El suicidio de los departamentos de la calle doce

Por Jonathan Novak

Adam Stoney solía ser el nombre del cadáver frente a la Policía Investigador Charlene Northcote. La habían llamado a las 15:30 tres días atrás. «Hombre caucásico, cuarenta y seis años, presunto suicidio por precipitación desde un edificio de departamentos en la calle doce».
La llamada había venido directamente de su jefe, quien hizo hincapié en la palabra «presunto». Y es que para ese momento, Charlene era el tercer investigador solicitado en la escena, los otros dos habían entregado informes completos, sin embargo, en voz de los mismos, el caso tenía demasiados detalles.

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La guardiana de las memorias

Por S. Bobenstein

En un lugar bastante cercano y bastante común vivía una niña con sus padres. Desde el momento de su nacimiento, del cual no había pasado mucho tiempo aún, papá y mamá la amaron con todo su ser y colmaron su existencia con todo lo que una pequeña recién nacida pudiera necesitar, aunque, a esas alturas, lo único indispensable para ella eran la comida, la limpieza, el abrigo y el amor… O eso pensaría uno dejándose llevar por el sentido común, sin embargo, la pequeña no era del todo común. Su padre, un literato consumado, había decidido empezar a enriquecer la imaginación de su bebé leyéndole diversas historias desde la primera noche que pasaron juntos en casa. En la mente de la pequeña, primero resonaron simples sonidos, luego estos dieron paso a la voz ininteligible de su padre, luego a palabras aisladas, luego a frases, y así, conforme su lengua materna se convirtió en el lenguaje de sus pensamientos, su mente empezó a llenarse con personas de todos los tiempos, con criaturas reales y fantásticas, con aventuras increíbles, con tragedias, romance y risas.

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El ascensor

Por Oscar Valentín Bernal

I

—Dante, no estoy seguro de que sea una buena idea —dijo Víctor a su mejor amigo, mientras caminaban rumbo al ascensor por los pasillos del hospital general de Newport, donde el papá de Dante era encargado del área de urgencias.
El niño acostumbraba ir al hospital todos los días saliendo de la escuela para esperarlo hasta la conclusión de su turno e ir a casa juntos. Aquel día, fue el último del curso y Víctor pidió permiso a su abuela para ir a casa de Dante a jugar Gears of War toda la tarde. Ya había acompañado en otras ocasiones a su amigo al trabajo de su padre, generalmente el tiempo de espera pasaba rápido. Siempre que uno se divertía con los amigos el tiempo volaba y eso estaba bien para Víctor porque detestaba los hospitales desde que su madre falleció en uno, tres años antes.

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AMERA


Por Aledith Coulddy

¿Cómo podía haber cambiado tan profundamente su vida con experiencias que habían acontecido en un lugar que era, en esencia, un espejismo?
—Jonathan Coe

Como manifiesto del progreso de la humanidad, se hizo asequible a un grupo selecto de seres humanos, la nueva invención de la Neurological Enhancement Program company, un neurochip adherido a la corteza cerebral frontal cuyo fin sería otorgarle mayor capacidad de memoria y rendimiento a los procesos mentales del portador del aditamento en cuestión.

La selección de aquellos individuos que tendrían la fortuna de probar la versión beta del producto, no había sido organizada en base a los ingresos monetarios del usuario, sino de ciertas características anatómicas y químicas que hacían propició el implante cerebral con la mínima posibilidad de rechazo del mismo.
Es decir, era como buscar el receptor perfecto a un órgano que estaba a punto de ser trasplantado.

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Precipitación

Por Jonathan Novak

Nana mira desesperada la espalda de la dama sentada en la ladera de cristal del edificio. Su cuerpo que se encontraba cayendo desde el piso cuarenta y dos, se detuvo súbitamente a pocos instantes de haber dado el salto.

—No entiendo, eres una niña muy linda. —La delgada dama reposada sobre una fina silla de caoba con tapicería de color carmín, mece la pierna derecha cruzada sobre la izquierda de manera nerviosa. Nana logra ver que su acompañante tiene un delgado cigarrillo a medio fumar entre el dedo índice y el corazón—. Con diecisiete años y de esta manera señorita… —continuó la dama—. ¿No pudiste haber elegido algo menos… agresivo?

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A merced de Dios

Por S. Bobenstein

Aquel era un domingo sacado de los comerciales de vacaciones: el sol brillaba alegre sobre todas las criaturas en medio de un azul celeste despejado, las olas del mar rompían con su característico sonido sobre la arena que delimitaba a la moderna ciudad costera. Las familias, los amigos y demás personas, iban de aquí para allá con grandes sonrisas, disfrutando de su día de asueto bien merecido. El calor previo a la llegada del verano estaba en el punto justo para poder disfrutar de la brisa al caminar. Se respiraba un ambiente alegre y cordial por todas partes.

Él se encontraba dentro de una cafetería con aire acondicionado y vista al mar, sentado a la mesa, sobre la que descansaban una gorra de un color amarillo chillante, unos lentes oscuros, una taza de capuchino y una rebanada de pastel de chocolate a medio comer. Compartía su lugar con un hombre mayor, aseado y pulcramente vestido con un traje de lino, su cara dejaba ver que las noches de sueño reparador sólo existían en su memoria y sus ojos revelaban una agresividad velada por un aspecto apacible. A pesar del relativo bullicio para el local, los dos hombres, quienes podían pasar por padre e hijo, no parecían interesados en nada más que en ellos mismos y su cónclave poco convencional.

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También por la madre Rusia

Por Oscar Valentín Bernal

“Para nosotros, los soldados y oficiales
del ejército 62, más allá del Volga no hay tierra.
Vamos a luchar hasta la muerte”.
—Vassili Zaitsev—

Vassili Zaitzev estaba sentado junto a una ventana en el edificio en ruinas que habían tomado por cuartel. Tenía el cañón del rifle apuntando a la calle y un cigarrillo a medio consumir descansando sobre un cenicero improvisado con una lámina retorcida, la cual permanecía al alcance de su mano. Cuando escuchó el ronroneo creciente de un motor, sus dedos se tensaron sobre la culata del arma y el gatillo. Aquel sonido lo ponía nervioso.
De pronto, vio pasar fugaz al bombardero Túpolev, sobre su escondite; iba perdiendo altitud demasiado rápido. El piloto forcejeaba con el motor en llamas, intentando elevar el enorme pájaro moribundo que se negaba a obedecerle.
El aterrizaje sobre la avenida fue catastrófico. No pasó mucho antes de que Mijhail entrara a la habitación, se aclarara la garganta y le hablara:
—Zaitzev… ¿sabes quién va en ese avión?
Vassili lo sabía. La llegada de aquel hombre a Stalingrado había sido un secreto pésimamente guardado desde hacía días.
—Tú y tus francotiradores son la última división que queda en la zona, esta ciudad se está yendo al infierno —dijo Mijhail sin poder ocultar en su voz el nerviosismo que las implicaciones de la caída de aquel avión le provocaban.
Vassili lo evaluó unos momentos y se dio cuenta de que no tenían opción, negarse a acudir al rescate sería considerado por sus superiores traición a la patria, sin importar lo riesgoso que fuera cruzar el campo de batalla.
—Vamos para allá, camarada Capitán —dijo con la voz enronquecida.
Dio una última calada al cigarrillo, luego atravesó la puerta con el rifle colgado del hombro.

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Debí saber que así Luciría el presente

Por Aledith Coulddy

Voy a arriesgar por ti todo.
Sin reproche al destino, sin reproche al pasado. Ni a nuestros caminos que un buen día se vieron unidos. Aunque no fuera plausible el amarnos, en un tiempo donde no lo entienden, en un lugar donde no lo permiten.

—Aledith Coulddy

Debí saberlo. Desde el momento en el que te paseabas por los pasillos del colegio con tu cabellera roja ardiendo al viento, debí saberlo.
Nadie tiene un cabello tan rojo solo porque sí, pero, Lucía Almeida, tú lo tienes. Y tienes también unos ojos tan azules que podía ver mi reflejo a través de ellos.

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C27

Por Jonathan Novak

—No vale la pena, Steve, no volverá a andar. —El androide de modelo C27 intentaba mantener enfocados los sensores oculares, sin embargo sólo uno permanecía acoplado a los servomotores faciales, el otro se encontraba unido a su unidad central solo por un cable plano.

Steve había obtenido el modelo C27, que ahora intentaba reparar, en una venta de garaje a las afueras de la ciudad. C27 se encontraba en malas condiciones aun entonces, para ese momento había sobrepasado las 76,000 horas de funcionamiento y su dueño original había conseguido un modelo más reciente.

“Serás una maravilla”, le había dicho Steve ni bien llegaron al taller. Con unas semanas de trabajo, C27 había recobrado gran parte de sus capacidades originales, Steve había cambiado juntos pistones y fluidos. La fuente de poder que residía donde un hombre tendría el estómago, había sido intercambiada de la tradicional de calcio a una de ácido plomo con el objetivo de darle más potencia a sus movimientos.

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Sobre alas escamosas

Por S. Bobenstein

Entrada del diario personal del Dr. Kurt Müller

23 de julio de 2019

Cuando uno dice que quiere convertirse en paleontólogo, más hoy en día, lo embate una tormenta de advertencias sobre el fracaso inminente, profesional y financiero, e incluso algunas amenazas de desheredación. Como la historia o las ciencias de la tierra, la paleontología es menospreciada horriblemente, pero los pelmazos nunca entenderán que descubrir y aprender el pasado de la vida en el planeta, arroja luz sobre el entendimiento de nuestra situación actual y nos hace vislumbrar los posibles caminos que se nos presentan para alcanzar el futuro… o para llegar a la quizás no inmerecida extinción, considerando el deplorable estado en que la Tierra se encuentra. Mi doctorado en paleontología, mi cátedra en la Universidad de Zúrich, y mis hallazgos en el campo me han proporcionado un honroso estatus en la comunidad científica internacional, por lo que puedo decir que de paleontólogo uno no muere de hambre y puede hacer una vida decente, cosa de la que no creo que muchos otros puedan jactarse.

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