¿Cómo es una buena película de terror?

Por S. Bobenstein

Uno de los sentimientos primordiales y primitivos de los seres humanos, responsable en muchas ocasiones de nuestra supervivencia y, en otras tantas, de acontecimientos terribles, es el miedo. A lo largo de la historia de la humanidad y del desarrollo de todas nuestras diversas culturas, la causa del miedo ha variado enormemente, pero todos, absolutamente todos los seres humanos, hemos experimentado temor: esa sensación de algo acechándonos, la “certeza” que sentimos en el estómago de que algo no está bien, el deseo imperioso de salir corriendo de un lugar por ser “amenazante”, la repulsión cuando vemos algo o a alguien que “sabemos” es malo, el corazón latiendo rápidamente, la respiración haciéndose corta y apresurada, el sudor frío recorriendo nuestra frente, el pecho siendo presionado por tenazas, el temblor involuntario de los músculos, el deseo de gritar… El miedo ha sido parte de nosotros desde el principio de nuestra existencia y sólo desaparecerá cuando hayamos muerto (posiblemente).

La experiencia del miedo es desagradable por naturaleza, pero también, paradójicamente, es una fuente de diversión y entretenimiento. Muchas personas buscan la oportunidad de sentir miedo, como otras tantas sensaciones extremas, mas evitando ponerse en peligro real; una de ellas la encuentran en las salas de cine. Las películas de terror son tan antiguas como el cine mismo y, como él, han evolucionado de acuerdo a las “necesidades” de la audiencia basándose en el statu quo de la sociedad, de manera que, según la época, podemos encontrar, entre muchos otros elementos, fantasmas, demonios, vampiros, hombres lobo, científicos locos, casas embrujadas, cadáveres reanimados, fenómenos de la naturaleza, extraterrestres, satanismo, psicópatas asesinos, invasión de la privacidad, extraños foráneos, fundamentalismo y, quizás el miedo más grande de todos, el miedo a lo desconocido, a lo que no se puede comprender y de lo que no se sabe las intenciones (de haberlas). A pesar de la gran cantidad de tópicos atemorizantes, todas las películas de terror tratan de provocar la misma sensación y, en mayor o menor medida, siguen un conjunto de reglas más o menos establecidas a la hora de presentar su historia. Unas lo logran magistralmente, otras fallan de forma miserable, ¿en qué radica el éxito o el fracaso?

La diferencia entre terror y horror

Casi siempre se utilizan los términos horror y terror de manera intercambiable, sin embargo, se refieren a dos cosas distintas. El horror se provoca cuando se está en la presencia de algo que resulta en extremo desagradable, repulsivo, es una fuerte aversión a lo que se observa o se experimenta, un sentimiento instantáneo que efectivamente puede generar miedo; el terror se construye con tiempo y paciencia ya que surge de una sensación de amenaza sin estar directamente en contacto con algo que se podría considerar perjudicial, es la ansiedad y la anticipación de que algo malo está a punto de suceder sin saber qué exactamente. El miedo se provoca por la sensación de indefensión ante un peligro oculto e inminente. La saga de “Juego macabro” (Saw) está basada completamente en el horror, más específicamente en el horror corporal (body horror), en el que el cuerpo humano se ve sometido a deformaciones y mutilaciones y logra un efecto de miedo instantáneo que viene y se va rápidamente en cuanto entendemos lo que vemos, por otra parte, la película “¡Huye!” (Get Out) utiliza una mirada extraña, una familiaridad exagerada, una sonrisa ofrecida en un momento inoportuno… muchos pequeños elementos que se suman y agregan a la sensación de que algo no está bien y de que el protagonista se encuentra en peligro pero, ¿de qué? El miedo aumenta y crece con cada minuto que transcurre, se acumula la ansiedad, la necesidad de saber qué es lo que amenaza, pero nos encontramos impotentes e indefensos, teniendo que soportar cada momento de miedo hasta el final.

Menos es más

El terror depende mucho más de la imaginación de cada espectador que de las imágenes que se muestran en la pantalla. Es la imaginación la que llena la oscuridad y hace divagar a la mente entre los diferentes escenarios terroríficos que pueden surgir de una u otra situación, la imaginación magnifica lo que se observa y, por el tiempo que dure la película, genera la ilusión de que el espectador es quien sufre los acontecimientos y que estos están sucediendo en ese instante a su alrededor. El trabajo de los cineastas es crear las circunstancias para darle a la imaginación los elementos mínimos e indispensables para que se produzca la inmersión en la historia; si todos los elementos se entregan explícitamente al espectador, la construcción del terror cae irremediablemente y hace pecar a la película de lo peor que puede ser: predecible y aburrida. En “El proyecto de la bruja de Blair” (The Blair Witch Project) son el ambiente, las situaciones, los sonidos y los diálogos los que hacen a nuestra mente ver a la bruja acosando a los tres jóvenes y se mantienen al mínimo las imágenes raras o perturbadoras. En su secuela, “El libro de las sombras: la bruja de Blair 2” (Book of Shadows: Blair Witch 2) hay una sobreabundancia de imágenes e información que desploman la trama y la convierten en una pecadora más.

La construcción de un buen susto

Hoy en día se cree que una película de terror debe tener “muchos sustos” para dar miedo, pero, basándonos en lo anteriormente escrito, eso dista mucho de ser la verdad. Un buen susto, al igual que el terror, se construye poco a poco a medida que la tensión aumenta en la historia y representa una válvula de escape momentánea para dejar salir un poco de presión, no necesita que lo anuncien con música, ruidos estridentes, silencio, movimientos de cámara ni diálogos. Una mano en el hombro, una forma apenas visible en las sombras, un susurro, una frase, cualquier cosa puede convertirse en un susto si está coordinado con el terror generado en la escena, no solamente gritos o movimientos intempestivos, y son pocos en cantidad debido al tiempo que toma prepararlos. El recurso de anunciar un susto con “pistas” y de saturar una trama con ellos (los famosos jump scares), lejos de hacer una película más terrorífica, la vuelve aburrida y repetitiva. Aunque no es una película, el episodio ocho de la serie “La maldición de Hill House” (The Haunting of Hill House) hace un uso magistral del susto en una escena corta en la que la tensión emocional escala rápidamente a medida que se desarrolla una discusión concerniente a los extraños sucesos y al lastimoso estado de la familia protagonista, que culmina en un susto tal que los sentimientos acumulados se disipan y nos disponen para la gran amenaza. Para ejemplos de sustos “producidos en masa”, no hay más que ver la mayoría de las producciones hollywoodenses de “terror”.

Mantenerlo simple

Con riesgo de parecer redundante, siempre hay que recordar que el objetivo de las películas de terror es provocar miedo, esa siempre debe ser la meta. Una historia de terror debe tener verosimilitud y coherencia, como siempre, pero no debe ser demasiado rebuscada, o se corre el riesgo de perder la atención del espectador en tratar de entender lo que sucede y, así, el terror es imposible de construir. Un mensaje y un miedo profundo no está oculto entre imágenes y palabrería, sino que se entiende en el momento en que la historia conecta con el espectador en el sentimiento atemorizante.

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