El Cirujano

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Por Oscar Valentín Bernal

 

I

Michael Wuh abrió los ojos lentamente, luchando por alejar aquella bruma de inconsciencia que lo mantuvo en un mundo oscuro de irrealidad durante un lapso de tiempo imposible de determinar. La cabeza le punzaba con espasmos que nacían en las sienes y le recorrían el cráneo hasta clavarse hondo detrás de sus oídos. Miró a su alrededor sintiendo arder los febriles globos oculares y examinó la habitación bien iluminada en la que se encontraba: una pequeña camilla acolchada, sobre la cual su cuerpo flotante se encontraba tendido y cubierto con una manta que se le adhería como una segunda piel; cuatro paredes beiges totalmente lisas y de aspecto pulcro. Junto a la puerta, un sillón para dos personas, una televisión de pantalla plana que colgaba de la pared frente a él y un buró al lado izquierdo de la camilla, delante de un montón de instrumentos médicos que permanecían apagados y cuya función era por completo desconocida para Michael. 

En el ambiente flotaba ese peculiar hedor a desinfectante y alcohol que probablemente tienen todas las habitaciones de hospital en el mundo. El sitio era cálido por obra de un calefactor, ubicado en alguna parte del cuarto, fuera de su campo de visión. 

A través de la puerta, se filtraban de cuando en cuando los sonidos monótonos característicos de un hospital: pasos que sonaban a lo largo de un pasillo, los murmullos de enfermeras y el ocasional rechinido de las ruedas de algún carrito de mantenimiento.   

Michael giró un poco la cabeza, percibiendo una pesadez en los músculos, seguramente producto de algún anestésico que poco a poco iba abandonando su sistema.

“¿Donde estoy?”, se preguntó. No era capaz de recordar cómo terminó en esa habitación, se acordaba de haber salido del despacho jurídico de la Darlen Corporation en el centro de Duvhök, para luego tomar el ascensor hacia el estacionamiento subterráneo del edificio. Después de eso, nada. 

Se mantuvo un momento completamente inmóvil, quizá incluso volvió a perder el conocimiento o simplemente se quedó dormido víctima de ese sopor que le invadía por completo, pero cuando despertó lo hizo definitivamente, fue entonces que intentó moverse y sintió cómo sus manos se trababan contra las correas de cuero que tenía ceñidas a las muñecas. “¿Qué demonios?”, pensó Michael y dejó escapar un gemido desde su reseca garganta. Estuvo tirando contra sus ataduras largo rato, sintiendo cómo el pánico comenzaba a secuestrar a su razón. ¿En qué clase de hospital amarraban a los enfermos? Sólo en los psiquiátricos hacían cosas como esa y Michael definitivamente no podía estar en un psiquiátrico. Tenía que haber algún error. Quiso gritar, pero de su boca únicamente surgió un gemido gorgoteante, digno de una película de George Romero:

Uuuughhh.

¿Qué le había pasado a su voz?, ¿era eso producto de la anestesia también? Siguió intentando hablar con desesperación, sintiendo cómo las palabras se deformaban al saltar de su lengua, luego, comenzó a llorar en silencio por la frustración.

Uuund… Auuund… Aynnnd… 

Aquellos fueron los minutos más largos de su vida, hasta que finalmente, la palabra se articuló con dificultad, como la de un bebé que dice algo por primera vez:

—¡Ayuda! 

Gritó repetidamente, cada vez con mayor claridad y volumen, lo hizo hasta quedar exhausto y jadeante; el sudor comenzaba a pegarle la bata de hospital al pecho. Entonces, la puerta se abrió y por ella entró un médico vestido con bata blanca y corbata. El hombre entrado en los cincuentas y con hebras blancas entre el cabello oscuro, arqueó las cejas detrás de unos lentes cuadrados que lo dotaban de ese aspecto intelectual que tienen todos los doctores maduros, lo contempló por un momento y luego exclamó con voz tranquilizadora:

—¡Ah, señor Wuh! Ya ha despertado… ¿Cómo se siente? El efecto del anestésico debe estar pasando. Es normal que se sienta algo desorientado y tenga un poco de amnesia.

El doctor era una de esas personas capaces de irradiar una calma contagiosa, su voz era dulce y profesional, casi embriagadora. Michael pensó que parecía tratarse de un hombre que sabía de sobra lo que hacía y se alegró por ello. Entonces recordó las correas de cuero en su camilla.

—¿Por qué estoy amarrado? —soltó, aunque de su boca químicamente entorpecida, salió algo similar a, “¿Po qué marrado?”

El doctor cuyo apellido, Pearwood, se encontraba bordado en el pecho de su bata, sonrió como diciendo “no hay nada qué temer, amigo” y luego contestó:

—El accidente fue grave, señor Wuh. El coche quedó irreconocible, cuando vi las fotos no pensé ni siquiera que alguien pudiera sobrevivir a eso. Mucho menos que saliera tan entero como usted. Sin embargo, se dio un duro golpe en la cabeza y eso parece haber afectado su coordinación. No dejaba de dar patadas y tirar golpes, temíamos que pudiera lastimarse. —Mientras hablaba, el doctor Pearwood lo miraba con aquellos ojos azules suyos, casi hipnóticos—. Pero que grosero soy. Mi nombre es Alexis Pearwood, cirujano de la unidad occidente de Gethurlem.

“¿Gethurlem?”, pensó Michael. “¿Qué demonios estoy haciendo en el norte de la isla madre?” y ¿por qué diablos había un cirujano en su habitación? ¿Lo intervinieron? No lo creía, no notaba ningún dolor en parte alguna del cuerpo, aparte de la cabeza.

—¿Pero, qué fue lo que pasó? —dijo Michael, esta vez su voz sonó más clara.

—No conozco los detalles del accidente —empezó a decir Pearwood—. Los oficiales de vialidad podrán hablar con usted de esa parte. Mientras tanto recóbrese de la anestesia, ¿quiere? Debemos esperar a que su cuerpo metabolice todos los fármacos que le metimos. 

Michael tenía un millón de preguntas, pero las ideas seguían saltando confusas en su mente, así que permaneció callado mirando al doctor, quien manipuló un suero que estaba junto a los instrumentos, el cual Michael ni siquiera había reparado en que lo llevaba conectado al brazo mediante una venoclisis. 

Una vez hubo terminado su labor, el doctor se encaminó a la puerta.

—Espere —articuló Michael y el médico se volvió, arqueando una de sus graciosas cejas—. ¿Podría quitarme estas correas?

—Oh, lo lamento, señor Wuh, pero aún tememos que pueda tener uno de esos… ataques. Deberá permanecer atado un poco más, es por su propia seguridad.  

Dicho esto, el doctor Pearwood desapareció por la puerta. 

 

II

Pasaron las horas y Michael permaneció inmóvil la mayor parte del tiempo, intentando recordar. Durmió un poco, luego despertó y se dedicó a examinar la habitación. No había nada extraño en ella, a parte de la camilla en la que se encontraba, la cual pensó que no era una cama adecuada para el descanso de un convaleciente, era demasiado estrecha y el colchón demasiado duro. Tampoco pudo ver ningún baño en la habitación ni siquiera un lavamanos. ¿Y qué si de pronto le entraban ganas de cagar?

Pasó mucho tiempo. No sabía por qué no había venido ninguna enfermera. Comenzaba a tener hambre. Cerca de él, en la pared, estaba un botón para llamar al personal médico, pero no podía alcanzarlo con las manos atadas a la camilla, así que gritó:

—¡¿Hola?! ¡Enfermera! —luego—: ¡¿Doctor Pearwood?! 

No hubo respuesta. Las personas en el exterior parecían estarlo ignorando por completo.

 

III

Cuando Michael volvía a caer presa de la desesperación, la puerta de la habitación se abrió y por ella entró Pearwood.

Se acercó a la camilla, luciendo una pequeña mancha de salsa de tomate en su bata. “El viejo cabrón estaba desayunando y yo aquí amarrado como un chimpancé de laboratorio”, se dijo Michael. 

—¿Cómo va mi paciente favorito? —exclamó el agradable sujeto, con tal jovialidad que Michael casi olvidó la furia que había estado acumulando por horas en su contra.

—Doctor, creo que estaría bien que enviaran aquí a una enfermera, por si algo se ofrece. Recuerde que me tiene atado.

Pearwood frunció el ceño graciosamente y luego añadió:

—Oh, cuánto lo siento, hijo. Me temo que estamos un poco cortos de personal ahora, pero prometo estar mucho más al pendiente de usted. —Sacó un control de televisión de la bolsa de su bata y lo puso sobre la cama, cerca de la mano de Michael—. Le he traído esto. Pensé que podría ser aburrida la espera.

“A parte de ser cirujano, es usted un maldito genio”.

Michael miró el control y, luego, a los ojos amistosos de Pearwood, después continuó:

—Escuche, han pasado horas desde que desperté. En serio me gustaría comer algo y si me desata y me muestra dónde se encuentra el baño se lo agradecería en… 

—Le enviaré algo de comida pronto —le interrumpió el médico, volviéndose ya hacia la puerta—. Estábamos esperando por eso de la anestesia, ¿sabe? No queremos que se vomite encima. Tenga un poco de paciencia, por favor… Vea la televisión.

Dicho esto, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí, sin dar tiempo a Michael a decir otra cosa ni hacer alusión alguna a la sugerencia de desatarlo.

Michael sintió una vena de furia estallar en alguna parte. ¿Qué demonios les pasaba en ese hospital de mierda? Era un prestigioso abogado de la marca de electrónica más importante de Fjälland, no podían tratarlo de aquella manera. La próxima vez que Pearwood apareciera, le recordaría un par de cosas sobre derechos humanos y le haría ver que no tenía a cualquier pelele en esa camilla. 

Su coraje le hizo olvidarse del control por un rato, pero cuando pasó una hora y no hubo señales del maldito doctor, intentó tomarlo.

Descubrió, exasperado, que aquel hijo de puta lo había dejado demasiado lejos de su mano. ¿Lo estaba haciendo a propósito? Estiró la mano lo más que pudo, metiéndola más en las correas de cuero, las cuales permitían un poco de flexibilidad en todas direcciones. Las yemas de sus dedos acariciaron el control y lo hicieron mover un poco, luego logró pararlo sobre la cama en un ángulo extraño, para volver a caer hacia un lado. Michael soltó un gemido de frustración y se detuvo un momento, bañado en sudor. De pronto, la habitación parecía demasiado caliente, casi pudo jurar que el calefactor había aumentado la intensidad.

En el segundo intento, logró apresar el control apenas, y pudo tirar de él, hasta hacerlo caer en la palma de la mano.

Soltó un largo suspiro, mezcla de triunfo y coraje y, luego, una idea horrible pasó por su mente: 

“No tiene pilas. El puto doctor, lo ha dejado aquí sin pilas. Está burlándose de ti, Michael”.

El pensamiento le angustió, no podría aguantar mas tiempo solo, atado a aquella maldita camilla. Se volvería completamente loco.

Apretó el botón de encendido en el control, con el corazón en la boca y entonces, la tele dejó escapar un chasquido de estática y se encendió.

—Eres un hijo de puta, Pearwood —masculló entre dientes.

La habitación fue inundada por una música que conocía bastante bien. Aquellas notas alegres del noticiero de Luden, con ese tinte aventurero característico de todos los programas de noticia. Cuando la imagen se aclaró, en pantalla apareció Odesa Beryck, la rubia exuberante del noticiero de las dos. “¿Son las dos de la tarde?”, se preguntó.

—«Esta mañana, fue encontrado el cadáver de un adolescente en el bosque de Jarlspeak» —empezó a decir Odesa—. «Tenemos a Bjorn Tolsak en la escena».

Al cambiar de cámara, el joven reportero, ataviado con un abrigo, apareció junto a un oficial de policía; al fondo, una patrulla del estado de Jarlspeak se encontraba aparcada frente a los árboles nevados del bosque. El oficial de policía informó que no se había identificado aún al menor, pero que aquello era obra de un asesino que para ese momento ya llevaba por lo menos otra víctima.

Michael miró el bosque extrañado. Algo no estaba bien con esa noticia. La nota siguió y otro policía informó que no descansarían hasta dar con el responsable. Pasaron imágenes de las proximidades del bosque, desde donde podía verse el pico nevado de Jarlspeak y, entonces, Michael supo lo que andaba mal. El bosque estaba totalmente blanco de nieve, con apenas unos cuantos manchones de verdor que sobresalían de las copas de los árboles, pero ahora se encontraban a mediados de abril; para ese momento, toda la nieve de la isla madre estaba derretida y los paisajes eran húmedos y lluviosos. Aquella noticia era vieja, estaba viendo un programa grabado.

Cambió de canal y se topó con el noticiero de Wilow, en una nota que hablaba sobre una enfermera a la que atraparon robando costosos medicamentos. Cambió una vez más y se encontró con el Nyhamn News, en el siguiente, el Saratoga Fréttir, uno de los noticieros transmitidos en fjällandés. Luego, el Kålentan CFN y el Nömad Review. 

En todos aquellos canales, había noticieros y todos pasaban notas sobre crímenes ocurridos en distintas partes de Fjälland. Otra cosa que Michael podía adivinar, era que todas eran noticias viejas, pregrabadas. Sin saber por qué, sintió una alarma saltar en su interior. Estaba sucediendo algo muy raro en ese hospital. ¿Dónde carajos estaba Pearwood? 

El calor de la habitación estaba aumentando y ahora Michael sudaba profusamente.

En la pantalla, apareció una noticia del Duvhök FNN. Rebecca Connor anunciaba que la policía de Duvhök encontró un Shelby Mustang 2020, abandonado en la carretera de la costa sur. Las imágenes del campo eran más acordes con el temporal climatológico actual. Rebecca decía que las identificaciones del propietario, un tipo desaparecido tres días antes, estaban dentro y no se encontraban signos de violencia en el vehículo. 

Aquél Mustang era el auto de Michael Wuh. Poco a poco, los recuerdos comenzaron a regresar, como si se encontraran en el interior de burbujas que iban reventando una a una.

Recordó haber llegado hasta su auto en el estacionamiento de la Darlen Corporation y, al subir al asiento del conductor, percibió una respiración a un costado de su cuello. Recordó también la mancha de salsa de tomate en la bata de Pearwood. ¿Era en realidad salsa de tomate?

“Tengo que salir de aquí”.

 

IV

Pearwood reapareció un rato después con aquella enorme sonrisa de engreído. Michael notó que algo había cambiado en él, era un extraño destello de diversión en el rostro del doctor que no le gustó nada. “Sabe que he visto esos noticieros”, se dijo. Tenía la impresión de que eso era importante, el doctor quería que los viera, porque en ellos existía alguna especie de mensaje oculto. Michael creyó que lo mejor era fingir estupidez. 

—¿Qué hay, doc? —saludó con falso entusiasmo. 

Aquello hizo ensanchar la sonrisa de Pearwood. 

—¡Hola, Michael! —contestó el doctor, eufórico. 

Michael”, pensó desde la camilla. “Se terminó lo de señor Wuh”. 

Pearwood, continuó: 

—Supongo que habrás visto un poco de televisión.

—Sólo un poco. No soy muy afecto a la caja de los tontos.

—Ya veo… Son muchos los crímenes que se cometen en Fjälland, ¿no crees?

Ese tipo era como el maldito diablo. 

—Los crímenes se cometen en todos los países, doc. Vivimos en una sociedad podrida, donde las personas sin escrúpulos piensan que no pueden ser castigadas.

—Oh, ya lo creo, hijo. En eso estamos totalmente de acuerdo. Los malditos criminales creen que pueden hacer lo que quieran y la policía no hace nada. No temen a los castigos porque nuestro sistema de justicia tiene las manos atadas.

—Yo sé de leyes, doc, soy abogado y tengo muchos amigos en el tribunal, ¿sabe?

La amenaza oculta, no tuvo efecto alguno.

—Oh, amigo mío. Se perfectamente quién es usted —aseguró Pearwood.

Se mantuvieron las miradas por un momento sin decir palabra. Afuera de la recamara, una enfermera rio amistosamente y continuó enfrascada en una divertida conversación por completo ininteligible, a través de las paredes. ¿Cómo era posible que sucediera algo como esto en un hospital fjällandés? El lunático de Pearwood no le quitaba aquellos ojos azules de encima. De alguna manera, Michael se sintió indefenso ante esa mirada predadora. Decidió que intentaría una última jugada, si no funcionaba se pondría a gritar, alguien tenía que venir a ver lo que ocurría si hacía eso. 

—Me gustaría ir a orinar, si no le importa. También, recuerdo que me prometió algo de comida la última vez que hablamos y…   

—Lo siento, Michael, no puedes comer —le interrumpió Pearwood, tajante—. Ahora si me disculpas, tengo que retirarme a hacer los preparativos.

“¿Los preparativos?”.

Dicho esto, el doctor dio media vuelta y salió a la carrera de la habitación.

Por un momento, Michael pudo oír con claridad la voz de la enfermera cuando el médico abrió la puerta; sonaba joven, de veintitantos años. 

—«Es lo que siempre le digo a Peggy…» —dijo la muchacha, antes de que la puerta se cerrara y cuando lo hizo, a Michael sólo le llegó la risa apagada de su interlocutora. 

Fue entonces que se puso a gritar:

—¡Señorita! ¡Auxilio! 

En el exterior, las risas se interrumpieron súbitamente. Michel continuó:

—¡Por favor, me han secuestrado! ¡Creo que piensa matarme!

Silencio. La puerta de un ascensor que se abría y, luego,  la conversación continuó con total normalidad.

Las risas siguieron.

 

V

Se lastimó la garganta de tanto gritar y suplicar. Aun así, nadie acudió. Afuera, la gente continuaba con sus actividades normales. A veces parecían guardar silencio para escuchar lo que decía. Pero luego, retomaban sus conversaciones o cualquier cosa que estuvieran haciendo sin prestarle la más mínima atención. 

¿Qué carajos les pasaba? 

Comenzó a gritar amenazas. Aquellos pendejos no sabían a quién le estaban tocando los huevos.

“¿Quizá todo el hospital está de acuerdo con el secuestro?”, pensó. Una idea terrible. ¿Cuánto debería pagar un maldito secuestrador para conseguir algo como eso? ¿Para quién trabajaría el desgraciado de Alexis Pearwood? Podía decirse que existían varias personas que odiaban a Michael, pero no creyó que ninguna de ellas tuviera el capital para montar algo como aquello.

Estaba seguro de que tarde o temprano, Pearwood le pediría dinero. Siempre era por el dinero.

Se había orinado encima y el calor en la habitación ahora era insoportable. Maldijo al doctor a gritos y, entonces, la puerta se abrió.

—¡Vaya que hace calor aquí! —exclamó el médico, quien ahora vestía una filipina azul completa y gorro.

Llevaba un cubrebocas que le tapaba la parte inferior de la cara y esos lentes cuadrados de intelectualoide. 

Cuando se acercó a Michael, lo contempló de arriba a abajo y lanzó un silbido, luego se mofó:

—¡Cielos, muchacho! ¿No eres un poco grande para mojar la cama? 

—Por favor —suplicó Michael—. ¿Cuánto es lo que quiere?

Los ojos del doctor lo miraron confuso:

—¿Que cuánto es lo que…? —empezó a decir y, luego, al entender a lo que se refería su paciente, esbozó esa amigable sonrisa debajo de su cubrebocas—. Oh, no. No hago esto por dinero, Michael. En serio me gusta mi trabajo. Tengo una deuda con el pueblo, ¿sabes? 

“Yo he visto ese cubrebocas antes” y, repentinamente, lo recordó, lo vio en el asiento trasero de su auto, a través del retrovisor, un segundo antes de sentir el tirón y el doloroso piquete en el cuello.

El doctor Pearwood se colocó detrás de la camilla y comenzó a empujarla por la habitación hacia la puerta abierta. Michael maldecía y se debatía frenético contra sus ataduras. Imaginó a las personas de afuera observándolo pasar, arrastrado en la camilla por el pasillo, gritando como un demente. Sintió asco. ¿Cómo era posible que permitieran algo como eso? ¿Acaso habían perdido todo rastro de…? 

El pensamiento quedó cortado cuando Pearwood sacó la camilla al corredor. La pared en frente de la puerta estaba pintada de blanco e iluminada por una bombilla nueva, pero, más allá, el corredor permanecía sumido en la penumbra. No había iluminación alguna y las paredes se encontraban descarapeladas y derruidas. La voz de la enfermera se escuchaba en todo el pasillo.

—«Y Sally se fue con el doctor Tilleman» —decía animadamente—. «El salón pediátrico estaba hecho un completo asco».   

La otra chica soltó una sonora carcajada, que murió en el momento en que Pearwood apagó la grabadora que estaba sobre una pequeña mesa en el pasillo.

“Así que era eso”. Recordó la imaginaria indiferencia que había creido captar en aquellas voces y se sintió un idiota. Todo el tiempo fue una grabación.

Michael fue arrastrado por los pasillos fríos y oscuros de aquel enorme edificio abandonado. Cuando pasaban frente a una ventana, podía ver la luz de la tarde y fugaces vistazos de las copas húmedas y verdes de árboles altos. 

—¡Ayuda! —gritó Michael, intentando hacerse oír a través de las ventanas.

—Lo siento, Michael, nadie puede escucharte. ¿Sabes qué es este lugar? Nos encontramos en la antigua base militar de Exeter, en los límites con el estado Nøme. Estamos en el corazón de El Bosque de la Huldra, así que no te desgastes gritando.

Esa información fue como un golpe en la boca del estómago. Sabía dónde estaba la base de Exeter, aquellos bosques eran la región más aislada de todo Fjälland. La base fue ocupada por los nazis durante la guerra y, al final de la misma y de los conflictos posteriores, el ejército fjällandés tomó la isla Zöria por base de operaciones principal. 

Pearwood no mentía, nadie podía escucharlo.

—¿Crees en las huldras, Michael? —continuó diciendo Pearwood. Cuando su paciente no le contestó, éste siguió hablando como si lo hubiera hecho—. Yo tampoco. Aunque los alemanes juraban verlas en estos bosques. Decían que eran hermosas, que aparecían muy temprano cuando el sol acababa de salir, los atraían hacia los árboles y se los llevaban. Me gustan las historias, aunque no me considero un hombre supersticioso. Por otra parte, soy un tipo en extremo espiritual. Me imagino que un abogado inteligente como tú entiende la diferencia entre esas dos cosas. Hay otra historia sobre este lugar. Según la saga de Fjälland, el mismo Thor vivió en este bosque, como un ermitaño, cuando cayó a la tierra después de la gran batalla. Pensarás que soy un romántico, pero me gusta creer que es él quien guía mis pasos.

 

VI

Pearwood metió la camilla en una sala amplia y bien iluminada en medio de la cual había una enorme lámpara fijada al techo. Las paredes de la sala estaban cubiertas por completo de recortes de periódico.

—¡Bienvenido a mi quirófano! —anunció Pearwood  

—¿Por qué haces esto? —graznó Michael. Su propia voz le pareció demasiado vieja.

La expresión de Pearwood se volvió seria por primera vez desde que lo conocía. El doctor empujó la camilla hacia una de las paredes, para que Michael pudiera leer los titulares de los periódicos. 

Comenzó a recorrerlos uno a uno con la mirada y sintió a la bestia inclemente del terror abriéndose paso desde sus entrañas:

“INTEGRANTE DE LA MAFIA RUSA ES ENCONTRADO MUTILADO AL OESTE DE GETHURLEM”

“SENADORA DEL ESTADO, VÍCTIMA DEL MERCADO ILEGAL DE ÓRGANOS EN KÅLENTAN”

“SOSPECHOSO INDULTADO, ES ENCONTRADO EN GHÆN, VÍCTIMA DEL CIRUJANO DE FJÄLLAND”

“DESAPARICIONES EN NYHAMN, DELARYD Y  PENOBSCOTT, PODRÍAN ESTAR LIGADAS AL JUSTICIERO DEL ESCALPELO”

La sangre de Michael se congeló de pronto, había escuchado sobre el cirujano de Fjälland. Muchos decían que era un mito, nada más que una leyenda urbana sacada de la manga de los medios de comunicación. Algo así como el chupacabras de México. 

El tipo era una especie de macabro Robin Hood, mataba a los criminales y daba sus órganos a niños que los necesitaban. Pasaba años inactivo y, de pronto, aparecía un asesinato en el que parecía estar implicado. 

—Supongo que estás familiarizado con mi trabajo, querido Michael… “El cirujano de Fjälland” Un nombre demasiado dramático, pero acertado.

—Por… favor —empezó a decir Michael con voz nerviosa—. Debe haber un error. Yo no soy ningún criminal, lo juro… 

—Michael… —El ceño del cirujano se frunció y el hombre movió la cabeza en gesto de negación—. Oh, vamos, Michael, no intentes mentirme. Me tomo muy en serio mi trabajo, ¿sabes? Llevo a cabo arduas investigaciones para dar con los candidatos. A ti llevo observándote un buen rato. Estoy en esto desde el ochenta y nueve y debo decirte que nunca permitiría que un desdichado inocente pasara por lo que tú estás a punto de pasar. A diferencia de ti, no soy un monstruo. —Luego, pareció pensarlo mejor y rectificó—, bueno, quizá lo soy, pero yo soy un monstruo que mata a otros monstruos. Ahora, vamos a comenzar… 

El cirujano movió la camilla hacia el centro de la sala, en dirección a la lámpara. La detuvo justo debajo del potente halo.

—Por favor, te digo que no he hecho nada… yo puedo… 

—Hablame de Aurora —lo interrumpió el cirujano con tranquilidad, quien ahora movía las manos, manipulando objetos que estaban fuera del campo de visión de Michael.

Escuchar el nombre de su exesposa le hizo sentir vértigo.

—¿Aurora?, ¿qué hay con Aurora?

—Tú vas a contármelo.

—Pero yo… 

Con un movimiento rápido, Pearwood, clavó unas tijeras en una de las piernas de Michael. Éste sintió el golpe, seguido de un estallido de dolor punzante que le trepó por la espalda. Dejó escapar un berrido de agonía, que ascendió dos octavas cuando el cirujano retorció las tijeras, moliendo la carne del muslo.

—¡Ahhh! ¡Hijo de puta! —lloriqueó Michael.

—¡¿Qué pasó con Aurora?! —gritó Pearwood con furia.

—¡Yo no hice nada!… ¡Fue un puto accidente!

Al escuchar aquello, Pearwood descargó un potente puñetazo contra la cabeza de Michael. 

Todo el mundo se llenó de pequeños colores brillantes que danzaban. Vaya si danzaban.

 

VII

—Vamos, quiero que me veas bien —dijo el doctor, sacándose el cubrebocas y poniendo el rostro muy cerca del de Michael—. No. No. No. No te quedes dormido. Todavía tienes que confesar—. Dio dos fuertes palmadas con la mano enguantada contra la mejilla de Michael y luego le lanzó agua directo a la cara, haciéndolo respingar dolorosamente—. Eso es. Sé que duele, pero concéntrate, quédate conmigo.

Los ojos de Michael se dilataron por el miedo al ver la expresión calmada del cirujano. Sentía un húmedo calor pegajoso creciendo en su pierna izquierda y aún percibía en el oído el zumbido producido por el puñetazo.

—¡Esto no es justo! —graznó en cuanto se atrevió a hacerlo.

—¿Justo? —Pearwood dejó escapar una risita molesta—. ¿Qué sabes tú de la justicia, pequeño infeliz? Ahora, vas a decirme lo que pasó, punto por punto. Y créeme, Michael, si te atreves a mentirme, lo sabré, te arrancaré los dedos y haré que te los tragues uno por uno.

 

VIII

Entre la bruma del dolor y del miedo, Michael recordó aquella helada mañana de principios de octubre. Su esposa Aurora iba en el asiento del copiloto de la Land Rover alquilada para la ocasión. Su amigo Keith viajaba medio dormido en el asiento trasero y, en la cajuela, iban embutidos los abrigos, los víveres y los estuches de las dos escopetas Remington. El plan era atravesar las montañas por el camino de Jarlspeak y Thorðenver, hasta el parque cinegético a quince kilómetros del lago Hammer’s Fall. Llevaban organizando la excursión desde hacía meses y era la primera vez que Michael conseguía que Aurora los acompañara de cacería. La mujer se encontraba emocionada por el viaje, le encantaba la naturaleza y no viajaba al estado de Thorðenver desde que tenía doce. No le agradaba la idea de la caza, pero después de mucho insistir, Michael había llegado a un acuerdo con ella: sólo una mañana de cacería, tres días de descanso en el lago.

La temporada de ciervos acababa de abrirse y hacía tiempo que Keith hablaba sobre ir por un gran macho de trece puntas. Así que, cuando estacionaron en la entrada del parque, mostraron sus licencias y pagaron sus permisos, la euforia se sintió con ganas.

Se internaron en los bosques, escopetas en mano, con los chalecos reflejantes y las provisiones necesarias cargadas en las mochilas. Michael tuvo que hacer callar a Aurora un par de veces, para evitar que las voces y risas espantaran a los animales. Después de casi dos horas de andar, vieron al primer ciervo pastando de la helada hierba que crecía junto a los fresnos. El animal era joven y brioso, alzó su musculoso cuello a la distancia y luego regresó a lo suyo. Keith levantó su escopeta y apuntó. Hubiera sido un buen disparo, pero Michael puso la mano sobre el cañón de la escopeta de su amigo y le obligó a bajarlo.

Keith le dedicó al instante una mirada de reproche, a lo que Michael contestó:

—Creí que veníamos por el de trece puntas.

Aurora soltó una risita y se burló:

—Ustedes los machos cazadores son tan graciosos. ¿Qué más da el número de cuernos?

—Se llaman astas y  no lo entenderías, cielo… 

Siguieron avanzando por otra hora y se detuvieron para almorzar los sandwiches que llevaban. Un rato después, continuaron la travesía y después de varios kilómetros, Michael escuchó cómo se partía una rama entre la espesura. Le dedicó una mirada a su amigo quien asintió lentamente.

—Cariño, espera aquí —le susurró a su esposa y con un movimiento de cabeza le indicó a Keith que avanzaran por separado para rodear al animal.

Michael caminó, cuidando dónde pisaba y conteniendo la respiración para que el ciervo no pudiera escucharla. Una nueva rama se quebró entre el bosque y pudo percibir el resoplido del animal. Era un ciervo y era grande. Preparó la escopeta llevándosela al hombro, sintiendo como cada músculo de su cuerpo se tensaba y, entonces, sucedió un disparo y el animal salió corriendo a toda marcha hasta perderse en el monte.

—¡Genial, Keith, lo has mandado todo a la mierda, amigo! ¡Ese ciervo era enorme como el demonio! —Pero, entonces, escuchó el grito de terror y el llanto. 

Regresó corriendo a toda velocidad y encontró a su amigo con Aurora en brazos. La esposa de Michael estaba tendida el piso con una pierna temblando. Keith lo miró aterrorizado con la cara estúpida y confusa y el chaleco reflejante lleno de sangre.

“Dios mío, eso es parte de su cerebro”, pensó Michael horrorizado.

—Mike. Viejo, fue un accidente… juro por mi madre que fue un accidente…  —chillaba Keith. 

El único ojo que le quedaba a su esposa en la cara, miró a Michael con entendimiento. Luego, la pupila se dilató.

 

X

Pearwood escuchaba con atención. Y contemplaba las lágrimas de Michael en silencio. Parecía profundamente conmovido.

—La ayuda tardó en llegar, pero de todas formas, mi Aurora ya estaba muerta… 

Michael sollozó con aquella vieja herida abierta. El cirujano lo miraba perplejo con una repentina chispa de compasión en los ojos, de los que de pronto brotó una solitaria lágrima. 

—Diablos. Cuánto lo siento, hijo —logró articular el doctor—. Los accidentes son una putada, al igual que los errores. Quizá… debí verificar mejor tu caso antes de… Santo Dios, y mira todo lo que te he hecho. Me siento peor que un pedazo de mierda… 

El médico lloraba ahora.

—Los accidentes ocurren, doc —soltó Michael—. Algunos pueden evitarse. Otros son cosa del destino.

—Tienes razón, hijo. Lo siento…

De pronto, con un movimiento rápido e inesperado, Pearwood clavó las tijeras en el hombro de Michael hasta la empuñadura. El hombre soltó un aullido de dolor. El cirujano retorció las tijeras y luego golpeó con la palma hasta que la punta se detuvo clavada en el hueso.

¡AHHHHHH! —Chilló Michael agónico—. ¡Eres un maldito psicopata!  

—¡Y tú eres un jodido mentiroso! —le gritó Pearwood a la cara—. ¿Crees que voy a tragarme las mismas mentiras que le contaste a la policía? ¿Crees que no confirmé las cuentas bancarias, los seguros de Aurora y los depósitos que le hiciste a Keith Grinder? Necesitabas los seguros de tu esposa para pagar tus deudas, cabrón de mierda. Pactaste el asesinato con tu amigo para tener las manos limpias y, luego, moviste tus influencias para ayudarlo a eludir los cargos. “Un accidente de caza, ¿huh? Pasa todo el tiempo”. Sólo la policía es tan estúpida. Y ahora vas a casarte de nuevo, hijo de puta. ¿Qué?, ¿pensabas matarla también a ella? Quizá Keith te ayudaría a ahogarla en el Hammer’s Fall esta vez, ¿o no?

Un nuevo golpe furioso a las tijeras y una nueva convulsión caótica de dolor. Michael resoplaba y lloraba. Y entre esa cortina de terror pudo recordar el ojo de su esposa, lleno de sorpresa y frialdad mirándolo fijamente antes de dejar este mundo.

—¡Por favor! —graznó—. Voy a tener un bebé, va a nacer en diciembre. No me mates, por favor. Juro que seré el mejor padre… 

—¿Qué dijiste infeliz? —profirió Pearwood mirándolo horrorizado—. Es otra de tus sucias mentiras, ¿verdad?  

—¡No! ¡Juro que es verdad!

—¿Vas a ser padre, Michael?

Pearwood pareció dudar por primera vez. Se llevó las manos a las sienes y se retiró a un lado de la camilla. Fuera de la vista, Michael pudo escucharlo soltar un grito apagado contra la manga de la filipina y, luego, unos chasquidos que Michael reconoció como cachetadas autopropinadas. Cuando el médico reapareció se le veía deshecho, terriblemente afectado.

—¿Sabes? —empezó a decir—. Creo que de todo esto surge por lo menos algo bueno. Ese pequeño jamás sabrá lo que su padre hizo en el bosque… 

El bisturí bajó, hundiéndose en el vientre del hombre, describiendo una perfecta línea alba. La sangre no brotó, de modo que Michael pensó que quizá no lo había cortado en realidad, quizá todo era parte de un horrible escarmiento, pero cuando los dedos del cirujano se introdujeron en la herida, el aterrador grito que estalló en la garganta del hombre, inundó las ruinas de la antigua base militar de Exeter, saliendo al exterior, donde fue engullido por los kilómetros interminables de El Bosque de la Huldra, ocultado por el correteo de pequeñas bestias entre la hojarasca y el murmullo de los riachuelos que bajan desde las montañas, donde sólo  los somormujos, pudieron escucharlo.

 

ZAPOPAN, JALISCO

04 DE SEPTIEMBRE DEL 2019

Autor: Oscar Valentín Bernal

Cetrero y escritor

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