El recolector

Por Aledith Coulddy

Te contaré una historia, Darcy Ann. Es una historia que me sucedió a mí.
Sólo ten en cuenta, Darcy, que una vez puesto el punto final, habrás de tomar la decisión de huir o quedarte conmigo para el resto de tu vida.

Es una historia que se suscitó hace sesenta años, cuando apenas había comenzado mi empleo como recolector de almas. El viejo Luciano me ordenó la tarea y yo no podía hacer más que obedecer. Un alma por día, cada día, por cien años y entonces, libertad para hacer lo que me viniera en gana. Pensé por mucho en dedicarme a continuar recolectando después de cumplidos mis cien años, pero me atraía el campo de la conversión. Verás, sé que no es el fin del relato, pero los conversores susurran a los oídos de humanos vulnerables los más hostiles escenarios. Intrigas y celos. Paranoia y ambición. Después de algunos meses los tenemos venerando a Luciano.

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Así hoy y el año que viene

Por Jonathan Novak

Dos de la tarde, jueves 24 de diciembre, en la oficina hicimos una pausa para llevar a cabo la ceremonial comida de navidad e intercambio de regalos. Doscientos pesos mínimo dijo Lupita, la secre del jefe, quien poco importa en el trajín del día a día; y es que la verdad, si no estuviera tan buena no tendría trabajo. Pero no importa, todos aceptamos con aparente gusto la propuesta, porque no hay nada mejor para levantar el compañerismo que invertir doscientos pesos. Sí, doscientos pesos porque ese es el mínimo y nadie va a gastar más. Por eso, todos con regalo en mano, llegamos al comedor burdamente decorado por Lupita, su otra habilidad. Todos entramos al cuartucho con sonrisas en el rostro, no por el intercambio o la comida, sino porque al terminar tenemos permiso para ir a casa temprano.
Los grupitos se forman, esos grupitos salidos de la secundaria. Los vulgares por un lado, soltando carcajadas estridentes. Por otro los jefes, tomando coca cola en copa de vino borgoña, como si aquello fuera una cena de gala; ahí al ladito de los jefes están el Omar, el Andrés, y la Socorro, el trío de monigotes, expertos en lamer botas y en reír de chistes malos. Allá en el fondo, las secres, admirando a Lupita por su finísimo gusto en la decoración. De momento, la única sentada es doña Silvita, la más trabajadora, la que le ha dado la vida a la empresa y probablemente recibirá un «gracias» en unos meses cuando se jubile. Continuar leyendo «Así hoy y el año que viene»

El bloqueo

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Por Oscar Valentín Bernal

Jonathan huía de noche por el bosque, totalmente exhausto. Sentía los latidos de su corazón igual que los golpes de un tambor que tocara contra su cerebro.
Se detuvo en seco, jadeando, con las manos en las rodillas, sintiendo el camino del sudor helado que le corría por la espalda y la frente. Tuvo el tiempo suficiente para preguntarse, “¿cómo era posible que una maldita pesadilla se sintiera tan viva?” antes de escuchar el leve murmullo, casi inexistente, producido por su perseguidor entre la hierba. Sabía quién venía por él esta noche, reconocía el escenario; ese bosque escandinavo que le había costado tanto trabajo recrear, horas y horas de ver películas suecas y noruegas, de leer las novelas negras de Johan Theorin para entrar en materia. Y entonces casi sonrió, al pensar que no podía ser de otro modo.
Había sido de la misma manera cada noche, desde que se dio cuenta que no podía escribir. Siempre era un personaje diferente; primero el asesino del faro, luego esa niña poseída por el demonio, después el aluxe. Ahora era el cazador, tenía que serlo.

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La leyenda de Edgar Price

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Por S. Bobenstein

—Escuché que en el bosque vive un monstruo.

Eddie fue el primero en romper el hielo luego de que todos se hubieran carcajeado con un chiste de Tim. La fogata en torno a la cual se encontraban ya había cocinado cinco salchichas y diez malvaviscos; el fuego ardía felizmente sobre una ligera elevación de terreno descampado, la frontera implícita entre la mano humana y la Madre Naturaleza, a cinco metros de los lindes del denso bosque de pinos negros que casi envolvía el pueblo donde vivían.

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El Diablo

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Por Oscar Valentín Bernal

 

“The scientist of darkness older than the constellations.

The mysterious jinx and the error in heavens masterplan”.

VINTERSORG

 

Cuando entré corriendo en la sacristía para advertirle al obispo, que el Diablo caminaba sobre la tierra, nadie me creyó. Llevaba la frente perlada de sudor bajo el gorro del hábito de monje.

Les conté cómo el padre Nuño decidió practicar un exorcismo clandestino a una pequeña de cinco años, pues la iglesia, le había negado la autorización por falta de pruebas en su caso. Comenzó con el ritual en la sala, después de pedirles a los padres de la pequeña que salieran de la casa. Yo presencié todo el enfrentamiento, mientras asistía a Nuño. Dijo las oraciones necesarias, pronunció cada conjuro, invocó a todas las fuerzas de dios para salvar el alma de la pequeña, que yacía atada en una silla con gruesas amarras, debatiéndose contra sus ataduras y rugiendo cosas en idiomas incomprensibles. Cuando el padre por fin ordenó, “¡dime tú nombre!”, el demonio con forma de niña soltó una carcajada gutural. Luego, con un movimiento grácil, carente de todo esfuerzo, arrancó sus manos de la silla de un tirón, haciendo volar trozos de madera astillada y se puso de pie de un salto. Un pequeño engendro de cinco años, que en aquel momento pareció tan tierno como cualquier otra niñita de esa edad, lo que lo volvió mucho más monstruoso, demencial. El padre horrorizado, trastabilló y cayó al suelo.

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Las consecuencias del poder

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Por S. Bobenstein

Ya eran las 12:00 y hacía un calor abrasador aquel día de verano; según reportaban en los medios, durante esa temporada tendrían una temperatura promedio de 38°C en la ciudad, por eso Lorenzo agradecía el respiro refrescante del aire acondicionado del supermercado. Ya había sudado suficiente en el trayecto a comprar los ingredientes para la comida del día pese a su ropa veraniega y el ambiente de la tienda le devolvió el alma al cuerpo.

–A ver… –Lorenzo sacó de su bolsillo trasero una lista con los ingredientes remarcados con las exactas cantidades que necesitaba de cada cosa, dispuesto a iniciar la marcha por los pasillos–. Cuatrocientos gramos de filete de res, una barra de mantequilla, un frasco de pimienta negra…

Había pasado un año desde el incidente de Ash-Zahrek y las medidas de contención que hubieron de ejecutar el Gran Maestro Orlando Bruno y Lorenzo en conjunto para que la realidad regresara a su curso normal y que la gente que presenció el inminente apocalipsis lo olvidara. Con increíble facilidad aparente para el Gran Maestro, Lorenzo consiguió deshacer su “milagro” por sí mismo, lo que le costó una semana en coma y, tras salir de él, comer lo de quince personas él solo en los tres días siguientes. Luego de aquello, continuó siendo el mismo muchacho escuálido y nervioso que había sido siempre.

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Las estaciones de su vida

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Por Aledith Coulddy

El hombre camina a través de pasillos blancos ausentes de decoraciones. La ansiedad se acrecienta a metros de llegar al cuarto 230.

Mira una grieta en la pared opuesta y una cucaracha que camina de forma amenazadora hacia la puerta donde, al abrirla, ella se encuentra.

Sus manos tiemblan, su corazón palpita a más de cien y las lágrimas peligran con desbordarse de su párpado inferior. Cae en cuenta de que esa noche será la última en la que verá a su madre. Ella está cansada y él lo sabe mejor de lo que le gustaría reconocer.

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La oscuridad de la luz

La oscuridad de la luz

Por S. Bobenstein

El sol estaba ya alto sobre el Patio de la Piña en los Museos Vaticanos y una multitud de personas se distribuía a través de él: un grupo guiado de turistas chinos eran instruidos en el origen de la famosa piña, un grupo de mochileros jóvenes se encontraba contemplando la escultura de bronce de Pomodoro, una docena de comensales tomaban su desayuno en la cafetería, decenas de turistas y observadores iban de aquí para allá en su recorrido por las distintas salas de los museos y, sentado en una banca cercana al centro del patio, se hallaba un sacerdote solitario. El clérigo, quien no aparentaba más de cuarenta años con su cabello y su barba oscuros sobre una piel tostada por el sol, vestía sotana y pasaba el tiempo leyendo un volumen de El señor de los Anillos, ocasionalmente alternando el lugar de las piernas que tenía cruzadas.

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Ya nos toca

2017-11-15 Ya nos toca

Por Jonathan Novak

El abuelo Samuel siempre me acaricia la cabeza cuando voy a verlo, yo me siento a su lado y le platico cómo he jugado en el día; le cuento que me escondí de la señora grandota, y ella como siempre, enojada que porque no debería estar ahí.

El abuelo me pregunta «¿por qué has venido?», yo le digo que voy a verlo, y con sus ojitos cerrados sonríe.

Aquí todos llevamos las mismas ropas, a mí me gusta, aunque es raro ver al abuelo Samuel con su vestidote azul; el otro día le pregunté por qué usábamos esas ropas y él me dijo que eran para estar más cómodos. Yo le creo, a mí me gusta mi vestidito, es cómodo y rosa, y tiene muchos dibujitos de Minnie Mouse por todos lados.

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