Un día especial

Por Jonathan Novak

Este pequeño es Steve, un chico menudo, alegre, de grandes aspiraciones, en resumen, un chico normal de diez años. Normal en todos los aspectos. En este momento se encuentra plácidamente  dormido en su muy común cama inteligente, ésta se adapta a sus movimientos mientras descansa, para asegurarle siempre la mejor de las noches. Además, cuando es hora de levantarse, monitorea el estado de su sueño para tocar una suave melodía despertándolo en el momento justo. De esta manera, Steve, como todos los niños de su edad, despertará tranquilo, sintiéndose perfecto y listo para comenzar el día, lo quiera o no.

Como era de esperarse, nuestro pequeño joven despierta unos minutos después de las 7:00 a. m. y, aún soñoliento, restriega la palma de su mano izquierda sobre el ojo derecho, suelta un bostezo y estira el brazo libre en un agradable gesto del cuerpo. Lentamente, las luces de su cuarto encienden, primero con un brillo tímido, y a medida que los ojos de Steve se adaptan a la luz, éstas incrementan de intensidad, sólo cuando sus ojos se han ajustado por completo a la iluminación artificial, la suave tonada finaliza con una frase conocida «hoy es un día normal».

Primero con el pie derecho (no vaya a tener un mal día si inicia con el contrario), Steve toca la baldosa calefactada, cuya temperatura es apenas unos grados centígrados menor al cuerpo del chico. Una vez se pone de pie, los sensores de la habitación se encienden y predicen al milímetro la ruta del joven a través del cuarto, con el fin de mantener esa misma temperatura allá donde sea necesaria. No queremos que Steve enferme, ¿cierto?

Paso a paso, todo responde de la manera esperada. Tanto así, que Steve jamás se ha tenido que preguntar cómo o por qué funcionan aquellas maravillas, ellas simplemente lo hacen.

Ya más despierto, el chico se dirige al baño para tomar la usual ducha. Antes de atravesar la puerta corrediza, de una compuerta pequeña surge el cambio de ropa del día. El ya conocido uniforme aparece, esta vez en compañía de un pequeño abrigo. Lloverá, los ordenadores de una central climatológica de la ciudad así lo determinaron y, como lo saben todos los habitantes de la tierra, es sumamente difícil que los ordenadores se equivoquen.

Dentro del pequeño cuarto, la regadera ya expulsa unos débiles chorros de agua. Steve se deshace de la pijama depositándola en una pequeña canasta móvil la cual, más tarde, la llevará al centro de lavado de la residencia. El chico entra a la regadera sin medir la temperatura del agua, ¿por qué lo haría? sólo en concentraciones naturales el agua se encuentra a temperaturas inadecuadas, ¿no? Dentro del pequeño rectángulo tridimensional, los sistemas se encargan de eliminar toda suciedad encontrada, Steve solo debe preocuparse por sus pensamientos.

La ducha termina rápido y a esta tarea le sigue la del secado automático, dos pistolas de aire escurren la humedad del cuerpo del chico. Ambos procesos son inequívocamente exactos, la mente del joven está tan acostumbrada a sus tiempos, que la variable de uno o dos segundos en cualquiera de los dos estadios sería notoria, enloquecedoramente notoria, pero esa es la virtud de la máquina, la exactitud, y nadie vivo ha caído demente a causa de una máquina.

Completamente seco, Steve se viste con la ropa que se le ha otorgado y baja al encuentro de su familia. En la cabecera del desayunador, su hermana menor es alimentada por la misma silla alta que la sostiene. Al otro lado, su padre revisa, sobre una tableta traslúcida, el estado de un negocio aún inconcluso. Finalmente, su madre desayuna alegremente. Tanto su padre como su madre se retirarán en unos minutos a sus respectivos trabajos, un momento luego, Steve partirá a la escuela dejando a su pequeña hermana para ser cuidada por los múltiples autómatas del hogar, los cuales harán, como siempre, un trabajo impecable, muy superior al de cualquier humano.

Al salir por la entrada frontal, el perfecto jardín saluda al chico, inundando su olfato con el aroma de las flores. El clima es agradable, no lloverá hasta dentro de unas horas, pero gracias a la abundancia de nubes, la mañana se encuentra a la temperatura perfecta. «Caminar es un incordio», piensa el niño al comenzar la travesía hacia el sistema público de cápsulas transportadoras. «Pero el colegio, ese es un incordio mayor», reconoce luego de pasar las primeras cuadras. El pensamiento, sin embargo, lo estremece, «no está bien quejarse», se recuerda. Steve tiene razón, no existe peor afrenta al bien común que la de la ponzoña de la inconformidad.

Unos minutos más tarde, en su vista se cuela la estructura metálica de color azul pardo perteneciente al sistema de transporte. Steve agradece la magnificencia del progreso, mientras un elevador, de paredes cristalinas, lo eleva hasta la plataforma de lanzamiento. Ya arriba, observa la pequeña fila a su derecha, cuatro personas esperan pacientes a tomar sus respectivas cápsulas. A su izquierda, un par de personas arriban en el conocido transporte. 

Una vez llegado su turno, Steve aborda uno de los contenedores, la capa externa de estos se encuentra diseñada para aceptar el tamaño de hombres robustos, sin embargo, el interior se adapta a su pasajero. «Bienvenido, Steve», una voz mecanizada lo saluda a la vez que el proceso interno de conversión termina. Luego, un brazo robótico sujeta la cápsula por la punta superior, el único elemento metálico de su composición. Además de servirle a la artificial extremidad, esta pieza, semejante a la cabeza redondeada de una flecha, en conjunto con los rieles de transporte, serán los encargados de llevar a nuestro chico a su escuela.

El camino resulta tranquilo, igual que lo fue ayer e igual que lo será mañana. A pesar de los 400 km/h alcanzados por el bólido, la velocidad apenas se siente en el interior, las cápsulas incluyen avanzados giroscopios y acelerómetros, así como un conjunto de servomotores. El sistema se sirve de estos elementos para mantener al pasajero en una posición horizontal en todo momento, sin  importar lo accidentado que pueda parecer desde fuera.

Luego de diez minutos, el  sistema de transporte comienza a desacelerar, Steve siente un leve jalón causado por la inercia de su cuerpo negándose a perder velocidad. En la distancia, una estructura similar a la que abandonó hace un momento, lo saluda. 

«Hoy es un día normal», se lee en una pequeña pantalla justo luego de entrar al instituto, Steve suelta una leve risita, «por supuesto que es un día normal, todos los días lo son». La voz mental, llena de ironía, le imprime una sonrisa mientras avanza por los impecables pasillos y, al llegar al salón de clase, casi parece desear que aquel fuera un día anormal. Esta vez, Steve no se reprende por su irracional deseo; un terrible error. Todos sabemos de sobra que la rutina es la base de nuestra muy superior existencia.

La clase inicia a la hora estimada, de un moderno monitor al frente de los alumnos, surge la imagen del censor supremo, «salve el censor supremo», dicen los jovenes normales al unísono.

—Una bella mañana la del día de hoy. —Los altavoces llenan el salón de clases con la armoniosa voz del censor—. Agradezcamos por el alto orden de nuestra sociedad.

«Gracias por el alto orden», repiten los chicos.

—Y por el generalizado bienestar.

«Gracias por el generalizado bienestar», nuevamente los chicos responden a la pantalla.

—Y por la erradicación del sufrimiento.

«Gracias por la erradicación del sufrimiento», articulan los jóvenes con medida emoción.

—Finalmente, agradecemos al consejo de censores, por su inmaculada dirección.

«Gracias, consejo, por tu inmaculada dirección». 

Al terminar la frase, el censor supremo desaparece del monitor, dando paso a una arcaica imágen con el texto: «Por favor, espere».

Unos segundos después, el instructor virtual les da la bienvenida a sus alumnos.

—¿Quién de ustedes ha tenido malos pensamientos? —La habitual pregunta toma desprevenido a Steve, él sabe de las inmundas ideas de esa mañana y conoce bien las consecuencias que puede representar el tener esa clase de pensamientos. Sin embargo, ¿quién podría saber qué está pensando? No pueden hacerlo, ¿cierto? Tristemente, Steve se equivoca.

El instructor virtual lo mira a través de la pantalla sin decir una sola palabra, sus compañeros asustados siguen la mirada hasta el aterrado chico, la preocupación de todos es visible por Steve quien, arrepentido, se lamenta futilmente.

—¿Por qué cuestionas el bien común? —dice el instructor.

«¿Por qué?», replican sus compañeros afligidos.

El ritual, parecido al realizado frente al censor supremo, continua por unos minutos los cuales le parecen eternos a Steve, no es la primera vez que presencia aquel tipo de evento, pero ciertamente será el último que observe.

Con lágrimas en los ojos, el chico abandona el aula. Nadie se opone, después de todo, escapar es un sueño irreal, tan humano como lo es la esperanza que lo sustenta. Antes de salir del instituto, el monitor a la entrada despliega un mensaje distinto «Hoy es un día especial».

Casi sin aliento, Steve llega a la estructura de las cápsulas transportadoras, pero, al intentar ingresar, el ascensor de cristal se lo impide al mantenerse estático a pesar del constante presionar de botones. El joven se ha convertido en un exiliado, lo mismo pasará con su familia, el consejo de censores así lo ha establecido, se debe extirpar el cancer de raiz y el día de hoy, ellos son el cancer de esta sociedad.

Sin saber realmente cómo, Steve llega al frente de su casa, el silencio de la calle lo perturba y, al acercarse a la construcción, un rumor desconocido y aterrador ataca a sus oídos. El chico es capaz de identificarlo sólo por los documentales sobre la antigüedad, aquel horripilante sonido corresponde al llanto de un infante, la aterradora realidad le arrebata el aliento y, con esto, su visión se oscurece.

* * *

A los oídos de Steve entra una suave melodía, el pobre chico ha tenido un mal sueño, quizás causado por las inmundas ideas del día anterior, afortunadamente, todo aquello ha pasado. Steve lamenta que no se haya inventado algún artilugio destinado al control de los sueños, así quizás aquellas pesadillas desaparecerían.

Lentamente, las tenues luces ambientales de su habitación comienzan a brillar y, mientras sus ojos se adaptan a la iluminación, éstas incrementan en intensidad. Sólo cuando sus pupilas se han ajustado al brillo artificial, la melodía se detiene dando paso a la conocida frase «hoy es un día normal».

Quizás fue el mal sueño, quizás fueron las nauseabundas ideas del día anterior, pero, sin duda, Steve agradece que aquel sea en efecto, un día normal.

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