrero luminoso de «Combustibles de Fjälland».

Dejó el reproductor de música sobre el asiento y bajó del auto. La estación estaba por completo vacía, aparte del vehículo de los McMurdock, no se veía ni un sólo auto en toda la explanada, ni junto a las bombas, ni en los alrededores.

—¿Papá?

Las palabras sonaron amortiguadas, como si al sonido le costara recorrer la distancia en un aire demasiado espeso. A pesar de ser noche cerrada hacía calor y podía percibirse un extraño aroma cobrizo que a Thomas le recordó a las tuberías del lavaplatos de su casa que, de forma constante, debía ayudar a su madre a reparar por las fugas. El gran letrero de la estación de servicio parpadeó un poco antes de volver a quedar encendido y, en ese momento, Thomas reparó por primera vez en la tienda erigida al fondo del terreno de la gasolinera.

Estaba claro que hubo algún problema con el auto. Su familia debía estar allí, hablando con el encargado y, como él estaba dormido, lo dejaron dentro del coche.

Recorrió la distancia hacia el local, con la vista fija en la luz encendida en el interior, la cual se veía a la distancia difuminada por una especie de vapor que parecía sublimarse en el aire, tal como ocurre con el asfalto bajo el sol. Solo que allí no había sol y, el calor de aquella noche resultaba absurdo y antinatural.

La tienda estaba vacía. Thomas cruzó la puerta de cristal de la entrada y miró entre las estanterías y hacia los refrigeradores del fondo. Una vieja máquina de café, unas cuantas mesas desiertas y nada más.

—¿Hola?

Dirigió la pregunta hacia una puerta abierta, ubicada detrás del mostrador, en cuyo interior solo se veía la completa oscuridad. No hubo respuesta.

¿Dónde estaba todo el mundo? No era algo común que una estación de servicio estuviera vacía, incluso a altas horas de la noche. ¿Y si había sucedido algo? Un secuestro, o algo así. Thomas leyó en el periódico hacía unos días algo sobre un tipo que secuestraba personas para sacarles los órganos. ¿No eran de Gethurlem varias de sus víctimas? 

Pensaba en aquello, cuando la voz de su hermana a su espalda le erizó los vellos de la nuca:

Sht, sht ¿Tomy? 

—¡Eres una estupida, casi haces que me cague en los… !

No había nadie detrás suyo, sólo las estanterías llenas de latas, paquetes de papas fritas y demás comida chatarra.

—¿Johanna… ? Muy divertido, ¿eh?

No hubo respuesta.

Comenzó a recorrer las estanterías, una a una, sólo para darse cuenta de que su hermana no se encontraba detrás de ninguna de ellas. Pero, no podía ser, la había escuchado a la perfección. Las cosas estaban poniéndose ya demasiado raras.

—¡Hola! ¿Puedo ayudarte? —La repentina pregunta del hombre casi le hace estallar el corazón. Se giró hacia el mostrador y descubrió a un anciano delgado y pálido que lo veía fijamente. Era calvo y le recordaba al actor que hacía de vampiro en esa vieja película a blanco y negro. Sólo que, este vampiro vestía un delantal desgastado con el logo de «Combustibles de Fjälland». El tipo esbozó una sonrisa y descubrió una dentadura con varios huecos y, a todas luces, falta de mantenimiento—. Oh, siento haberte asustado. No era esa mi intención.

Thomas miró a la puerta oscura a espaldas del sujeto, y se preguntó si lo había estado observando oculto por las sombras, desde el momento en que entró en la tienda.

—Busco a mi hermana y a mis padres. Me quedé dormido en el auto y… 

—Ah, ya entiendo…  —lo interrumpió el viejo—. Aunque debo decir que eres el primero en entrar a esta tienda en mucho tiempo, Tomy.

Algo en aquél hombre le parecía demasiado familiar. Un pensamiento le dijo que era porque en verdad se trataba del vampiro de la película. “Nosferatu”, el no muerto.

—Pero eso no puede ser —empezó a decir Thomas—. Nuestro auto está aparcado allá afuera, junto a las bombas. Papá venía conduciendo.

Los ojos encallecidos del encargado subieron hacia las bombas y volvieron a posarse en Thomas.

—Oh, yo sé, Thomas. Pasa todo el tiempo, y no es tu culpa, en serio. No te sientas mal. Cuando yo entré por esa puerta hace cincuenta y dos años, también perdí a alguien, aunque no puedo recordar quien era con exactitud. ¿Sabes? tengo la teoría de que pudo terminar en una estación de servicio muy parecida a esta. Quizá hasta sea la misma, pero en un lugar distinto. No se si me explico.

—¿De qué demonios estás hablando?

El viejo esbozó otra sonrisa incompleta.

—Esta jodida isla es un lugar peculiar, ¿no crees?

—Usted está loco.

Las pupilas del viejo se dilataron y su sonrisa vaciló un poco.

—¿Loco, dices… ? ¿Y tú no lo estarías después de cincuenta y dos años, muchacho? Primero vagas por la carretera, sólo para volver a la puta estación de servicio, una, y otra, y otra, y otra vez, hasta sentir que las piernas van a estallarte, luego, lo intentas por el bosque, a pesar de saber que podrías perderte y vagar allí por un tiempo indefinible, o ser devorado por los lobos que siempre oyes merodear, muy cerca, pero nunca llegas a verlos en realidad; después, te sientas a llorar en un rincón de la tienda, o detrás de los anaqueles; puede que te arranques los pelos del cráneo para ver si el dolor te ayuda a despertar de esta pesadilla sin final, más tarde sigues con los dientes y, si no tienes las pelotas para acabar con esto, repites el ciclo por siempre. ¿Sábes lo que significan esas palabra, chico? ¿Para siempre?…  Pues claro que no tienes ni idea. 

»En ocasiones escuchas los camiones bajar de la montaña por la intercepción que da al camino del Lago Carpenter; sales a buscarlos y, muy de vez en cuando, y me refiero a muy, muy de vez en cuando, alguno se detiene en la carretera al verte; pensarás que te has salvado, que podrás bajar de la montaña y dirigirte a buscar a tu familia, con la esperanza de que el tiempo no haya pasado afuera de esta estación de mierda y los haya matado a todos. Pero el camión nunca te lleva más allá de la curva del kilómetro 72 y, después de un tiempo, dejas de intentarlo

Thomas observaba al viejo, sumido en un perplejo silencio. El tipo estaba por completo desquiciado, tenía que estarlo. Sintió la garganta seca y ganas de orinar. El Encargado prosiguió:

—No me mires así. No es mi culpa que te haya tocado tan mala fortuna. Si me permites darte un consejo: piensa que has sido sólo tú, abrazate a esa idea con todo lo que tengas y no vayas a soltarla. No te atormentes al pensar en tus padres, ni en Johanna, ni en el bebé.

Thomas sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabes esas cosas?  

—¿Qué? He vivido aquí muchísimo tiempo, Thomas, lo sé todo sobre este lugar.

—Eso no. ¿Cómo sabes el nombre de mi hermana?, ¿cómo sabes que está esperando un bebé?

Al estar tan alterado, Thomas pasó por alto el hecho de que tampoco le había mencionado su propio nombre a aquel tipo.

—Bueno, supongo que tú debes habermelo contado… 

—No ha sido así. Apenas te he hecho un par de preguntas.

—¿Estás seguro de eso, Thomas McMurdock? ¿Y cómo te explicas entonces que sepa que naciste en Jarlspeak, y que la familia de tu padre se mudó de Pensilvania cuando él tenía sólo cinco años, que conoció a tu madre en la Universidad de Duvhök, y que tuvieron a Johanna a los cuatro años de casados, y a ti tres años más tarde. Creo que esa información requiere de algo más de tres preguntas, ¿o no? ¿Cómo te lo explicas? ¿ Crees que te he leído la mente?

El viejo rió.

—¡Yo acabo de entrar por esa puerta!

—¡Oh! ¿En serio?

El viejo volvió a reír. Esta vez su risa se convirtió en un acceso de tos. 

—Usted está loco.

III

Thomas se dio la vuelta y salió por la puerta hacia la estación de servicio, donde el aroma a cobre era aún más fuerte. Recorrió el camino de regreso al auto y se llevó una gran sorpresa al advertir la lámina carcomida, las llantas desinfladas, y el parabrisas cubierto por una gruesa capa de polvo que impedía ver el interior.

—¿Papá? ¿Mamá? ¿Johanna?

Las preguntas se desvanecieron en un eco cacofónico, como si la atmósfera cobriza del lugar obstruyera la propagación de las ondas sonoras.

Thomas pensó que no podían ser ciertas las palabras del encargado, se trataba de un viejo loco que quería asustarlo. Permaneció parado en el mismo sitio por unos minutos, en estupefacta contemplación del auto de su familia.

«¿Unos minutos, o en realidad han sido décadas?», dijo la voz del encargado en su cabeza. «Es como una burbuja en la realidad, un bucle de radiación cósmica, o algo por el estilo».

¿Pero era en realidad el encargado quien se lo había dicho? No podía recordarlo con exactitud.

—Está bien, Tommy, mi hijo ha nacido —dijo una voz fantasmal a su espalda—. Y el hijo de mi hijo también… 

Thomas, se volvió con el corazón en la boca.

—¿Johanna… ? ¿Dónde estás?

IV

Sin darse cuenta, se encontraba ahora en el bosque. Caminaba sin tener muy claro hacia dónde se dirigía. Gritaba el nombre de su hermana sin obtener respuesta. De pronto, escuchó a los lobos, jadeaban como demonios entre los árboles, a veces lejos, a veces tan cerca que podía percibir el hedor de sus pelajes húmedos y la pestilencia a carne podrida de sus hocicos. Echó a correr por el bosque y oyó a los lobos lanzarse en pos de él, aunque nunca llegó a ver de ellos algo más que sombras entre la maleza.

El bosque era inmenso a su manera. A su manera porque, aunque se hubiese tratado solo de un par de hectáreas, Thomas pasaba una y otra vez frente a los mismos árboles, las mismas rocas y las mismas raíces que protuberaban de la tierra. Daba igual si se extendía hasta el fin del mundo o no, él era su prisionero y, después de mucho andar, volvía a toparse una y otra vez con el letrero fluorescente de la endemoniada estación de servicio, con sus tonos chillones, amarillo y rojo.

Cuando los lobos dejaban de escucharse otros sonidos lograban percibirse: el movimiento de las ramas pese a la ausencia de viento, el correteo de pequeños monstruos invisibles entre la hojarasca, murmullos entrecortados similares a conversaciones que ocurrían en un lugar muy lejano y, si prestaba especial atención, el ruido de los automóviles en la carretera. Solo que, al acercarse a la intersección del Lago Carpenter, solo veía una niebla borrosa con la vaga forma de vehículos que pasaban muy rápido.

V

Después de un tiempo regresó a la estación de servicio, con la intención de enfrentar al encargado. Le arrancaría las respuestas a golpes si era necesario. Estaba seguro de que ese viejo cabrón sabía mucho más de lo que decía, esa sonrisa chimuela lo delataba. 

El auto de su familia estaba justo donde lo dejó la última vez, el letrero titilaba de nuevo y la luz en el interior de la tienda permanecía encendida. Pero del encargado no había rastro y la puerta detrás del mostrador estaba cerrada.

Thomas se dijo que el tipo ocultaba algo tras esa puerta, algo que bien podría ser la salida de la estación de servicio. De alguna forma sabía que todo era culpa de aquél viejo asqueroso; de pronto, tuvo la seguridad de que fue él quien atrajo a su familia hacia ese malévolo lugar. No era un hombre en realidad, se trataba de un eco maldito de La Isla Madre, un espectro en una búsqueda eterna de alguien que tome su lugar como guardián de la estación de servicio, hasta el fin de los tiempos. 

Thomas debía actuar con rapidez, antes de que él volviera y lo encontrara husmeando. Detrás de esa puerta encontraría la forma de liberar a su familia y a sí mismo del macabro destino elucubrado por la malvada entidad que era el encargado. Así que, con esa idea en mente cruzó la tienda y se metió detrás del mostrador. Descubrió que estaba nervioso de pensar que el viejo pudiera regresar en cualquier momento y sorprenderlo. Metió las manos debajo de la caja y de los estantes de golosinas. Buscaba algo, una llave para abrir la puerta, o cualquier pista que le ayudara a revertir el influjo de aquél ser decrépito. Entonces, escuchó un sonido afuera de la tienda. Se le acababa el tiempo, él venía, y cuando llegara, no habría marcha atrás, Thomas se convertiría en su prisionero por siempre.

Se dio la vuelta y, desesperado, descargó una patada contra la puerta, la cual se estremeció en su marco pero no cedió. Luego, comenzó a golpearla con el hombro una y otra vez, temeroso de que el encargado escuchara aquel estruendo, pero seguro de que era aquella su última oportunidad de escapar.

La puerta se abrió con el quinto golpe, y Thomas se precipitó hacia la oscuridad del interior, cayó de bruces entre una eternidad blanda e hirviente que apestaba a cobre y a podredumbre. Allí dentro había un secreto horrible: «El secreto de el encargado». Thomas emitió un llanto que parecía una risa, ante la monstruosa ironía que reposaba oculta tras esa puerta. Y entonces, escuchó una voz familiar a su espalda:

—¿Johanna… ? Muy divertido, ¿eh?

Al volverse sobre el hombro vio que había alguien en la tienda, un chico que miraba de un lado a otro, y buscaba entre las estanterías con expresión confundida.

El encargado salió de la puerta de los secretos, se paró frente al mostrador y, tras un breve momento de lucha interna en contra de aquél horrible sentimiento de predestinación, repitió su linea en aquél guión infinito e inevitable:

—¡Hola! ¿Puedo ayudarte?

Oscar Valentín Bernal
01 de mayo de 2020
Zapopan, Jalisco 

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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