Las cúpulas de Hkakabo Razi

Por Jonathan Novak

Desde un inicio me pareció un hallazgo notable. Cuando se nos informó de las ruinas que habían encontrado, esperaba toparme con una construcción simple y unas cuantas vasijas. Debo decir que me alegró enormemente haberme equivocado.

La zona comprendía siete edificaciones con forma de cúpula, seis de las cuales se encontraban alrededor de una, que dada su posición y tamaño, se entendía como la principal.

Las siete cúpulas habían sido encontradas en Hkakabo Razi, una montaña al norte de Birmania, cerca de la frontera con China. La casi constante nieve de las montañas ocultó su existencia durante siglos, hasta que un grupo de montañistas, uno de los pocos que ha podido visitar la zona en las últimas décadas, se topó con las antinaturales formaciones.

Debo decir que, como arqueólogo, no es raro encontrarse en lugares poco agradables, sin embargo aquella expedición resultó ser especialmente molesta. Llegamos a Birmania luego de horas en un vuelo internacional dirigido a Naipyidó, capital del país, y desde ahí rentamos un autobús decrepito el cual nos llevó tan al norte como pudo, a una pequeña provincia a unos cien kilómetros de donde se encontraban las cúpulas. Luego de pasar la noche en aquel pueblo, nos esperaba un largo camino a través del bosque antes siquiera de llegar a la ladera de la montaña.

Resultó extasiante, después del largo camino recorrido, poder observar la imagen de las construcciones en el horizonte, la cúpula mayor sobresalía del resto del terreno blanquecino sólo debido a que la capa de nieve había sido retirada días antes. Y aun sin ella, el material del que estaban hechas se asimilaba mucho a lo que encontrarías al cavar un poco en la zona, lo cual significaba que incluso en tiempos sin nieve sería difícil verlas a la distancia o por medio de imágenes satelitales.

La zona arqueológica había sido acordonada por un pequeño grupo de militares birmanos, quienes comprobaron nuestras identidades antes de dejarnos entrar.

El trato con el gobierno local consistía en permitir el acceso a investigadores internacionales, siempre y cuando las piezas encontradas permanecieran en el país y, teniendo control de la divulgación de los hallazgos, el gobierno nos permitiría hacer una investigación, pero sólo podríamos publicar los resultados en revistas y foros científicos, cualquier otro medio debía pasar primero por el análisis del gobierno.

Por supuesto esto no resultaba ser un gran problema, poder trabajar en algo como aquello representaba una oportunidad como ninguna y nadie en el equipo estaba realmente preocupado por las condiciones.

Las cúpulas rápidamente captaron la atención del equipo, las seis más pequeñas tenían apenas espacio para albergar a media docena de personas adultas; la central, por otro lado, medía seis metros de alto en su centro y veinte de diámetro. En las paredes interiores se podían observar grabados de escrituras que no pude identificar, el flujo de los símbolos era casi constante, como los que se podrían encontrar en las escrituras hechas sobre la arcilla antes de ser cocinada, sin embargo, aquél no podría ser el caso, las bóvedas estaban hechas de granito pulido, lo que era ya por sí mismo una tarea titánica aun con herramientas modernas.

El hallazgo era magnífico, pero aquellas escrituras tenían algo de hipnótico; durante los días que permanecimos ahí, extrayendo tantos artefactos como podíamos, era común encontrar a alguien distraído con la mirada fija en la bóveda.

Permanecimos con el trabajo constante durante algunas semanas. Los ídolos y objetos encontrados en el sitio sugerían la existencia de algún tipo de culto, uno que se habría perdido siglos atrás así como lo había hecho el lenguaje de los grabados. Luego de enviar imágenes de los textos a algunos conocidos, todos concluyeron en que aquello era algo que jamás habían visto. Fue sólo cuestión de tiempo antes de que uno de ellos se empecinara en descifrar el extraño idioma.

Su nombre era Isaac Lei, un joven lingüista de la universidad de Lancaster. Yo no conocía personalmente al chico, sin embargo, su asesor de tesis doctoral, Albert Betel, era un viejo amigo de la universidad.

—El chico está loco. —La voz de Albert sonaba entrecortada. A pesar de usar un teléfono satelital, encontrarnos entre las montañas dificultaba la transmisión efectiva de cualquier dato.

—No veo cuál es el problema, si el chico desea trabajar en esto, está en su derecho.

A Albert le preocupaba que Isaac perdiera el tiempo con un texto que bien podría no ser nada o que demostrara ser tan complicado de traducir que no lo lograra, sin importar cuantos años derramara en la labor.

—No me interpondre —contestó cansado—, pero es probable que no logre gran cosa. —Yo tampoco tenía fe en el joven, sin embargo, tener a alguien trabajando en el asunto sería de ayuda para mi equipo.

Los primeros correos de Isaac llegaron una semana después, en ellos no se incluía gran información adicional. Mientras tanto, mi equipo y yo nos encontrábamos próximos a abandonar la zona, habíamos encontrado una gran cantidad de objetos, sin embargo, la metódica excavación revelaba menos con cada día que pasaba.

El verdadero progreso del chico llegó unos días antes de que nos retiraramos de la zona arqueológica. «Existe un patrón…», comentó en un correo «… debe haber algo que no estoy viendo…», agregó.

Al retirarnos, el equipo se concentró en hacer los reportes de los hallazgos e inventariar los objetos y fotografías que se habían tomado, mientras tanto, Isaac continuó con su propia investigación enviando correos semanales.

No tomó mucho tiempo antes de que esos esporádicos correos cambiaran, primero eran de un joven emocionado con la investigación, pero después de un par de meses, parecía obsesionado. «Es maravilloso…», repetía en varias ocasiones durante un correo que no contenía datos nuevos para la investigación. Albert me contactó unas semanas después.

—Parece enfermo —comentó—. Creo que no está durmiendo.

Albert trató de convencerlo de que debía dejar la investigación por su propio bien, yo mismo intenté persuadirlo, pero Isaac no lo aceptó aun y cuando se le negó la entrada a las instalaciones de la universidad durante un tiempo, con el objetivo de obligarlo a olvidar las extrañas escrituras aunque fuera durante un breve momento.

Isaac continuó con su trabajo. Murió un par de meses después. Albert se encargó de recopilar los delirantes papeles del escritorio de Isaac y me mandó lo que creyó pertinente. No había mucho que rescatar, la mayoría pertenecía a los primeros meses de investigación, avances que Isaac había enviado antes de que… su condición comenzara.

Aun en las imágenes de archivo, las escrituras resultaban hipnotizantes. Luego de que dejamos la zona arqueológica, en ocasiones me encontraba contemplando los trazos curvos grabados en la roca misma y, aunque algo se sentía viciado en aquellas fotografías, dado los eventos con Isaac, no perdí realmente el interés por las escrituras.

Tristemente, Albert tampoco perdió interés. Había pasado más de medio año desde que hubimos abandonado las cúpulas de Hkakabo Razi cuando la locura de Albert comenzó.
Con su amplia experiencia, continuó con el trabajo de Isaac, sobra decir que no tardó demasiado en superar los resultados de su antiguo pupilo y con estos avances perdí contacto con él.

El cuerpo de Albert fue encontrado en su casa días después, los médicos no pudieron determinar la causa exacta de la muerte, como si su cuerpo hubiera deseado simplemente dejar de funcionar.

Luego de Albert, otros lingüistas perdieron la vida al intentar descifrar el extraño escrito. Con el tiempo, el evento fue conocido extraoficialmente como la maldición de las cúpulas de Hkakabo Razi y aunque las coincidencias habían resultado abrumadoras, como científicos, estabamos obligados a creer que todo esto era sólo eso, una gran coincidencia. Sin embargo, los profesionistas dispuestos a analizar el texto disminuyeron notablemente con el pasar de los meses y, finalmente, fue olvidado. De este modo, al igual que nuestros reportes y artículos, lo que se había conseguido fue entregado al gobierno de Birmania como estipulaba nuestro acuerdo. Con esto supuse que todo habría acabado… no fue así.

«El gobierno de Birmania invita a la exposición “A través de las cúpulas de Hkakabo Razi”. La muestra contará con más de setecientas piezas y fotografías tomadas de la zona arqueológica. Una gira de la exposición está planeada para los siguientes meses».

El anuncio figuraba en un cierto número de periódicos internacionales, los más sensacionalistas hablaban de la «maldición» y, aunque no deseaba pensar siquiera en la posibilidad de que ésta existiera realmente, debo decir que me acobardé cuando tuve la oportunidad de asistir a la exposición.

Me encontraba frente al museo de antropología, lugar donde se ubicaba la muestra, cuando escuché a una joven exclamar: «es maravilloso», mientras sostenía una postal que mostraba las escrituras de la cúpula central. Al oír sus palabras, simplemente dí media vuelta y me alejé del lugar.

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