Tres hermanos

Por S. Bobenstein

—¡Rafael! ¡Despierta!

La voz de su hermano lo hizo recuperar el sentido. Entreabrió los ojos sólo para ser cegado por una luz blanca y fría, en un acto reflejo trató de proteger su mirada con su diestra, pero algo se lo impedía, al igual que le impedía mover el resto de sus extremidades. Presa del pánico, abrió los ojos tanto como pudo para darse cuenta de su estado: se encontraba atado con correas de cuero a lo que parecía ser una mesa inclinada lo suficiente para casi dejarlo de pie, vestía un traje quirúrgico blanco e inmaculado y usaba unos zapatos de tela del mismo color.

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El club Dumas: una historia de misterio, demonios y tráfico de libros antiguos

Por S. Bobenstein

La primera vez que tuve un acercamiento con la obra del español Arturo Pérez-Reverte no fue a través de Las aventuras del Capitán Alatriste, ni siquiera fue por haber leído algún otro de sus libros, sino por haber estado haciendo zapping en los canales de películas del cable. Llamó mi atención una escena en la que un joven Johnny Depp sostenía en sus manos un antiguo libro negro al que se refirió como “Las nueve puertas del Reino de las Sombras”, un nombre que al instante se me antojó místico y arcano y que, dada mi gran curiosidad por el ocultismo, terminó por convencerme.

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La realidad según The Matrix

Por S. Bobenstein

¿Qué es la realidad? Quizás lo primero que te viene a la mente es que “lo real” es todo lo que existe en el mundo que se puede percibir con los sentidos, pero sabemos que los sentidos pueden ser engañados, incluso pueden ser adaptados para aceptar “realidades falsas”, y, cuando la realidad no es algo claro, ¿cómo podemos estar seguros de qué sigue siendo real y qué no? ¿Qué tal si todo lo que consideramos “la realidad” no fuera más que una ilusión, o peor, una prisión?

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El espíritu del universo

Por S. Bobenstein

Un tono grisáceo teñía al pueblo y a todos sus habitantes pese a que el sol ya estaba en posición de mediodía, las nubes eran demasiado densas para dejar pasar la luminosidad del astro, contribuyendo a que las tétricas casas y los rostros curtidos de las personas semejaran a las formas monstruosas de las gárgolas. Había una aglomeración en la plaza principal, frente al templo de piedra en el que, en la cima de su campanario, se elevaba una cruz de hierro; se había dispuesto el lugar de honor a la derecha del templo para los nobles y el pequeño clero encargado de la parroquia, consistente de un sacerdote añejo y un fraile no mayor de veinte años. Todos descansaban en una tarima de madera elevada con asientos tallados y mullidos cojines. La muchedumbre se apiñaba alrededor de la plaza, en donde un verdugo hacía los últimos preparativos para la ejecución: en una esquina alejada refulgía una antorcha mientras él acomodaba paja seca alrededor de una estaca central con sumo cuidado, regando con brea aquí y allá, para que todo ardiera correctamente, según las instrucciones de sus superiores.

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La leyenda de Edgar Price

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Por S. Bobenstein

—Escuché que en el bosque vive un monstruo.

Eddie fue el primero en romper el hielo luego de que todos se hubieran carcajeado con un chiste de Tim. La fogata en torno a la cual se encontraban ya había cocinado cinco salchichas y diez malvaviscos; el fuego ardía felizmente sobre una ligera elevación de terreno descampado, la frontera implícita entre la mano humana y la Madre Naturaleza, a cinco metros de los lindes del denso bosque de pinos negros que casi envolvía el pueblo donde vivían.

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La oscuridad de la luz

La oscuridad de la luz

Por S. Bobenstein

El sol estaba ya alto sobre el Patio de la Piña en los Museos Vaticanos y una multitud de personas se distribuía a través de él: un grupo guiado de turistas chinos eran instruidos en el origen de la famosa piña, un grupo de mochileros jóvenes se encontraba contemplando la escultura de bronce de Pomodoro, una docena de comensales tomaban su desayuno en la cafetería, decenas de turistas y observadores iban de aquí para allá en su recorrido por las distintas salas de los museos y, sentado en una banca cercana al centro del patio, se hallaba un sacerdote solitario. El clérigo, quien no aparentaba más de cuarenta años con su cabello y su barba oscuros sobre una piel tostada por el sol, vestía sotana y pasaba el tiempo leyendo un volumen de El señor de los Anillos, ocasionalmente alternando el lugar de las piernas que tenía cruzadas.

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