Veintisiete cuentas

Por Jonathan Novak

Veintisiete, veintisiete cuentas poblaban la pulsera el día en que un viejo la ató, dando tan solo un par de giros al brazo infantil del bebé que aún se encontraba adormilado por su propio nacimiento, el cual había tenido lugar tan sólo unos días atrás.

—¿Tan pocas? —Había deseado indagar la madre al ver como se retorcía de a poco su niño al portar la apretada pulsera. Sin embargo, el viejo del templo, con surcos irregulares en lugar de cara,  sólo le había mostrado una mueca haciéndole ver lo inapropiado de su pregunta.

—Sólo veintisiete —repitió el padre al contar las cuentas, una vez había perdido el rastro del número de veces que las había contado.

Luego de soltar un suspiro, observó su propia pulsera, en ella había un número indeterminado de cuentas, no eran por supuesto tantas como habían sido el día que él había recibido su pulsera en ese mismo templo, pero aún eran las suficientes como para evitar contarlas compulsivamente y aún eran suficientes como para doblar el número que colgaba del tierno brazo de su hijo. Aquella idea le produjo un escalofrío, pues sus cuentas siempre serían más que las del infante.

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Tres hermanos

Por S. Bobenstein

—¡Rafael! ¡Despierta!

La voz de su hermano lo hizo recuperar el sentido. Entreabrió los ojos sólo para ser cegado por una luz blanca y fría, en un acto reflejo trató de proteger su mirada con su diestra, pero algo se lo impedía, al igual que le impedía mover el resto de sus extremidades. Presa del pánico, abrió los ojos tanto como pudo para darse cuenta de su estado: se encontraba atado con correas de cuero a lo que parecía ser una mesa inclinada lo suficiente para casi dejarlo de pie, vestía un traje quirúrgico blanco e inmaculado y usaba unos zapatos de tela del mismo color.

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La muerte de Nøme

Por Oscar Valentín Bernal

I

A finales de 1942, la guerra en Europa viraba a favor de la Alemania Nazi. Hitler se encontraba ya tocando a las puertas de Stalin, ganando cada vez más poder, mientras los norteamericanos se batían con los japoneses en el Pacífico. En aquel entonces, los fjällandeses no querían alemanes, ni estadounidenses, ni tampoco británicos en sus tierras. Sin embargo, en medio de la carrera por asegurar las mejores posiciones estratégicas, los deseos de los habitantes de un pequeño país insular del atlántico, poco les importó a las tres potencias, quienes irrumpieron en las playas, apostándose sobre las cuatro islas y convirtiéndolas rápidamente en un tablero de trincheras, donde la tensión se respiraba en el aire cada vez más gélido del invierno.

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El cuerpo

Por Aledith Coulddy

Pablo tuvo un cuerpo. No era un cuerpo destacado en ninguna de sus formas; era más bien regordete y apenas lograba sostenerse. Lucía pliegues en las muñecas y tobillos y poseía una piel muy tersa y pálida. Del cuerpo salían sonidos guturales y Mamá venía corriendo a ver qué le sucedía al pequeño Pablo. Entonces Mamá le daba leche o le tarareaba alguna canción de cuna. Era un cuerpo que ciertamente cumplía su función y satisfacía las necesidades básicas de Pablo.

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Violencia

Por Jonathan Novak

Y antes de que la última pieza de compuerta metálica cayera por completo, el chillido agudo, como de cerdos siendo sacrificados, se intensificó. Tan pronto la placa metálica de diez centímetros de espesor cayó hacia el lado opuesto de donde nos encontrábamos, fuimos capaces de verlos. Seres de pieles negruzcas corrieron presurosos hasta el extremo opuesto de la sala a la que habíamos accedido. Con cuatro extremidades inferiores y dos más superiores, los seres corrían horrorizados.

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Proyecto Oracle

Por S. Bobenstein

Recuerdo cuando la Dra. Belmonte y el Dr. Pierce, profesores y eminencias de la física, me aceptaron a mí, un simple graduado de maestría en física teórica, para formar parte de su multidisciplinario, multiétnico y grandioso equipo de ensueño que habían reunido para realizar la aplicación de un experimento que cambiaría el modus vivendi de la humanidad.

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Lory

Por Oscar Valentín Bernal

Toda mi niñez viví en un enorme castillo lleno de torres, recovecos y escaleras adheridas a los grandes muros de metal que ascendían hacia las plataformas más altas, conectadas por pasarelas oxidadas desde donde alcanzaba a ver las montañas y llanos que en primavera semejaban océanos verdes que corrían interminables, hasta fundirse con el horizonte; luego venía el verano y con él, ese vapor que se alzaba desde el suelo, producto del calor mismo de la tierra. Cuando llegaba el otoño convertía ese verdor en tonos opacos de café y marrón, volviendo el paisaje más melancólico, pero no por eso menos impresionante. Finalmente con el invierno caía la nieve, la blancura perpetua se alzaba sobre las praderas, reflectando el sol y haciendo que el frío calara hondo en los huesos.

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El caso de Tadeo Santana

Por Aledith Coulddy

La más hermosa de las jugadas del diablo, es persuadirte de que no existe.
—Charles Baudelaire

I

Llamaron a la doctora Tilda el 12 de mayo a las 20:00 horas, casi a punto de terminar su turno.
Acababan de traer a un paciente al ala oeste del hospital, lo que significaba que venía no sólo en malas condiciones sino que era un paciente peligroso.
Generalmente el ala sur se limitaba a aquellos enfermos con alta probabilidad de darse de alta en un tiempo considerable; el norte y este contenía a aquéllos que ya eran internos o conocidos regulares, pero, el área más alejada, el que contenía los cuartos de máxima seguridad, se encontraba en el extremo poniente del viejo hospital San José y María, en una área restringida y que sólo podían visitar los guardias de seguridad y los médicos especialistas.

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El suicidio de los departamentos de la calle doce

Por Jonathan Novak

Adam Stoney solía ser el nombre del cadáver frente a la Policía Investigador Charlene Northcote. La habían llamado a las 15:30 tres días atrás. «Hombre caucásico, cuarenta y seis años, presunto suicidio por precipitación desde un edificio de departamentos en la calle doce».
La llamada había venido directamente de su jefe, quien hizo hincapié en la palabra «presunto». Y es que para ese momento, Charlene era el tercer investigador solicitado en la escena, los otros dos habían entregado informes completos, sin embargo, en voz de los mismos, el caso tenía demasiados detalles.

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La guardiana de las memorias

Por S. Bobenstein

En un lugar bastante cercano y bastante común vivía una niña con sus padres. Desde el momento de su nacimiento, del cual no había pasado mucho tiempo aún, papá y mamá la amaron con todo su ser y colmaron su existencia con todo lo que una pequeña recién nacida pudiera necesitar, aunque, a esas alturas, lo único indispensable para ella eran la comida, la limpieza, el abrigo y el amor… O eso pensaría uno dejándose llevar por el sentido común, sin embargo, la pequeña no era del todo común. Su padre, un literato consumado, había decidido empezar a enriquecer la imaginación de su bebé leyéndole diversas historias desde la primera noche que pasaron juntos en casa. En la mente de la pequeña, primero resonaron simples sonidos, luego estos dieron paso a la voz ininteligible de su padre, luego a palabras aisladas, luego a frases, y así, conforme su lengua materna se convirtió en el lenguaje de sus pensamientos, su mente empezó a llenarse con personas de todos los tiempos, con criaturas reales y fantásticas, con aventuras increíbles, con tragedias, romance y risas.

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