Honor y plumas

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“¡Oh Rey! cuyos poderes fueron altos y del mas egregio rango.
Tú que adornaste mi cuello con el collar de tus favores,
grandes como perlas y engarzados como perlas en el hilo,
adorna ahora mi mano con un halcón,
hónrame con uno de limpias alas,
cuyo plumaje haya sido combado por el viento del norte.
¡Con qué orgullo saldré con él al alba, jugando mi mano al viento
para tomar lo libre con lo encadenado!”
-Abd al-Aziz ben Al-qabturnuh-

 

Por Oscar Valentín Bernal

I

Recuerdo como si hubiese sido ayer, la helada y traicionera mañana en que subía por la escarpada orilla de un acantilado en las costas de Cantabria, con cuerda y canasta al hombro y una idea sólida e inamovible en la mente. Hacerme con el ser más perfecto que hubiera respirado sobre la tierra.

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Esta no es una historia de amor

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Por Aledith Coulddy

Conocí a Olivia a mis treinta y dos; sus veintiocho.
No era una tarde lluviosa ni lúgubre como suelen ser las tardes de quien está en depresión; al contrario, hacía tanto calor que los edificios, que imponentes se alzaban al cielo, parecían derretirse para crear un mar de cemento.
Volvía del bar, como siempre, como las últimas semanas, como los últimos meses.

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El reloj del último día

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Por Jonathan Novak

El sonido de una sirena lejana se cuela por entre los maderos que tapian mi casa. Observo el extraño reloj de pulsera para comprobar el tiempo restante: doce minutos y treinta segundos. Alcanzo a escuchar el bullicio fuera, cristales rompiéndose, y gente gritando. En ocasiones, la fuente de dichos sonidos parecen provenir de apenas unos metros fuera de mi hogar.
—Este maldito reloj —pronuncio en un susurro.

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Miré, y vi un caballo pálido

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Por S. Bobenstein

La luz crepuscular aún alcanzaba a crear contrastes con la oscuridad de los rincones dentro de la amplia habitación con paredes y piso de roble negro, austera, salvo por algunas piezas de mobiliario, todas del mismo material. Una gentil brisa hacía ondear las cortinas del ventanal, que daba hacia una vasta pradera bordeada por un bosque espeso, cuyas formas no eran más que un muro irregular y oscuro gracias a la iluminación natural de la hora.

La apacibilidad del entorno era rota solamente por destellos y sonidos mecánicos de diversos aparatos conectados a un decrépito anciano, quien ya llevaba meses confinado en su cama: tenía puntas de oxígeno en la nariz, electrodos adheribles pegados en el pecho, un esfigmomanómetro automático en el brazo izquierdo, un oxímetro en su dedo índice de la mano derecha y una sonda para orinar. En los burós al lado de su cama, sólo había frascos y más frascos de medicamentos y material de curación. Otrora había sido un hombre fornido, hábil, bien parecido, en el pico de la capacidad física humana, ahora prácticamente era sólo piel y huesos con algunos cabellos ralos en la cabeza. Desde que sus órganos empezaron a fallar, uno por uno, sabía que la muerte era inminente, sin embargo, no tenía ningún deseo de apresurarla. Esperaría todo lo que hiciera falta hasta que viniera a reclamarlo. Después de todo, la muerte y él ya habían cruzado sus caminos en ocasiones pasadas y jamás lo alcanzó, ¿por qué, al final de su vida, se entregaría fácilmente?

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Media cara

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Por Jonathan Novak

Ya hacía un mes del inicio del invierno, los vientos gélidos azotaban la ciudad, las calles se encontraban bajo un silencio impuesto por gruesas bufandas y pesados abrigos, todos se preocupan de sus propios asuntos. Para Ellen aquello, aunque monótono, le parecía ideal. Nada la sacaba más de su zona de confort que atender a algún desconocido debido a simples nimiedades ajenas a ella. Por esta razón despreciaba tanto a la señora Lamb; la anciana ya retirada, era amante de regalar problemas a los habitantes de los departamentos del 1443 en North Prospect Avenue. Su última gracia había sido sacar a Nápoles, el gato de Lamb, a la escalera de incendios con el pretexto de ser «alérgica», una alergia claro, que todos en el edificio aceptaron desconocer.

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El Cataclista

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Por S. Bobenstein

—¡Maestro!, ¡maestro!, ¡despierte! —gritó el aprendiz, entre accesos de tos.

El muchacho movía a su mentor, quien se encontraba tirado en el suelo, inconsciente. Alrededor de ellos había libros y artefactos regados por el suelo, unos rotos, otros íntegros, todos ausentes de sus repisas y libreros. Una espesa niebla con tenue brillo rojizo se esparcía por la sala y dificultaba ver incluso la mano delante de la cara.

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El vuelo de Fokker

 

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Por Oscar Valentín Bernal

“No puede ser real, no puedes estar aquí, no tiene sentido
que estés aquí, además, me niego a creer que estés aquí…”
—Doctor Emmet Brown—

 

I

«Cathay 603 Pesado, autorizado despegar en la pista 09, en el aire contacte terminal de radar 120 decimal 7, buen viaje».

Les indicó la controladora de la torre del Aeropuerto Internacional de Tokio, por la frecuencia de radio.

—Autorizado a despegar en la pista 09 y en el aire contactaremos con radar en 120.7, Cathay 603 Pesado, buenas tardes —contestó Hoji Fujita, el copiloto del Boeing 747 de Cathay Pacific Cargo.

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Lady​ ​Macbeth

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Por Aledith Coulddy

Cuando llegué a Delaney, la ola de suicidios llevaba ya seis meses arrasando el pueblo. No era poco común que la gente se quitara la vida, pero cuando ocurrían más de cincuenta casos en menos de medio año, las alertas se encendían.

Mi superior me encomendó la tarea de resolver aquella contingencia de muertes, o al menos darles algún sentido.
En la pequeña ciudad comenzaron a sospechar cuando, por un breve periodo de dos semanas, las cuatro personas que se colgaron habían escrito cartas dirigidas a una tal Lady Macbeth. En estos párrafos se le describía como una mujer añosa de pelo rizado cubierto por un velo plateado de fina tela. En algunas líneas, se hacía mención de una voz tan dulce como el aroma de la brisa matinal de Delaney, encantadora a los sentidos, pero llena de una violenta autoridad.

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Ya nos toca

2017-11-15 Ya nos toca

Por Jonathan Novak

El abuelo Samuel siempre me acaricia la cabeza cuando voy a verlo, yo me siento a su lado y le platico cómo he jugado en el día; le cuento que me escondí de la señora grandota, y ella como siempre, enojada que porque no debería estar ahí.

El abuelo me pregunta «¿por qué has venido?», yo le digo que voy a verlo, y con sus ojitos cerrados sonríe.

Aquí todos llevamos las mismas ropas, a mí me gusta, aunque es raro ver al abuelo Samuel con su vestidote azul; el otro día le pregunté por qué usábamos esas ropas y él me dijo que eran para estar más cómodos. Yo le creo, a mí me gusta mi vestidito, es cómodo y rosa, y tiene muchos dibujitos de Minnie Mouse por todos lados.

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