Una visión de “¡Diles que no me maten!” de Juan Rulfo

Por S. Bobenstein

Publicada en 1953, “El llano en llamas”, recopilación de cuentos del escritor Juan Rulfo, es un pilar fundamental e inmutable de las letras mexicanas y latinoamericanas, leída y apreciada en todos los círculos académicos, desde los elementales hasta los superiores, y es un referente internacional acerca de la belleza que el arte de la literatura puede alcanzar cuando se tiene maestría en el uso de la lengua vernácula, la erudita y la expresión de ideas y emociones. A lo largo de los diecisiete cuentos que componen la recopilación, Rulfo nos presenta las realidades y la idiosincrasia del México de la primera mitad del siglo XX, en toda su cruda e implacable verdad; penurias, cansancio, sufrimiento, tristeza, brutalidad, escasez, superstición y los efímeros remansos de esperanza y felicidad que son los elementos comunes en todas las historias que nos describen una condición de existencia que, por decir lo menos, no es en absoluto fácil, pero “es lo que hay”.

Entremezclados entre los temas más obvios de las narraciones, pueden encontrarse conceptos filosóficos que, aunque probablemente sean muy propios del autor, no son extraños a los mexicanos en general, por lo menos en un nivel subconsciente. Un ejemplo de ello lo encontramos en el cuento “¡Diles que no me maten!”, el cual nos relata el calvario de un anciano preso en espera de ser fusilado por un crimen que cometió décadas atrás; en este cuento, el tema principal es la cobardía, representada por el miedo al castigo y el miedo a la muerte, defecto aborrecible en el mexicano.

En la plenitud de su vida, el anciano tuvo una disputa con uno de sus allegados y, eventualmente, optó por asesinarlo. No tuvo reparo alguno en cometer el crimen, se le dio de forma natural, sin embargo, después de ejecutar su objetivo, la idea de ser capturado por las autoridades le infundía terror, puesto que sabía el castigo que, en aquella época, se les daba a los homicidas: la muerte. Él no quería morir, haría todo cuanto pudiera por conservar su vida, así que se alejó de su hogar, de su esposa, sus hijos, sus vecinos y su pueblo para ocultarse en lo más recóndito de los terrenos salvajes, dejando en el camino su dignidad humana para vivir como un animal carroñero hasta que el asunto quedara olvidado. Él “perdió su vida para conservar su vida”, su miedo a la muerte y al castigo lo rebajó a ser una piltrafa humana, viva, sí, pero sólo un despojo de lo que fue. Creyó que la edad y el paso de los años le garantizarían más tiempo alejado de la insondable oscuridad de la muerte, pero, eventualmente, la justicia cayó sobre él para saldar cuentas de acuerdo a la ley del talión, durante la última etapa de su vida.

El preso vivió como un muerto, paradójicamente, para seguir viviendo, para evitar el castigo, la retribución y la responsabilidad sobre su crimen, tuvo el valor para asesinar pero no el valor para aceptar las consecuencias, fue capaz de dispensar la muerte, de usarla como herramienta para conseguir su objetivo, pero sin ninguna clase de respeto y sin aceptar que, desde ese momento, ella rondaría en torno a él para reclamarlo en cualquier momento. Él fue un cobarde, incluso hasta para aceptar la maldad cometida, y se humilló como tal, rogó como tal, tan sólo para extender un poco más sus días en las llanuras, pero, ¿para qué? Para continuar siendo un espectro, una sombra, un espejismo de un hombre. Él estaba muerto desde el momento en que intentó huir de la muerte, sólo aplazó unas décadas más el dar su último respiro.

La cobardía es especialmente detestada entre los mexicanos. Se requiere valentía para vivir, para superar los obstáculos, para sortear las penas, para hablar, para ser una persona, un ser humano. Uno debe ser valiente porque todas las elecciones en la vida requieren valentía para tomarlas, puesto que todas tendrán consecuencias, buenas o malas, y uno debe estar dispuesto a afrontarlas. Ese es el orgullo del mexicano, “no rajarse”, no huir de las consecuencias, mantener su palabra, demostrarle al mundo que él está ahí y no se moverá de su camino sin importar que eso acabe con él, porque cuando la vida es difícil, lo único que queda es mantener la dignidad. La muerte es preferible a “rajarse”, la muerte es preferible a la cobardía, aunque tarde un poco más de tiempo en llevarse a los cobardes.

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