A merced de Dios

Por S. Bobenstein

Aquel era un domingo sacado de los comerciales de vacaciones: el sol brillaba alegre sobre todas las criaturas en medio de un azul celeste despejado, las olas del mar rompían con su característico sonido sobre la arena que delimitaba a la moderna ciudad costera. Las familias, los amigos y demás personas, iban de aquí para allá con grandes sonrisas, disfrutando de su día de asueto bien merecido. El calor previo a la llegada del verano estaba en el punto justo para poder disfrutar de la brisa al caminar. Se respiraba un ambiente alegre y cordial por todas partes.

Él se encontraba dentro de una cafetería con aire acondicionado y vista al mar, sentado a la mesa, sobre la que descansaban una gorra de un color amarillo chillante, unos lentes oscuros, una taza de capuchino y una rebanada de pastel de chocolate a medio comer. Compartía su lugar con un hombre mayor, aseado y pulcramente vestido con un traje de lino, su cara dejaba ver que las noches de sueño reparador sólo existían en su memoria y sus ojos revelaban una agresividad velada por un aspecto apacible. A pesar del relativo bullicio para el local, los dos hombres, quienes podían pasar por padre e hijo, no parecían interesados en nada más que en ellos mismos y su cónclave poco convencional.

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El espíritu del universo

Por S. Bobenstein

Un tono grisáceo teñía al pueblo y a todos sus habitantes pese a que el sol ya estaba en posición de mediodía, las nubes eran demasiado densas para dejar pasar la luminosidad del astro, contribuyendo a que las tétricas casas y los rostros curtidos de las personas semejaran a las formas monstruosas de las gárgolas. Había una aglomeración en la plaza principal, frente al templo de piedra en el que, en la cima de su campanario, se elevaba una cruz de hierro; se había dispuesto el lugar de honor a la derecha del templo para los nobles y el pequeño clero encargado de la parroquia, consistente de un sacerdote añejo y un fraile no mayor de veinte años. Todos descansaban en una tarima de madera elevada con asientos tallados y mullidos cojines. La muchedumbre se apiñaba alrededor de la plaza, en donde un verdugo hacía los últimos preparativos para la ejecución: en una esquina alejada refulgía una antorcha mientras él acomodaba paja seca alrededor de una estaca central con sumo cuidado, regando con brea aquí y allá, para que todo ardiera correctamente, según las instrucciones de sus superiores.

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La voz del mar

Por S. Bobenstein

“El espacio: la última frontera”, o eso decían durante la introducción de las aventuras del capitán Kirk y la tripulación del Enterprise: “para explorar extraños y nuevos mundos, para buscar nueva vida y nuevas civilizaciones, para ir valientemente a donde ningún hombre ha llegado antes”. Estaba fascinado con esa idea, de niño quería más que nada abordar mi propia nave espacial y viajar a las estrellas: leía libros sobre el universo, sobre astronáutica, sobre teorías de conspiración de los extraterrestres, sobre el sistema solar y sobre los planetas. Durante una de mis lecturas me crucé con un libro acerca del océano y me percaté de algo muy curioso: los paisajes submarinos me recordaban a los raros planetas y a las pálidas lunas interestelares de la serie; las plantas y los animales marinos se parecían mucho a las exóticas especies que los del Enterprise visitaban, tenían una anatomía y fisiología tan diferente de todo lo que hay en la tierra que apenas podía creerme que esas cosas no fueran seres espaciales. ¡Todo eso estaba aquí, en la Tierra! Pero la cereza del pastel fue enterarme de que los seres humanos conocemos más acerca del espacio exterior que del fondo del mar. No había necesidad de salir a buscar la última frontera más allá del azul del cielo, puesto que aún existía una frontera inexplorada bajo el azul del mar. Cambié las naves espaciales por barcos y lanchas rápidas, y cambié los phasers por computadoras e instrumentos de medición marina, todo para convertirme en un oceanógrafo, en un explorador de los mares.

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La leyenda de Edgar Price

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Por S. Bobenstein

—Escuché que en el bosque vive un monstruo.

Eddie fue el primero en romper el hielo luego de que todos se hubieran carcajeado con un chiste de Tim. La fogata en torno a la cual se encontraban ya había cocinado cinco salchichas y diez malvaviscos; el fuego ardía felizmente sobre una ligera elevación de terreno descampado, la frontera implícita entre la mano humana y la Madre Naturaleza, a cinco metros de los lindes del denso bosque de pinos negros que casi envolvía el pueblo donde vivían.

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La oscuridad de la luz

La oscuridad de la luz

Por S. Bobenstein

El sol estaba ya alto sobre el Patio de la Piña en los Museos Vaticanos y una multitud de personas se distribuía a través de él: un grupo guiado de turistas chinos eran instruidos en el origen de la famosa piña, un grupo de mochileros jóvenes se encontraba contemplando la escultura de bronce de Pomodoro, una docena de comensales tomaban su desayuno en la cafetería, decenas de turistas y observadores iban de aquí para allá en su recorrido por las distintas salas de los museos y, sentado en una banca cercana al centro del patio, se hallaba un sacerdote solitario. El clérigo, quien no aparentaba más de cuarenta años con su cabello y su barba oscuros sobre una piel tostada por el sol, vestía sotana y pasaba el tiempo leyendo un volumen de El señor de los Anillos, ocasionalmente alternando el lugar de las piernas que tenía cruzadas.

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Miré, y vi un caballo pálido

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Por S. Bobenstein

La luz crepuscular aún alcanzaba a crear contrastes con la oscuridad de los rincones dentro de la amplia habitación con paredes y piso de roble negro, austera, salvo por algunas piezas de mobiliario, todas del mismo material. Una gentil brisa hacía ondear las cortinas del ventanal, que daba hacia una vasta pradera bordeada por un bosque espeso, cuyas formas no eran más que un muro irregular y oscuro gracias a la iluminación natural de la hora.

La apacibilidad del entorno era rota solamente por destellos y sonidos mecánicos de diversos aparatos conectados a un decrépito anciano, quien ya llevaba meses confinado en su cama: tenía puntas de oxígeno en la nariz, electrodos adheribles pegados en el pecho, un esfigmomanómetro automático en el brazo izquierdo, un oxímetro en su dedo índice de la mano derecha y una sonda para orinar. En los burós al lado de su cama, sólo había frascos y más frascos de medicamentos y material de curación. Otrora había sido un hombre fornido, hábil, bien parecido, en el pico de la capacidad física humana, ahora prácticamente era sólo piel y huesos con algunos cabellos ralos en la cabeza. Desde que sus órganos empezaron a fallar, uno por uno, sabía que la muerte era inminente, sin embargo, no tenía ningún deseo de apresurarla. Esperaría todo lo que hiciera falta hasta que viniera a reclamarlo. Después de todo, la muerte y él ya habían cruzado sus caminos en ocasiones pasadas y jamás lo alcanzó, ¿por qué, al final de su vida, se entregaría fácilmente?

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El Cataclista

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Por S. Bobenstein

—¡Maestro!, ¡maestro!, ¡despierte! —gritó el aprendiz, entre accesos de tos.

El muchacho movía a su mentor, quien se encontraba tirado en el suelo, inconsciente. Alrededor de ellos había libros y artefactos regados por el suelo, unos rotos, otros íntegros, todos ausentes de sus repisas y libreros. Una espesa niebla con tenue brillo rojizo se esparcía por la sala y dificultaba ver incluso la mano delante de la cara.

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Érebo

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Por S. Bobenstein 

Yo vi al Diablo, ese antiguo adversario. No me refiero al hombre rojo con cuernos y patas de cabra, no me refiero a Satanás, Iblis, Angra Mainyu ni Apofis. Hablo de aquello que repta y se escurre por los confines ocultos de la Creación, constantemente acechando, amenazando a cada paso que damos, aquello que nos paraliza y nos llena de asombro y temor cuando lo encontramos. La amígdala del sistema nervioso nos advierte sobre eso, pero el espíritu vacila ante su presencia. Yo me encontré con el Diablo y lo descubrí en el metro de Londres.

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