UNO VERDE Y AZUL, EL OTRO TODO AMARILLO

Por Oscar Valentín Bernal

Después de que la Wehrmacht alemana lograra expulsar a la coalición anglo-francesa de Noruega y las tropas de Hitler consolidaran sus posiciones sobre el país escandinavo, el gobierno sueco se vio obligado a caminar por años sobre la cuerda floja de la diplomacia, intentando mantener su neutralidad en un territorio rodeado por los nazis. Los suecos evitaron la ira del Führer vendiendole acero a Alemania y permitiendo a sus tropas el libre tránsito por su territorio. Por otra parte, facilitaban secretamente a los aliados información sobre las posiciones alemanas en Escandinavia.

En abril de 1943, mientras Edda Thorvaldsson aterrorizaba a los invasores que marchaban sobre una lejana roca en medio del Atlántico, un equipo secreto del ejército inglés, que logró mantenerse oculto cerca del puerto noruego de Karvik, desde los días en que las tropas británicas se vieran obligadas a retirarse de la península, salió de su escondite y cruzó la frontera de Suecia, rumbo a Kiruna, donde, gracias a la colaboración de los dobles agentes suecos, fueron capaces de interceptar a un pelotón nazi en el que viajaba un pez gordo de la Spezielle Untersuchungen.


—Despierta, pedazo de mierda.

La aguardientosa voz del hombre le llegó a Vors Noldgen entre una maraña de pensamientos ininteligibles, producidos por su mente torturada.

Noldgen abrió un poco los ojos y pudo ver la febril imagen del hombre que le hablaba, al lado de una mujer pelirroja bastante guapa. Ambos estaban parados enfrente de la silla donde Noldgen se encontraba atado y lo miraban con expresión impaciente. 

Los reconoció al instante. Se trataba de uno de los veladores que trabajaban en el puerto de Karvik, y su esposa, sólo que el tipo no era un velador y si aquellos dos cabrones eran noruegos, Noldgen era un vendedor de carpas en vez de un ejecutivo científico de la S. U.

Sus párpados oscilaron y su vista volvió a nublarse. Como respuesta, recibió una fuerte bofetada y un chorro de agua en la cara, cortesía de la pelirroja, pero fue el hombre quien volvió a hablarle con una voz dulce, llena de paciencia:

—Eso es. Así está mejor. —El cabrón lo estaba disfrutando—. Ahora vas a decirnos… 

Ich spreche kein englisch! —Soltó Noldgen en burdo alemán.

Esta vez fue el puño de la mujer lo que estalló con violencia contra su mejilla, tan rápido como la dentellada de una cobra. Noldgen saboreó la sangre en la boca y  escupió un diente a un lado; luego, el falso vigilante continuó con la misma voz parsimoniosa.

—Por favor, Vors. Sabemos que hablas inglés. ¿Cuánto tiempo crees que llevamos siguiéndote? Así que, sé un buen chico y deja esos horribles ladridos de perro fascista o me temo que la señorita Jules continuará golpeandote; como habrás notado, tiene una excelente izquierda, te aseguro que no querrás descubrir lo buena que es su derecha.

Noldgen, con la cabeza colgando, vio las constelaciones de sangre formadas en la tela gris de su uniforme. Intentó pensar, pero le fue imposible con la cabeza punzando tras el puñetazo. 

Noldgen era un científico, no un guerrero. No obstante, se dijo que moriría antes de revelarles a aquellos malditos británicos cualquier cosa sobre su investigación; no por el Führer, ni siquiera por su país, sino por él, por sus años y años de incansable trabajo. Sin embargo, pensó que si lograba manejarse bien, quizá podría despistarlos. Si estaba en sus manos, dificultaría todo lo posible el espionaje de aquellos bastardos.

—¿Qué demonios quieres saber?

Su inglés, aunque con marcado acento, era prácticamente perfecto.  

—Bien —continuó el vigilante y arqueó ligeramente una ceja, para después seguir con voz dulce—. Así está mejor… mucho mejor. Verás, queremos saberlo todo sobre esa instalación que tienen en Finlandia. ¿Para qué sirve? ¿Por qué es tan importante que los rusos no metan sus graciosos sombreros ahí?

Al escuchar mencionar lo de la base de Utsjoki, sintió un hueco abrírsele en el estómago, aunque no debía sorprenderle. Si lo capturaron era porque algo sabían de lo que se hacía allí arriba, a pesar de todo el secretismo y de los millones gastados en encubrir el rastro de la investigación. 

Los ojos de jugador de póquer de la pelirroja estaban clavados en él, parecían analizar sus gestos para decidir si mentía. «Estos dos no son ningunos aficionados», se dijo Noldgen. Sería peligroso permitirse olvidarlo. 

—La verdad es que no sé lo que hay allí. Esta sería mi primera visita y… 

No fue la derecha de Jules lo que conoció sino su talón izquierdo, que se clavó cinco centímetros por arriba de la rodilla de Noldgen, con un rápido movimiento semejante al de una coreografía de baile. 

Noldgen gritó y se retorció agónico contra sus amarras.

—Ya no está en Ravensbrück, doctor —sentenció la mujer. Lo pronunció reivesbrugh con un acento exótico que a Noldgen no le pareció en absoluto británico—. En este cuarto es todo mío. Y no dudaré en romperle la otra pierna.

Romperle sonó con la fonética de una sola erre.

—Ahorrese las mentiras, Vors —sugirió el velador—. Ha estado allí cinco veces en los últimos siete meses. Hay algo interesante en Finlandia, algo que además no pueden llevarle al cabrón de Hitler hasta la puerta de su casa y, por lo que tengo entendido, es lo suficientemente importante como para movilizar en secreto a dos mil soldados de la Wehrmacht, desde Kiev hasta Utsjoki, aun después del desastre que tuvieron en Stalingrado el mes pasado. ¿Qué intentan proteger?

Esta vez la boca de Noldgen se abrió y cerró dos veces, dándole el aspecto de un pez estúpido que pugnara por conseguir un poco de oxígeno en un ambiente por completo desprovisto de agua. La confirmación de que aquellos espías sabían mucho más de lo que pensaba le dio miedo, al igual que la certeza de que, llegando a ese punto, no existía forma para manipular la situación en lo más mínimo. Así que, Noldgen se limitó a observar al hombre con desprecio.

—¿Vors? 

—Vete a la mierda. No sabrás nada de mí.

—Respuesta equivocada, amiguito.

Jules lo golpeó. Esta vez Noldgen sí que conoció su derecha, y su izquierda, y su otro talón, y el primero una vez más. Noldgen vomitó y Jules cumplió su promesa de romperle la otra pierna. Le retorcieron un par de dedos en ángulos imposibles y grotescos. Y gritó. Gritó como gritaban los prisioneros del campo de concentración donde obtenía sus sujetos de prueba. Luego volvió a vomitar, pero no dijo nada sobre la base de Finlandia ni de su trabajo tan especial. 

Cuando la señorita Jules paró de golpearlo —de quebrarlo—, con el rostro enrojecido y la respiración acelerada, el vigilante del muelle le dedicó una sonrisa por completo desprovista de humor.

—Debo admitirlo, Vors, los tienes de acero, sin embargo, pronto te darás cuenta de que no son ustedes los únicos que trabajan con cosas… especiales.

El vigilante se retiró hacia la puerta del salón y la abrió. Después, alzó la voz.

—¡McCarthy!

La voz que contestó con un «¿Capitán?», sonó apagada por la distancia.

—¿El niño está aquí?

—¡Acaba de llegar!

El vigilante, quien repentinamente era capitán, le dedicó una mirada recelosa a Noldgen y luego a la mujer.

—Ahora vuelvo, July. ¿Puedes hacer compañía a nuestro invitado un momento? 

—Claro. Cuidaré bien de él.

El capitán-vigilante salió de la habitación.


Bolder Snørri no era en realidad un niño, pero lo parecía. Era bajo y delgado, con el cabello castaño, largo, enmarañado en una melena que casi le cubría los ojos. Uno verde y azul, el otro todo amarillo. Le faltaban tres dientes, que perdió debido a la misma condición que hacía sus huesos más frágiles de lo normal. El capitán-vigilante lo llevaba en una silla de ruedas que en realidad no necesitaba, pero Bolder solía ser propenso a distraerse en los pasillos y dejar de avanzar si se le permitía andar por su propio pie.

Cuando entraron por la puerta de la habitación en la que estaba Noldgen y él vio al muchacho, lo primero que pensó era que estaba enfermo. Leucemia, ¿quizá?, u otro tipo de cáncer, pero tan pronto como el capitán puso a aquél remedo de ser humano frente a la silla de Noldgen, éste supo que algo no estaba bien con esa persona.

El chico lo observó con sus enormes ojos heterocrómicos y parpadeó un poco. Entonces, hizo su observación:

—Te han hecho daño… Eso está mal.  

—¿Tú crees?

Dos gotas de sangre gotearon desde la boca de Noldgen cuando habló. El muchacho continuó como si no lo hubiese oído.

—Pero tú has hecho más daño a muchas personas… —El extraño hombrecillo abrió demasiado los ojos y mantuvo la boca quieta. Apenas una línea corta, horizontal en su rostro. Paró de hablar en seco, con los ojos fijos en Noldgen y cuando daba la impresión de que no volvería a decir palabra, añadió—. Ahora verás… 

Noldgen sintió un tremor extraño en sus mejillas destrozadas a puñetazos por la gentil Jules, como si los músculos se hubiesen entumecido por una carga eléctrica y vibraran descontrolados, sus dientes comenzaron un castañeo involuntario, mientras sus ojos se encontraban pegados a aquella mirada de colores. Se dijo que tenía que dejar de ver al chico. Luchó por cerrar los ojos, pero no pudo. El temblor entró por ellos y se extendió por todo su cuerpo y por el interior de su mente, hasta desgranar sus pensamientos, mezclarlos y producir alteraciones irreparables. La boca de Bolder permanecía en una línea, un simple guión corto e inexpresivo. Los ojos, enormes platos que despedían luces de colores. Una luz con la capacidad de licuar cerebros, de alimentarse de intelectos como el de Noldgen. 

Noldgen nunca se había encontrado con uno tan fuerte. Le fascinó, y, casi enseguida de eso, le aterrorizó. Fue vagamente consciente de que el vigilante y la guapa golpeadora lo observaban a espaldas de aquél a quien llamaban Bolder. Un momento después, la imagen del cuarto se quemó como la película inmóvil expuesta a la luz de un proyector. El proyector eran esos ojos.


El capitán, quien en realidad se llamaba Joe Hicking, encendió un cigarrillo en la habitación donde esperaban mientras el niño le quemaba el cerebro al doctor nazi. Con él, se encontraban Michael McCarthy y Jules Hillstrom, la mujer que usualmente fingía ser su esposa y con la que en realidad se casaría dentro de seis meses. Nadie había dicho una sola palabra desde que Bolder empezó su trabajo. Podían sentir las oscilaciones en la piel, como si el auricular de un teléfono vibrara sin sonar contra sus mejillas. Fue McCarthy quien rompió el silencio.

—¿De dónde demonios sacó a ese chico, capitán?

—Nos fue asignado. —Se limitó a decir Joe. Después, lanzó una bocanada de humo azul sobre su cabeza.

McCarthey no hizo más preguntas. Él no vivió en Noruega con los demás, llegó a Suecia junto con la otra mitad de la unidad para ejecutar la emboscada a la cuadrilla de la S. U. Nunca antes había trabajado con Bolder Snørri y lo más seguro era que no volviera a hacerlo. Así que Joe no creyó necesario contarle que el chico venía de un pueblo llamado Jötunhull, ubicado en una tierra lejana a la que los exploradores islandeses temían en la Edad Media y sobre la que contaban leyendas de monstruos, criaturas nocturnas y conquistadores vikingos desaparecidos. Un archipiélago en medio del Atlántico, que ahora era asediado al igual que el resto de europa por las fuerzas del Tercer Reich. Era mejor para McCarthy que no lo supiera, porque una tierra como Fjälland, donde los chicos iguales a Bolder no son ni por asomo la cosa más extraña, resultaba peligrosamente atractiva para la mente humana. Es por eso que Joe terminó su cigarro sin decir nada.


Vors Noldgen estaba sentado sobre la gran roca, frente al lago Das Auge, a solo un par de kilómetros del pueblo de Fassbender, al norte de Hessen. Solía ir allí a menudo desde niño, se tumbaba por horas en la gran roca, en ocasiones aventaba rocas más pequeñas al agua, otras veces simplemente observaba el ojo del lago que reflejaba las nubes. 

Dejó escapar un suspiro y tomó la primera piedra, con la vaga conciencia de que en realidad no podía estar en aquel sitio. La lanzó con fuerza y vio cómo rebotaba en la superficie, una, dos, tres veces, para no volver a emerger.

—Ése fue un gran tiro —dijo una voz de mujer a su espalda.

Noldgen sabía quién era sin necesidad de mirarla. En los sueños las cosas siempre funcionaban de manera muy conveniente.

—No he perdido el toque.

Al decirlo no se dio la vuelta, ni miró sobre el hombro —ya sabía lo que vería—, se limitó a agacharse por la siguiente roca y, cuando la tuvo en la mano, la apretó con fuerza para sentir su aspereza, después, miró las marcas rojizas que quedaron impresas en su mano. «Supongo que no se trata de un sueño igual a los demás. Por lo menos no del todo», pensó.                

Luego de que Noldgen lanzara la segunda piedra, Kim Hileman, la chica de la que estuvo enamorado desde niño, se acercó a él y lo abrazó por la espalda. 

Kim era justo como la recordaba: alta, rubia y delgada, con una sonrisa encantadora en los labios, que se ensanchó cuando sus ojos se encontraron. Sólo que esos no eran los ojos de Kim. Uno verde y azul, el otro todo amarillo.

—Ha pasado mucho tiempo, Vors. Nunca debiste irte y lo sabes.

Noldgen lo sabía. A menudo se lo decía por las noches, mientras observaba las siluetas de los edificios del campo de concentración, semejantes a los cuerpos de un montón gigantes muertos. 

«Nunca debiste irte…  Debiste casarte con ella. Sabes que hubiera querido». 

Entre el sonido de las detonaciones del campo de prácticas de Ravensbrück, solía evocar momentos que a veces parecían haber sido vividos por otra persona, hacía un par de siglos. Y realmente era así, porque después de la S. U., después de la guerra y de las pruebas en Finlandia, el viejo Vors Noldgen murió y fue reemplazado por un extraño, un tipo nuevo al que no le importaba experimentar con niños que gritaban, ni realizar procedimientos quirúrgicos innecesarios a pacientes que eran en realidad ratas de laboratorio. Era verdad, Noldgen nunca debió irse, debió quedarse en su pueblo y no convertirse en un asesino.

—Pero es un poco tarde para eso…  —susurró.  

Noldgen pensó que era una pena que ese no fuera el lago Das Auge y quien le sonriera no fuese Kim Heileman.

—Eso no importa —continuó la muchacha—. Ahora que has vuelto a mi lado, estoy muy feliz.

Noldgen la abrazó. Pudo sentir el calor de su cuerpo, el aroma dulce de su cabello y de pronto decidió que todo eso era verdad. Tenía que serlo.

Se besaron frente al lago, donde pasaron tanto tiempo después de clases escudados en la mentira de encontrarse en otros sitios, con personas que no eran ellos. Todo era perfecto, se tumbaron en la hierba y rieron. Kim le hizo cosquillas, él se retorció y rió hasta que se le salieron las lagrimas. Entonces, de los labios de ella surgió la pregunta que Noldgen ya esperaba:

—¿Qué hay en la base de Finlandia, Vors? ¿Por qué es tan importante?

Vors Noldgen era consciente del engaño. De estar atado a una silla en el norte de Suecia, frente a un tipo sacado de la novela de Bram Stoker. Era consciente también de que revelar un secreto como aquél era penado en la alemania nazi con la muerte, pero quien preguntaba era Kim, la muchacha a la que nunca debió abandonar. Así que se lo dijo.


El capitán Joe Hicking encendía el tercer cigarro de la noche cuando percibió algo. El tipo de cosas que sólo son capaces de sentir los soldados veteranos que han visto de cara a la muerte. O quizá se tratara en realidad de las consecuencias de pasar tanto tiempo cerca de Bolder Snørri. Sea como fuera, bastó para hacerlo saltar sobre su prometida, sólo un segundo antes de que algo estallara en la habitación. La tierra tembló y una nube de polvo con humo inundó el ambiente. Joe sintió los escombros golpear su espalda y tosió dolorosamente, con los pulmones llenos de finos fragmentos de concreto molido. Jules también tosía y se estremecía bajo su cuerpo. 

Cuando el mundo paró de venirse abajo, ambos se incorporaron, tambaleantes, y cubiertos de polvo, con los oídos zumbando por la explosión. A Jules, le bajaba desde el cuero cabelludo una gruesa línea de sangre que le cruzaba el rostro en diagonal. Parecía desorientada, pero después de que Joe chasqueara los dedos dos veces frente a ella, la muchacha reaccionó.

—¿Qué… ha pasado?

—Que nos quedamos sin tiempo. Eso ha pasado.

Joe miró el boquete abierto en la pared, justo en la esquina del muro y supo que el mortero o lo que fuera, había dado de lleno en el cuarto de al lado. Si hubiera golpeado la pared frente a ellos, ambos estarían muertos ya.

Los dos desenfundaron sus Luger P08 —toda la unidad utilizaba armas de fabricación alemana, porque eran más fáciles de conseguir en Noruega y llamaban menos la atención que las armas inglesas y norteamericanas—, y salieron del cuarto mientras a Joe le parecía escuchar, entre el zumbido de la explosión, el pesado traqueteo de un tanque que avanzaba por la calle.

La prioridad se convirtió en extraer al prisionero de la S. U. y a Bolder. El resto del equipo, incluidos Joe y Jules, eran prescindibles.

El pasillo se encontraba hecho un caos. El cañonazo del Panzer alemán, había perforado ambas paredes y lo primero que Joe alcanzó a ver fue el cadáver chamuscado de Michael McCarthy, tendido en el suelo entre los trozos de la pared. Jules, pese a toda la acción que vio en el campo de batalla, se llevó la mano a la boca y contempló a McCarthy con los ojos desorbitados.

Por el agujero de la pared, se colaba la luz irregular de un potente reflector que avanzaba junto al traqueteo de las orugas del tanque y a un montón de voces alemanas que urdían planes incomprensibles. Los disparos comenzaron a sonar desde el oeste y fueron contestados al instante por el fuego más estridente de las ametralladoras de la Wehrmacht. Joe supo entonces que eran esos sus últimos segundos para pasar frente al agujero, antes de que el puño de Adolf Hitler penetrara en el edificio y los aplastara peor que a insectos. Le hizo a Jules señas y ella las devolvió. Un momento después pasaron corriendo al mismo tiempo frente al hueco, si no lo hacían de aquel modo, el segundo en cruzar sería molido a balazos. Como una confirmación demente, una rafaga de proyectiles mordió la pared al fondo del agujero, un instante después de que lo atravesaran. En seguida, se escuchó chirriar el cañón del Panzer que giraba.

«¡Mierda, más rápido!», pensó Joe.

El segundo estampido del tanque se clavó hondo en el edificio, perforó muros y debilitó la estructura. 

—No les importa tanto la vida de Noldgen como impedir que abra la boca —declaró Jules. Con su peculiar acento, el nombre del científico sonó Nyulen.

Joe no podía estar mas de acuerdo, iban a callarlo como fuera y ellos tenían que llevárselo antes de que lo consiguieran.

Debían cruzar la cocina y otro pasillo para llegar hasta la habitación donde Bolder interrogaba al prisionero. Joe empujó la puerta a un lado y Jules entró barriendo el sitio con el dedo en el gatillo.

—¡Dios mío!

Al atravesar el umbral, Joe vio a que se debía la expresión. Aquella cocina parecía algo sacado de una historia de ciencia ficción: todos los utensilios levitaban y se desplazaban de un lado a otro, como si se encontraran flotando debajo del agua, sólo que no se hundían sino que viajaban por el aire. Ésa era, más o menos, la forma en que Joe imaginaba el movimiento de los astros en el espacio. Además, todos los utensilios habían sufrido deformaciones considerables; los tenedores, cucharas y cuchillos, estaban retorcidos sobre sus mangos, formando perfectos espirales de acero que trazaban órbitas alrededor de las cazuelas que se habían aplanado hasta formar discos tan delgados como una hoja de papel. Ahora, eran únicamente reconocibles por sus mangos de madera que permanecían intactos. Sólo el metal era afectado por aquél fenómeno que Joe no se atrevió a tachar de electromagnético. 

—¿Bolder está haciendo esto? 

—Al parecer, sí.

—No sabía que pudiera hacer algo así.

—Yo tampoco… 

Con el cañón de su arma, Joe empujó uno de los discos, que cambió su trayectoria de flotación y fue a chocar con los demás artefactos, produciendo un curioso efecto dominó que algo tenía de bello. Luego le dijo a Jules que continuaran y que tuviera cuidado de no cortarse.

Casi habían llegado al otro lado de la larga cocina cuando otra explosión derrumbó un extremo entero de la pared frente a ellos. La puerta que llevaba hacia Bolder desapareció entre una avalancha de hormigón machacado. La fuerza implacable del impacto, convirtió en proyectiles a varios de los elementos flotantes de la cocina. Uno de los espirales se clavó profundo en el hombro de Joe, quien se lo arrancó de un tirón, sintiendo la sangre empapar la manga de su camisa. Jules salió mejor parada, la explosión la derribó y logró evitar la metralla de utensilios.

Joe la levantó de un jalón, tenían que encontrar una forma de rodear el pasillo derrumbado, para cruzar. Pensaba la mejor ruta cuando tres cascos negros aparecieron por el nuevo hueco.

Vio que Jules abatía a uno de los soldados, pero pronto otro par lo reemplazaron, alzaron sus fusiles y abrieron fuego a destiempo. Joe se unió a la escaramuza y derribó a dos hombres antes de sentir el golpe de un martillo húmedo en el vientre, que lo lanzó contra la barra de la cocina. Su vista se ensombreció. Se sostuvo la herida con una mano, sintiendo el fluido caliente escapar entre sus dedos. Con la otra mano, tiró del gatillo, hasta que el clip de la Luger saltó hacia atrás.

No supo cómo se puso a cubierto detrás de la barra, seguramente fue algo que le debía a Jules, quien estaba tumbada a su lado y metía otro cargador en su arma a la vez que le gritaba a Joe para hacerse oír sobre el fuego enemigo. Joe no entendía lo que decía ni lo que estaba pasando. El fuego continuaba y los azulejos de la pared frente a ellos saltaban en pedazos, pero, cuando Jules le gritó que tenía que ir por Bolder, eso sí lo entendió.

—No. No vayas —balbuceó—. Al carajo con Bolder. Te amo, quedémonos juntos y… 

Cuando Joe Hicking vio aparecer a un soldado alemán por detrás de la barra, ya no pudo hablar, levantó su pistola lo más rápido que sus cansados tendones se lo permitieron. El alemán, poco más que un jodido chiquillo, lo contempló con horror y contrajo las manos que sostenían el rifle, hacia el pecho, en un gesto protector. Entonces, Joe jaló el gatillo y nada ocurrió, porque había olvidado que su pistola estaba vacía.

Jules disparó tres veces hacia atrás de Joe, quien supo que del otro lado de la barra también había soldados. Por su parte, él continuó tirando del gatillo de su arma sin balas, frustrado y sin comprender lo que sucedía. Quiso advertirle a Jules que el chico estaba allí, detrás de ella con su cara de estúpido, pero lo único que salió de su garganta fue un triste gorgoteo sanguinolento.

Entonces, el jodido chiquillo alemán alzó su rifle. Había dejado de ser un jodido chiquillo.

La mujer a la que Joe amaba recibió tres tiros por la espalda, dos de ellos salieron por el pecho de su blusa, el tercero, le partió la cabeza. Jules cayó sobre las piernas de Joe, quien apretó los ojos con fuerza. Sintió acercarse los pasos del alemán que acababa de matar a su July, el andar de un coloso en medio de la oscuridad. Entonces, pensó que hubiera dado cualquier cosa por tener una última bala para aquel cabrón. También pensó: «Allá voy, cariño. Voy para allá».


Cuando los hombres de la Wehrmacht encontraron a Vors Noldgen estaba solo en una habitación, atado a una silla y con la boca llena de espuma. Fue sacado de Suecia y llevado a suelo noruego, donde un avión de la Luftwaffe lo transportó a quién sabe dónde. El SS-Scharführer que lo encontró aseguró que vio un montón de objetos flotando en la habitación, luego, en sus informes, negó rotundamente haber dicho tal cosa. Unos soldados rasos afirmaron que persiguieron a un extraño tipo por el bosque, sin embargo dijeron que, cuando estaban a punto de capturarlo, sucedió algo increíble. No pudieron hacerlos entrar en detalles al respecto, pero uno de ellos murió de un derrame cerebral. Otro logró llegar al campamento, gritando: «¡Esos ojos! ¡Sus ojos, queman!», a partir del día siguiente, y para el resto de su vida, vivió con un intelecto similar al de un niño de cuatro años.

El gobierno sueco sostuvo no estar involucrado con el secuestro del investigador de la S. U. por parte de los aliados, como también negó su implicación en el ataque sorpresa de la Wehrmacht al equipo secreto del ejército británico.


Años después de la guerra, en unas instalaciones de investigación experimentales financiadas en secreto por tres gobiernos de los antaño llamados países aliados, y ubicadas en una retirada zona del bosque de los Cárpatos, un anciano llamado Vors Noldgen descansa en su silla de ruedas, mirando inexpresivo por la ventana hacia los tupidos árboles. Hoy ha tenido un día especialmente bueno, en los malos, litros de saliva caen de su boca entreabierta hasta empapar su bata de interno, y balbucea palabras a su esposa, una tal Kim Heileman, que no existe en otro lado aparte de en su cabeza.

Sin embargo, Noldgen no es tan ajeno al mundo como sus cuidadores piensan y hace dos días escuchó una conversación entre dos doctores, que hablaban de enviarlo hacia la instalación de Vladivostok. Noldgen no quiere ir a Vladivostok, ha oído mucho sobre las cosas terribles que pasan ahí, cosas tan malas como las que sucedían en los campos de concentración de la Alemania nazi. O quizá peores. Así que no quiere ir ahí. No quiere ir ahí. No quiere ir ahí.                           

Cuando entra la enfermera con la bandeja de la papilla matutina, Noldgen se encuentra todavía mirando por la ventana.

—Vors, le he traído el desayuno, es su favo…

La frase se congela en la garganta de la chica cuando los ojos de Noldgen, siempre inmóviles, se mueven en sus cuencas y se clavan en los suyos. Uno verde y azul, el otro todo amarillo.     

La mujer siente una vibración en las mejillas y sus dientes castañean sin control. La bandeja de la comida se le escapa de las manos y el contenido se esparce por las baldosas y ensucia las zapatillas de la enfermera, quien se ha llevado las manos a los ojos. Quiere gritar, pero la voz no le sale.  

Noldgen contempla a la enfermera por fuera y por dentro. Es joven y guapa, como lo había sido una pelirroja llamada Jules Hillstrom, quien le quebró ambas piernas hace tiempo en Suecia. 

Había llegado el momento de salir de allí, de alejarse de una vez por todas. Creía que por fin estaba listo. 

No lo enviarían a Vladivostok. No a él.

Oscar Valentín Bernal
04 de noviembre del 2019
Zapopan, Jalisco

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s