Precipitación

Por Jonathan Novak

Nana mira desesperada la espalda de la dama sentada en la ladera de cristal del edificio. Su cuerpo que se encontraba cayendo desde el piso cuarenta y dos, se detuvo súbitamente a pocos instantes de haber dado el salto.

—No entiendo, eres una niña muy linda. —La delgada dama reposada sobre una fina silla de caoba con tapicería de color carmín, mece la pierna derecha cruzada sobre la izquierda de manera nerviosa. Nana logra ver que su acompañante tiene un delgado cigarrillo a medio fumar entre el dedo índice y el corazón—. Con diecisiete años y de esta manera señorita… —continuó la dama—. ¿No pudiste haber elegido algo menos… agresivo?

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A merced de Dios

Por S. Bobenstein

Aquel era un domingo sacado de los comerciales de vacaciones: el sol brillaba alegre sobre todas las criaturas en medio de un azul celeste despejado, las olas del mar rompían con su característico sonido sobre la arena que delimitaba a la moderna ciudad costera. Las familias, los amigos y demás personas, iban de aquí para allá con grandes sonrisas, disfrutando de su día de asueto bien merecido. El calor previo a la llegada del verano estaba en el punto justo para poder disfrutar de la brisa al caminar. Se respiraba un ambiente alegre y cordial por todas partes.

Él se encontraba dentro de una cafetería con aire acondicionado y vista al mar, sentado a la mesa, sobre la que descansaban una gorra de un color amarillo chillante, unos lentes oscuros, una taza de capuchino y una rebanada de pastel de chocolate a medio comer. Compartía su lugar con un hombre mayor, aseado y pulcramente vestido con un traje de lino, su cara dejaba ver que las noches de sueño reparador sólo existían en su memoria y sus ojos revelaban una agresividad velada por un aspecto apacible. A pesar del relativo bullicio para el local, los dos hombres, quienes podían pasar por padre e hijo, no parecían interesados en nada más que en ellos mismos y su cónclave poco convencional.

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También por la madre Rusia

Por Oscar Valentín Bernal

“Para nosotros, los soldados y oficiales
del ejército 62, más allá del Volga no hay tierra.
Vamos a luchar hasta la muerte”.
—Vassili Zaitsev—

Vassili Zaitzev estaba sentado junto a una ventana en el edificio en ruinas que habían tomado por cuartel. Tenía el cañón del rifle apuntando a la calle y un cigarrillo a medio consumir descansando sobre un cenicero improvisado con una lámina retorcida, la cual permanecía al alcance de su mano. Cuando escuchó el ronroneo creciente de un motor, sus dedos se tensaron sobre la culata del arma y el gatillo. Aquel sonido lo ponía nervioso.
De pronto, vio pasar fugaz al bombardero Túpolev, sobre su escondite; iba perdiendo altitud demasiado rápido. El piloto forcejeaba con el motor en llamas, intentando elevar el enorme pájaro moribundo que se negaba a obedecerle.
El aterrizaje sobre la avenida fue catastrófico. No pasó mucho antes de que Mijhail entrara a la habitación, se aclarara la garganta y le hablara:
—Zaitzev… ¿sabes quién va en ese avión?
Vassili lo sabía. La llegada de aquel hombre a Stalingrado había sido un secreto pésimamente guardado desde hacía días.
—Tú y tus francotiradores son la última división que queda en la zona, esta ciudad se está yendo al infierno —dijo Mijhail sin poder ocultar en su voz el nerviosismo que las implicaciones de la caída de aquel avión le provocaban.
Vassili lo evaluó unos momentos y se dio cuenta de que no tenían opción, negarse a acudir al rescate sería considerado por sus superiores traición a la patria, sin importar lo riesgoso que fuera cruzar el campo de batalla.
—Vamos para allá, camarada Capitán —dijo con la voz enronquecida.
Dio una última calada al cigarrillo, luego atravesó la puerta con el rifle colgado del hombro.

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Debí saber que así Luciría el presente

Por Aledith Coulddy

Voy a arriesgar por ti todo.
Sin reproche al destino, sin reproche al pasado. Ni a nuestros caminos que un buen día se vieron unidos. Aunque no fuera plausible el amarnos, en un tiempo donde no lo entienden, en un lugar donde no lo permiten.

—Aledith Coulddy

Debí saberlo. Desde el momento en el que te paseabas por los pasillos del colegio con tu cabellera roja ardiendo al viento, debí saberlo.
Nadie tiene un cabello tan rojo solo porque sí, pero, Lucía Almeida, tú lo tienes. Y tienes también unos ojos tan azules que podía ver mi reflejo a través de ellos.

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C27

Por Jonathan Novak

—No vale la pena, Steve, no volverá a andar. —El androide de modelo C27 intentaba mantener enfocados los sensores oculares, sin embargo sólo uno permanecía acoplado a los servomotores faciales, el otro se encontraba unido a su unidad central solo por un cable plano.

Steve había obtenido el modelo C27, que ahora intentaba reparar, en una venta de garaje a las afueras de la ciudad. C27 se encontraba en malas condiciones aun entonces, para ese momento había sobrepasado las 76,000 horas de funcionamiento y su dueño original había conseguido un modelo más reciente.

“Serás una maravilla”, le había dicho Steve ni bien llegaron al taller. Con unas semanas de trabajo, C27 había recobrado gran parte de sus capacidades originales, Steve había cambiado juntos pistones y fluidos. La fuente de poder que residía donde un hombre tendría el estómago, había sido intercambiada de la tradicional de calcio a una de ácido plomo con el objetivo de darle más potencia a sus movimientos.

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Sobre alas escamosas

Por S. Bobenstein

Entrada del diario personal del Dr. Kurt Müller

23 de julio de 2019

Cuando uno dice que quiere convertirse en paleontólogo, más hoy en día, lo embate una tormenta de advertencias sobre el fracaso inminente, profesional y financiero, e incluso algunas amenazas de desheredación. Como la historia o las ciencias de la tierra, la paleontología es menospreciada horriblemente, pero los pelmazos nunca entenderán que descubrir y aprender el pasado de la vida en el planeta, arroja luz sobre el entendimiento de nuestra situación actual y nos hace vislumbrar los posibles caminos que se nos presentan para alcanzar el futuro… o para llegar a la quizás no inmerecida extinción, considerando el deplorable estado en que la Tierra se encuentra. Mi doctorado en paleontología, mi cátedra en la Universidad de Zúrich, y mis hallazgos en el campo me han proporcionado un honroso estatus en la comunidad científica internacional, por lo que puedo decir que de paleontólogo uno no muere de hambre y puede hacer una vida decente, cosa de la que no creo que muchos otros puedan jactarse.

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Kyoto 1867

Por Oscar Valentín Bernal

Hay tierras impregnadas de sangre en las que los espíritus de los ancestros permanecen aferrados por décadas o incluso siglos, hablan con los vivos a través del silbido del viento que azota las hojas de los árboles, o el murmullo del río corriendo a través de los bosques y el tiempo.

Aquella noche los espíritus estaban ahí, lanzando sus susurros entre el bambú.

Los Tokugawa habían perdido. Sus cuerpos sin vida estaban colgados en las calles, o con el acero de sus katanas bien metido en las entrañas. Una nueva era comenzaba, una que aquellos fantasmas del bosque no entendían ni soportaban y por eso llenaron el campo de niebla esa noche y ocultaron a nuestros enemigos.

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El hombre que muere

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Por Aledith Coulddy

“El fin es parte del principio. No existen causa y efecto, sois vosotros los que os movéis entre las causas y los efectos”.

—Leonardo Patrignani

Tierra 1

A pesar de tratar de ignorarlo, supe cómo. ¡Claro que lo sabía porque Víctor me lo sugirió la primera vez que pasé!

¿Pero cómo habría podido hacerlo? Era el proyecto de mi vida. Un proyecto dictaminado por la misma empresa que hoy desea asesinarme.

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Ero Den

Por Jonathan Novak

Era poco común ver un rostro desconocido en Ero y aunque los años y la distancia había hecho ariscos a sus habitantes, en Ero jamás se negaba ayuda a algún extraño.

Charles Gezur arribó al final del invierno, a bordo de un autobús cuya oxidada estructura había visto tiempos mejores. Su rostro marcado con arrugas mostraba un semblante prematuramente envejecido.

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El espíritu del universo

Por S. Bobenstein

Un tono grisáceo teñía al pueblo y a todos sus habitantes pese a que el sol ya estaba en posición de mediodía, las nubes eran demasiado densas para dejar pasar la luminosidad del astro, contribuyendo a que las tétricas casas y los rostros curtidos de las personas semejaran a las formas monstruosas de las gárgolas. Había una aglomeración en la plaza principal, frente al templo de piedra en el que, en la cima de su campanario, se elevaba una cruz de hierro; se había dispuesto el lugar de honor a la derecha del templo para los nobles y el pequeño clero encargado de la parroquia, consistente de un sacerdote añejo y un fraile no mayor de veinte años. Todos descansaban en una tarima de madera elevada con asientos tallados y mullidos cojines. La muchedumbre se apiñaba alrededor de la plaza, en donde un verdugo hacía los últimos preparativos para la ejecución: en una esquina alejada refulgía una antorcha mientras él acomodaba paja seca alrededor de una estaca central con sumo cuidado, regando con brea aquí y allá, para que todo ardiera correctamente, según las instrucciones de sus superiores.

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