Veintisiete cuentas

Por Jonathan Novak

Veintisiete, veintisiete cuentas poblaban la pulsera el día en que un viejo la ató, dando tan solo un par de giros al brazo infantil del bebé que aún se encontraba adormilado por su propio nacimiento, el cual había tenido lugar tan sólo unos días atrás.

—¿Tan pocas? —Había deseado indagar la madre al ver como se retorcía de a poco su niño al portar la apretada pulsera. Sin embargo, el viejo del templo, con surcos irregulares en lugar de cara,  sólo le había mostrado una mueca haciéndole ver lo inapropiado de su pregunta.

—Sólo veintisiete —repitió el padre al contar las cuentas, una vez había perdido el rastro del número de veces que las había contado.

Luego de soltar un suspiro, observó su propia pulsera, en ella había un número indeterminado de cuentas, no eran por supuesto tantas como habían sido el día que él había recibido su pulsera en ese mismo templo, pero aún eran las suficientes como para evitar contarlas compulsivamente y aún eran suficientes como para doblar el número que colgaba del tierno brazo de su hijo. Aquella idea le produjo un escalofrío, pues sus cuentas siempre serían más que las del infante.

A pesar de todo, aquel era un niño feliz, durante gran parte de su infancia ni siquiera se molestó en considerar el significado de las cuentas. En su mano lucían perfectas, una pulsera discreta, de buen gusto y cuando la comparaba con los niños de su edad le parecía incluso molesto cargar con tres o incluso cuatro veces las cuentas que por aquellos días colgaban de su muñeca.

A él le gustaba su pulsera, ésta era de un color verde musgo, tan oscuro que solo a la luz del sol podía observar realmente el profundo color y, cuando era hora de despedirse de una de las cuentas durante el aniversario de su nacimiento, ésta aún tenía tanto color que al verla el anciano del templo, tenía que constatar con el resto que aún colgaban del hilo elástico.

Aún quedaban quince cuentas en la pulsera, una de las cuales ya había perdido buena parte de la saturación de color, cuando el chico preguntó a su padre:

—¿Por qué ha puesto el viejo tan pocas cuentas en mi brazo? —El chico sintió que ya había hecho esa pregunta antes, sin embargo, era la primera vez que esperaba la respuesta con interés.

Su padre lo miró durante un largo rato para luego fijarse en la pulsera de su hijo.

—El viejo nos da tantas como necesitamos. —Por supuesto, el chico conocía esa respuesta, pero en ese momento tuvo tanto valor como lo habría tenido el silencio y si pudiera entrar a la mente de su padre, sabría que aquellas palabras estaban igual de vacías para él.

Es difícil decir cuándo la pulsera gana notoriedad en la vida del portador, sería, sin embargo, sencillo suponer que en la mayoría de los casos ésta cobraría importancia tarde en su existir. Para aquel chico, por otro lado, la pulsera se convirtió en su obsesión ni bien había dejado la mitad de sus cuentas. En ese entonces catorce cuentas habían perdido su intenso color y, como dictaba la tradición, habían sido devueltas al templo de donde procedían.

Durante su infancia temprana, el joven habría jurado que aquellas cuentas durarían por siempre, las primeras diez habían tardado una eternidad en perder su color, esto incluso considerando que no recordaba haberlas dejado a todas. Pero aquel no fue el caso de las últimas cuatro, las cuales parecieron apresurarse por salir de la pulsera. En ocasiones, le parecía ver como el verde oscuro cambiaba frente a su mirada constante.

El joven intentó vivir sin prestarle atención a la cada vez más vacía pulsera, quiso amar, y lo hizo, y cuando quedaban diez cuentas, comenzó a ayudar a su padre en el trabajo. Lo hizo recordando constantemente que las cuentas que colgaban de su brazo, eran justo el número que necesitaba, ni más ni menos.

Pero era difícil, mientras el número disminuía, se encontraba durante más tiempo en la contemplación de la pulsera, en ocasiones recordaba cómo ancianos a cierta edad hacían lo mismo, pensó incluso que los hombres del templo lo harían también, aun cuando sus pulseras eran las más largas de todas. Él no era un anciano, le pareció una burla, todas esas cuentas, toda esa vida y algún viejo había considerado que veintisiete eran suficientes. No habían sido justos con él.

Ya solo dos cuentas jugaban libres en la pulsera, el tiempo en aquellos momentos parecía correr por un camino cuesta abajo, sentía que si cerraba los ojos por demasiado tiempo, encontraría vacía la pulsera.

Fue una tarde soleada, la última y frágil cuentecilla del verde de la hierba en plenas lluvias, descansaba entre el índice y el pulgar de la mano contraria. Aquellas eran las horas finales, ese día entregaría la última de sus cuentas y, con la pulsera vacía, la vida misma escaparía de su cuerpo al pasar las horas. Pero el joven no estaba de acuerdo, no podría ser aquel su último día, los viejos del templo lo habían insultado con aquel suspiro de vida. No acabaría así y, mirando la cuentecilla, pensó que el resto del color duraría una eternidad.

Asistió al templo ese día aunque no era su intención dejar nada ahí, todo lo contrario, tomaría lo que no le habían dado. Al entrar, uno de los viejos le ofreció una inclinación de cabeza, el joven no respondió. Avanzó rápidamente a través de los pasillos de madera, dirigiéndose al lugar donde las cuentas eran guardadas. En la pequeña sala un hombre anciano, el que se encargaba de recoger las cuentas, se encontraba de pie junto a una vasija enorme cuyo contenido haría que cualquier hombre viviera por siempre.

—Es la última, ¿no es así? —comentó el anciano mostrando una media sonrisa.

—Pero no lo será —respondió el joven abalanzándose sobre el contenido de la vasija.

Fue sencillo, demasiado, el joven pensó que los ancianos eran unos idiotas por mantener aquel precioso tesoro al cuidado de sus desgastados huesos.

—Esas cuentas ya no tienen valor —comentó el anciano mientras el joven se hacía con la pulsera más larga jamás creada—. Deben antes recuperar su color—. Lo ignoró, el viejo diría cualquier cosa con tal de mantener a salvo su tesoro.

No se preocupó en contar el botín, la pulsera daba al menos doce vueltas a su brazo, suficiente tiempo, pensó y lo fue.

El joven huyó del pueblo y disfrutó de muchos años adicionales, en su pulsera había cuentas de todos los colores y cuando una terminaba de perder su color, ésta se desprendía sola en una nube de humo blanco.

Cinco cuentas desaparecieron de esa manera, el joven se sentía perfectamente, no había razón para que algo cambiara.

Sin embargo, más pronto de lo que hubiera esperado, la edad avanzada lo alcanzó, había en las pequeñas cuentas de colores un desbalance entre el tiempo y la vida misma. Mientras los días y los meses avanzaban, el hombre perdió la energía.

Aquella no era vida, pensó y observando su pulsera, como lo había hecho antes, decidió remover las cuentas una por una. Sin embargo sus dedos apenas se asían a los pequeños abalorios, sin tener fuerza para tirar de ellos.

El tiempo pasó, quizás raudo o quizás lento, de cuando en cuando una cuentecilla se esfumaba y el viejo agradecía, pues el fin de su tortura, se acercaba.

Un comentario en “Veintisiete cuentas”

  1. Me ha gustado mucho. La reflexión a la que me lleva es clara, no por más vivir tendrás más felicidad. Además, por otra parte me hace pensar en la codicia, y en el valor del tiempo… en como los humanos, avaros e insensatos, buscamos sobrepasar las leyes de la naturaleza sin importar los resultados, y en como solo nos percatamos de nuestros errores cuando las represalias caen sobre nosotros.
    Felicidades por este magnifico relato.

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