La avenida del chico en traje

Por Aledith Coulddy

Gonzalo murió un 18 de octubre. Al salir de una reunión de trabajo importante, cruzó la calle, aparentemente desierta, para fumarse un cigarrillo en el parque de enfrente al edificio donde laboraba. Un conductor ebrio lo arrastró por más de diez metros antes de aplastarle el cráneo. La muerte fue instantánea; su noción de que estaba muerto, no.

Pasaron meses antes de realmente darse cuenta en lo que se había convertido. Un anonimato obligado se le había impuesto. Nadie lo escuchaba, nadie atendía a sus súplicas, ni una persona lo miraba. Nadie. Hasta el día en que presenció otro accidente parecido al que había acabado con su vida. Un niño pequeño pereció en el suceso. Con asombro, miró cómo el alma del menor se desprendía del cuerpo. No lucía confundido, era un fantasma que sabía su propósito. El niño miró a Gonzalo y le hizo una seña de que lo siguiera, pero él se quedó inmóvil. El niño levantó los hombros y caminó hacia la inmensidad de ese atardecer otoñal hasta que Gonzalo lo perdió de vista.

Desde entonces supo lo que tenía que hacer y sin embargo, no le apetecía cruzar las puertas al nuevo mundo. En su interior, crecía un rencor casi incontrolable que demandaba ser externado. Tantos años de estudio echados a la basura, su carrera frustrada, el viaje a Asia que ahora se pospondría eternamente… todo esto lo encolerizaba a tal punto en el que el resentimiento se hizo manifiesto.
Decidió, entonces, quedarse para siempre en la calle donde murió atropellado.

Bien vestido, como el empresario exitoso que fue en vida, en las madrugadas, pedía un aventón a los conductores pasados de copas –o no– que se atrevían a pasar por su avenida.
Mentía acerca de haberse quedado sin combustible. Los automovilistas lo miraban confundidos, recelosos, pero Gonzalo ejercía un efecto hipnótico sobre el juicio de sus víctimas y ellos, al mirarlo perfumado y atractivo le permitían entrar en su coche. De inmediato, Gonzalo comenzaba a narrar su historia, una en la que el desenlace terminaba siempre en muerte. Las personas, inicialmente incrédulas, se llevaban tremenda impresión al ver cómo, ante sus ojos, el cráneo de Gonzalo se transformaba en una pila de huesos rotos y sangre vieja. El ritual terminaba en el mejor de los casos con no más que un buen susto.
“La avenida del chico en traje”, fue conocida desde entonces aquella calle.

El tiempo transcurría y los accidentes cada vez eran más frecuentes en “la avenida del chico en traje” pese a las advertencias de evitar la zona a toda costa, especialmente si era de noche y los conductores se hallaban alcoholizados.

Gonzalo disfrutaba de su rutina mortuoria, aunque a veces se descubría ensimismado en dudas sobre lo que había más allá de ese ciclo perpetuo de rencor e ira.

Una noche de octubre, a días de su aniversario luctuoso, sintió el resentimiento tan arraigado en su ser, que se propuso a provocar el mayor número de accidentes posibles.
Ni bien lo había decidido cuando miró a lo lejos un auto de lujo zigzaguear hacia su dirección. “Inauguraré la jornada con un borracho”, pensó.
Hizo su seña habitual de auxilio y el automóvil se estacionó a su lado. La ventanilla del copiloto se deslizó hacia abajo y Gonzalo observó a una guapa mujer de aproximadamente treinta años sentada en el asiento del conductor. Repitió la perorata de siempre y la chica lo dejó entrar.

Algo percibía, una extraña familiaridad en aquella situación; miraba de reojo a la mujer sin comprender exactamente qué era. Sin precisarlo y antes de dar cabida al arrepentimiento por lo que estaba a punto de hacer, comenzó a hablarle de cómo había muerto en aquella avenida, incluso inició su transmutación al hombre de cráneo aplastado, pero la chica ni se inmutó. Estaba muy ebria o muy desinteresada para entender lo que sucedía.
Gonzalo, por primera vez desde que murió, se sintió vulnerable; el control lo tenía la conductora y no él.

Ella sonrió con autosuficiencia, su mirada se llenó de astucia y aceleró el coche a unos 120 kilómetros por hora. Gonzalo sintió miedo a pesar de saber que nada podría sucederle. La mujer esquivaba autos a su paso mientras una carcajada comenzaba a formarse en su garganta hasta perderse en el helado viento otoñal.

El paseo parecía no terminar, la velocidad había aumentado cincuenta kilómetros más y las carcajadas de la chica parecían ahora un lamento, tan lastimero que dañaba los tímpanos de Gonzalo.

Quería salir del auto, desaparecer en el acto y no volver a su avenida, pero por algún motivo desconocido, se sentía atado a ella, como la misma hipnosis que él ejercía sobre sus víctimas.
La chica dio un último acelerón y dirigió el coche directo a una barda de concreto a su derecha. El impacto se sintió casi real y aunque imposible, Gonzalo creyó que había muerto otra vez.

Volteó a mirar a la mujer que se encontraba tendida sobre el volante, en apariencia desmayada. Gonzalo se miró al espejo, no había reflejo. La chica comenzó a enderezarse. Gotas espesas de sangre caían sobre el asiento y otra carcajada gutural se fabricaba desde sus adentros. Su risa hacía en el carro un eco doloroso de escuchar. Su rostro estaba destrozado y la boca abierta en una sonrisa, dejaba entrever dientes que faltaban.

–Morí en esta calle hace poco –soltó, escupiendo hacia la dirección de Gonzalo–. Y cada noche, les doy sustos de muerte a niños bonitos como tú.

Gonzalo trató de articular palabras, pero nada salía de su boca. Estaba paralizado y en shock, preguntándose si en una de sus faramallas, no habría sido él el responsable de la muerte de esa mujer.
Las carcajadas de ella lo hicieron volver en sí. La evidencia innegable de que había llegado el tiempo de partir al más allá.

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