La avenida del chico en traje

Por Aledith Coulddy

Gonzalo murió un 18 de octubre. Al salir de una reunión de trabajo importante, cruzó la calle, aparentemente desierta, para fumarse un cigarrillo en el parque de enfrente al edificio donde laboraba. Un conductor ebrio lo arrastró por más de diez metros antes de aplastarle el cráneo. La muerte fue instantánea; su noción de que estaba muerto, no.

Pasaron meses antes de realmente darse cuenta en lo que se había convertido. Un anonimato obligado se le había impuesto. Nadie lo escuchaba, nadie atendía a sus súplicas, ni una persona lo miraba. Nadie. Hasta el día en que presenció otro accidente parecido al que había acabado con su vida. Un niño pequeño pereció en el suceso. Con asombro, miró cómo el alma del menor se desprendía del cuerpo. No lucía confundido, era un fantasma que sabía su propósito. El niño miró a Gonzalo y le hizo una seña de que lo siguiera, pero él se quedó inmóvil. El niño levantó los hombros y caminó hacia la inmensidad de ese atardecer otoñal hasta que Gonzalo lo perdió de vista.

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