Tres hermanos

Por S. Bobenstein

—¡Rafael! ¡Despierta!

La voz de su hermano lo hizo recuperar el sentido. Entreabrió los ojos sólo para ser cegado por una luz blanca y fría, en un acto reflejo trató de proteger su mirada con su diestra, pero algo se lo impedía, al igual que le impedía mover el resto de sus extremidades. Presa del pánico, abrió los ojos tanto como pudo para darse cuenta de su estado: se encontraba atado con correas de cuero a lo que parecía ser una mesa inclinada lo suficiente para casi dejarlo de pie, vestía un traje quirúrgico blanco e inmaculado y usaba unos zapatos de tela del mismo color.

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