Lamentaciones

Por S. Bobenstein

1 de diciembre de 2019

Sé que escribir diarios en libretas es una costumbre del siglo antepasado, pero, en vista de que tengo instrucciones de no interactuar más que lo estrictamente necesario con la gente local, me pareció que esto me haría alguna clase de compañía. Veré qué tal me funciona, al fin y al cabo, tengo bastante tiempo para desperdiciar.

En la travesía hasta acá me documenté acerca de la ciudad. Utqiagvik, antes conocida como Barrow, Alaska, es la ciudad más septentrional de Estados Unidos. Ubicada en el círculo polar ártico, la población de poco menos de 4,500 habitantes, la mayoría del grupo nativo iñupiat, experimenta los fenómenos naturales propios de los polos, siendo el más famoso de la comunidad la noche polar de sesenta y seis días. Desde el 18 de noviembre al 23 de enero, la luz del sol apenas alcanza a ser percibida por pocas horas, el resto del día se vive en la oscuridad. Es mejor que consiga píldoras de vitamina D, me espera una larga noche.

Utqiagvik apenas puede ser llamada una ciudad, sinceramente. El aeropuerto sólo es una pista de aterrizaje con un par de hangares, las construcciones y las viviendas son bajitas y hechas de madera y plástico, concentradas en un solo punto, las calles no están pavimentadas y todo, incluida la playa, está cubierto de nieve o hielo. En este momento, el termómetro externo marca -5°F (-20.5°C). La casa en la que me alojo es bastante modesta, cercana a la playa congelada, y, para estándares locales, está algo alejada del resto de la comunidad. Mis únicos contactos con el mundo parece que serán el internet satelital, un teléfono de pared y una camioneta para ir por víveres. Aunque no tiene lujos, esta casita luce cómoda y cálida, gracias a la calefacción, aunque no puedo quitarme un ligero temblor que tengo en las manos. Quizás deba usar guantes incluso aquí dentro.

Miro por la ventana, al horizonte oculto en la oscuridad. Salvo la tenue iluminación que se irradia desde mi casa, afuera parece boca de lobo. Pronosticaron que esta temporada estaría muy nublada. Como si sesenta y seis días de noche no fueran suficientes.

Llevo dos días de viaje y aún no me recupero de lo que sucedió allá atrás, en casa. Supongo que lo primero que debería hacer en este momento es dormir, descansar y adaptarme a esta nueva vida nocturna. ¿Es correcto decir “buenas noches” en este contexto? Quién sabe.


2 de diciembre de 2019

Qué mal sueño. Qué mala noche (¿o día?). Creo que desperté más cansado que cuando me fui a dormir. Afuera todo sigue igual de negro a pesar de que el reloj marca las 9 a. m. Estuve despertando varias veces, alcanzaba a escuchar como si un perro estuviera chillando en algún lugar cercano a la casa. Quizás se escapó y estaba perdido, quizás necesitaba ayuda para que lo encontraran. No, seguro fue mi imaginación o a lo mejor estaba soñando. El punto es que no pude descansar muy bien y esto de despertar sin sol me desorienta. Haré mi desayuno y veré con qué me entretengo.

2 de diciembre de 2019 (más tarde)

No importa qué tanto caliente la comida, siempre que como un bocado está frío y desabrido. Me atrevería a decir que el agua tiene mejor sabor. Pasé la mayor parte del día leyendo y releyendo “30 días de noche” de Steve Niles y Ben Templesmith, muy ad hoc a mi situación actual. Podría ser que la presencia de vampiros en Utqiagvik hiciera este exilio más interesante, pero supongo que tendré que conformarme con el perro perdido y quejumbroso. Sí, otra vez, de tanto en tanto, escuché al tonto perro llorar lastimosamente alrededor de mi casa, ahora más cerca. Tuve que salir a revisar un par de veces, con linterna en mano, pero no pude encontrar ni siquiera sus huellas. Decidí dejar el asunto por la paz. Si continúa, le haré una llamada a la policía para que se encarguen. Técnicamente ya “volvió a ser de noche”, según el reloj. Me pesan los párpados, trataré de descansar de una vez por todas.


3 de diciembre de 2019

¿Será posible que tanta oscuridad ya me esté trastornando la mente, en tan pocos días? Son las 4:37 a. m., estoy en vigilia desde las tres. Estaba teniendo una horrible pesadilla cuando el desgarrador grito de un hombre me despertó. Al escucharlo, salté de mi cama, con el corazón en la garganta, y miré a todas partes. El eco del alarido persistió en mi habitación todavía un poco más cuando me incorporé. No había nadie, pero el grito sonó demasiado real. Prendí todas las luces y busqué en cada recoveco, sin éxito. Estaba listo para descartar aquello como parte de mi pesadilla, mas en ese momento escuché nuevamente el grito, acompañado de sollozos, esta vez en el porche. Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies. Me acerqué de puntitas a la puerta principal, en dirección al sonido, pegué la oreja a la madera y ahí estaba el lamento, el cual, extrañamente, me recordaba al perro perdido. La tristeza y el dolor que transmitía eran casi palpables. Me armé de valor para observar a través de la mirilla de la puerta, pero afuera sólo había oscuridad tan negra como un pozo sin fondo. En ese momento, otro grito perforó mis oídos y me hizo trastabillar, di con mis huesos al suelo y me arrastré tan rápido como pude para poner tanta distancia entre la puerta y yo como fuera posible. Mi pulso me retumbaba en los oídos, la respiración se me entrecortaba y temblaba hasta el último de mis cabellos. No recuerdo bien cómo, pero me escurrí hasta el teléfono y llamé de emergencia a la policía.

El lamento continuó y se detuvo sólo hasta que los oficiales tocaron a mi puerta. Les comenté lo sucedido, con lujo de detalles, y se dieron a la tarea de inspeccionar el terreno de la propiedad, sin embargo, no encontraron indicios de que alguien rondara o estuviera oculto por ahí. Terminaron por descartar el asunto como una mala adaptación a la noche polar, algo común entre la gente recién llegada, según ellos. Me instaron a volver a llamar si notaba algo raro, aunque supe por su mirada hastiada que era por mera cortesía profesional.

Justo ahora, mientras escribo, creo escuchar el lamento nuevamente, aunque no lo sé con certeza, hay una ventisca y el silbido del viento interfiere. Ya me aseguré de que toda posible entrada esté cerrada con llave.


5 de diciembre de 2019

Dormí más de veinticuatro horas seguidas, aunque para mí se sintió como un abrir y cerrar de ojos. El único descanso que tengo es que el lamento no se escucha más. Cuando desperté, la ventisca se había ido y decidí dar una vuelta por la ciudad, ya que sentía que las paredes se me venían encima. Subí a la camioneta, la cual pude echar a andar tras varios intentos. La mordida del frío no sólo afectaba a la máquina, también se colaba hasta lo más profundo de mi cuerpo pese a la ropa abrigadora.

La gente de Utqiagvik hacía su vida normal durante esta “mañana”, iban de aquí para allá en sus quehaceres diarios, impávidos ante la rareza de su ambiente. En menos de veinte minutos pude recorrer la totalidad de la ciudad, realmente no hay mucho qué ver, menos cuando todo está oscuro.

Decidí detenerme en el supermercado más concurrido para perder unos cuantos minutos viendo algo diferente que la noche o mi computadora. Juro que sigo sin entender el porqué de la hostilidad de la gente. No me agredieron físicamente ni mucho menos, estaba metido en mis propios asuntos sin molestar a nadie, pero pude notar que me miraban con sospecha y desconfianza, por lo menos eso creía. ¿Sería porque soy un forastero? Quizá sepan algo sobre lo que me pasó, sobre lo que hice, sus miradas implican algún tipo de conocimiento sobre mí. O quizás me estoy volviendo paranoico por la falta de luz solar. Lo cierto es que no pude resistir la presión por mucho tiempo más y me volví al enclaustramiento de mi casa.

Sólo quiero descansar, quiero dejar todo atrás.


6 de diciembre de 2019

Son las 3:30, da igual si de la mañana o de la noche. Volví a llamar a la policía, acaban de irse.

Horas atrás, una fina cortina de nieve, sutil y apacible, caía sobre la casa; de alguna forma, el vaivén de los copos en el aire ejercía un efecto hipnótico en mí. Me tendí sobre mi costado, de cara a la ventana y dejé que el baile de la nieve me arrullara.

No sé cuánto tiempo pasó, pero, cuando estaba a punto de dormirme, escuché el suspiro pesaroso de alguien justo en mi oído, así como su presencia detrás de mí. La sangre se me heló en las venas y salí despedido de mi cama como impulsado por un resorte, hasta pegar la espalda al otro lado de la habitación. Ahí conmigo no había nadie. Ni bien procesaba lo que estaba sucediendo, el grito que había escuchado antes estalló en mis oídos, proveniente de la ventana; la impresión me hizo caer al suelo y gateé hacia la sala de estar en un vano intento por huir. Los dos ruidos iniciales se callaron sólo para dar paso al lamento. El maldito lamento. Lo escuchaba ahora adentro de la casa. Revisé frenéticamente cada centímetro sin éxito. El lamento, lo que sea que aquello fuera, venía de todos lados y de ninguna parte al mismo tiempo. Lo sentía alrededor mío, cerniéndose sobre mi espacio personal, mi cabeza latigueaba de un lado a otro tratando de hallar la fuente pero no podía ver nada. Me sentía como un minúsculo ratón tratando de escapar de las zarpas del gato que juguetea con él antes de comérselo.

No podía marcar el número de emergencia lo suficientemente rápido, la policía tardó demasiado en llegar. No sirvió de nada. Cuando entraron a la casa, el lamento continuaba igual de intenso que antes, pero ellos ni siquiera se inmutaron, no parecían percatarse de él. Me miraron con extrañeza cuando les imploré que revisaran todo, lo cual hicieron muy someramente. Se concentraron más en asegurarse de que no estuviera borracho o drogado, me miraron con sospecha antes de irse e hicieron la vana promesa de que estarían pendientes.

Me dejaron solo con el lamento. Justo ahora continúa. Continúa, continúa, continúa. No tengo nada más que este diario para hacerme compañía, para escucharme y para no perder la cabeza.


(sin fecha)

El lamento, el maldito lamento. Está aquí. Sigue aquí. Está conmigo. Está dentro de mi cabeza. Todo el día. Todos los días. No puedo dormir, no puedo comer. El lamento no cesa. Siempre conmigo. No puedo.


(sin fecha)

La noche no termina. El tiempo no pasa. Hay alguien aquí. En el espejo. Está en el espejo. Tengo miedo de mirar. Tengo miedo de moverme. Tengo miedo de vivir. Sólo quiero descansar.


20 de diciembre de 2019

Todo terminó, al fin terminó. ¿Cómo no lo vi antes? Fui demasiado cobarde, siempre fui un cobarde. Al fin miré en el espejo.

Estaba en la sala de estar, hecho un ovillo, sin saber con certeza cuánto tiempo había pasado. El lamento estaba más fuerte que nunca, coloqué mis manos tapándome los oídos en un intento vano por acallarlo; cerraba los ojos con fuerza puesto que, desde no sé cuándo, había algo que atraía mi atención hacia el espejo del baño, tenía la certeza de que era algo espantoso y yo hacía todo lo posible por no dejarme llevar por la atracción. Me sentía febril y débil, ya se me estaba acabando la fuerza para resistir ese infierno, presentía que, lo que fuera aquella cosa, irremediablemente terminaría por destruirme.

Entonces, por primera vez, con el lamento de fondo, escuché mi propia voz, resoluta, en mi cabeza. “Mira en el espejo”, decía, “mira en el espejo, no hay nada más que puedas hacer”. Ya estaba cansado de resistir. Animado por la voz de mi consciencia, me levanté y caminé hacia el cuarto de baño como un cervatillo recién nacido, me paralicé en el umbral de la puerta al ver que, en el cuadrado del espejo, no había ninguna superficie reflejante sino una ventana que miraba hacia un lugar soleado y lleno de árboles, un lugar muy familiar. El lamento se concentró en ese preciso punto. Me tallé los ojos y dudé de lo que veía, pero de nuevo mi voz resonó en mi cabeza: “no hay nada más que puedas hacer”.

Me puse de pie frente al espejo y observé. Vi mi reflejo, pero éste lloraba desconsoladamente, mirándome a los ojos, estremeciéndose, con la misma voz que el lamento que había estado escuchando. Estaba bañado en sangre, las lágrimas hacían pequeños caminos translúcidos sobre sus mejillas, mas esa sangre no parecía brotar de ninguna herida. Atrás de él, la luz del sol se colaba entre los árboles de una avenida repleta de gente que se apretujaba para ver con morbo una escena de accidente. Una camioneta tenía el capó y el parabrisas abollados y dejaba escapar vapor desde el motor, el cual hacía que la sangre regada sobre el metal se escurriera y goteara en el asfalto. Frente al vehículo, los cuerpos de un hombre, una mujer y dos niños yacían inmóviles, contorsionados de formas que de ninguna manera permitirían la vida de un ser humano. Hilillos de sangre corrían de sus cuerpos y confluían en un charco entre ellos.

Cerré los ojos, asustado por esa grotesca escena. “Entiendes lo que hiciste. Ahora sabes qué debes hacer”, dijo la voz de mi consciencia. Lentamente abrí mis ojos y volví a mirar, el lamento cesó y el silencio cayó pesado sobre mí. Ahora mi reflejo me miraba fríamente, en silencio, al igual que la muchedumbre de curiosos, al igual que los cuerpos muertos que se habían puesto de pie, como marionetas, para clavar sus ojos sin vida en mi propia alma. Un tremor me recorrió completamente y dejé escapar un grito, el grito, seguido inmediatamente por un lamento, el lamento.

Lloré, lloré y lloré sin parar, como nunca en mi vida, como jamás lo volveré a hacer. Yo maté a esas personas, yo les robé la vida, su felicidad, sus sueños, sus esperanzas. Bastó un momento, un instante de distracción, para que el resto de su familia sufriera y desesperara por la pérdida de sus hijos, sus hermanos, sus sobrinos, sus nietos. Incluso les negué la oportunidad de tener un atisbo de justicia cuando acepté el trato que mi padre hizo para que yo fuera declarado inocente y cuando acepté venir aquí.

No soy inocente, no soy una buena persona. Soy un cobarde, hui de las acusaciones y de la ira de la gente, hui de lo que me merezco. Ellos se merecen justicia. Yo estoy vivo y a salvo mientras ellos no podrán hacer nada más, nunca más.

Sé lo que debo hacer. Si nadie les dio justicia, yo lo haré, aunque nada podrá reemplazar el vacío que quedó en el mundo cuando se fueron. Aunque sea una pizca de justicia, yo se las daré. Es lo menos que puedo hacer.

La nieve está cayendo de nuevo, lenta y apacible. Quizás, si camino hacia el horizonte, pueda encontrar la paz. Quizás, si camino lo suficiente, ellos podrán perdonarme.


Columna del periódico The Arctic Sounder publicada el 22 de diciembre de 2019.

UTQIAGVIK.- El cadáver de un hombre joven fue encontrado por lugareños el día de ayer, 21 de diciembre, sumergido parcialmente en los hielos más finos del mar Ártico. La pareja de residentes, quienes pidieron permanecer en el anonimato, refieren que, al caminar por el agua congelada, se percataron de la presencia de algo extraño entre el hielo. Inmediatamente dieron aviso a la policía al verificar el macabro hallazgo.

El Departamento de Policía de Utqiagvik recogió el cuerpo y dieron un comunicado oficial, luego de realizar las pesquisas necesarias. Confirman que se trata de los restos de Lucio Sáenz, 24, ciudadano mexicano radicado desde hace veinte días en la ciudad, cuyo cuerpo fue encontrado desnudo y sumergido hasta la cintura entre placas de hielo del mar Ártico. El forense determinó que la causa de muerte fue congelación, haciendo hincapié en que no se encontraron signos de lucha ni otras lesiones fuera de las propias del diagnóstico, únicamente datos de deshidratación severa. Se cavila la posibilidad de un suicidio.

“Al principio creímos que era alguien atrapado en el hielo”, comenta uno de los descubridores. “Corrimos a ver qué podíamos hacer. Cuando lo vimos más de cerca, tenía los ojos cerrados, lucía como si durmiera, se veía muy sereno, pero ya era una estatua de hielo. Corrimos a avisarle a la policía. Esperemos que el pobre muchacho descanse en paz”, concluyó.

Las autoridades de la ciudad ya entraron en contacto con la embajada de México para realizar los arreglos pertinentes.

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