Debí saber que así Luciría el presente

Por Aledith Coulddy

Voy a arriesgar por ti todo.
Sin reproche al destino, sin reproche al pasado. Ni a nuestros caminos que un buen día se vieron unidos. Aunque no fuera plausible el amarnos, en un tiempo donde no lo entienden, en un lugar donde no lo permiten.

—Aledith Coulddy

Debí saberlo. Desde el momento en el que te paseabas por los pasillos del colegio con tu cabellera roja ardiendo al viento, debí saberlo.
Nadie tiene un cabello tan rojo solo porque sí, pero, Lucía Almeida, tú lo tienes. Y tienes también unos ojos tan azules que podía ver mi reflejo a través de ellos.

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C27

Por Jonathan Novak

—No vale la pena, Steve, no volverá a andar. —El androide de modelo C27 intentaba mantener enfocados los sensores oculares, sin embargo sólo uno permanecía acoplado a los servomotores faciales, el otro se encontraba unido a su unidad central solo por un cable plano.

Steve había obtenido el modelo C27, que ahora intentaba reparar, en una venta de garaje a las afueras de la ciudad. C27 se encontraba en malas condiciones aun entonces, para ese momento había sobrepasado las 76,000 horas de funcionamiento y su dueño original había conseguido un modelo más reciente.

“Serás una maravilla”, le había dicho Steve ni bien llegaron al taller. Con unas semanas de trabajo, C27 había recobrado gran parte de sus capacidades originales, Steve había cambiado juntos pistones y fluidos. La fuente de poder que residía donde un hombre tendría el estómago, había sido intercambiada de la tradicional de calcio a una de ácido plomo con el objetivo de darle más potencia a sus movimientos.

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Sobre alas escamosas

Por S. Bobenstein

Entrada del diario personal del Dr. Kurt Müller

23 de julio de 2019

Cuando uno dice que quiere convertirse en paleontólogo, más hoy en día, lo embate una tormenta de advertencias sobre el fracaso inminente, profesional y financiero, e incluso algunas amenazas de desheredación. Como la historia o las ciencias de la tierra, la paleontología es menospreciada horriblemente, pero los pelmazos nunca entenderán que descubrir y aprender el pasado de la vida en el planeta, arroja luz sobre el entendimiento de nuestra situación actual y nos hace vislumbrar los posibles caminos que se nos presentan para alcanzar el futuro… o para llegar a la quizás no inmerecida extinción, considerando el deplorable estado en que la Tierra se encuentra. Mi doctorado en paleontología, mi cátedra en la Universidad de Zúrich, y mis hallazgos en el campo me han proporcionado un honroso estatus en la comunidad científica internacional, por lo que puedo decir que de paleontólogo uno no muere de hambre y puede hacer una vida decente, cosa de la que no creo que muchos otros puedan jactarse.

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Kyoto 1867

Por Oscar Valentín Bernal

Hay tierras impregnadas de sangre en las que los espíritus de los ancestros permanecen aferrados por décadas o incluso siglos, hablan con los vivos a través del silbido del viento que azota las hojas de los árboles, o el murmullo del río corriendo a través de los bosques y el tiempo.

Aquella noche los espíritus estaban ahí, lanzando sus susurros entre el bambú.

Los Tokugawa habían perdido. Sus cuerpos sin vida estaban colgados en las calles, o con el acero de sus katanas bien metido en las entrañas. Una nueva era comenzaba, una que aquellos fantasmas del bosque no entendían ni soportaban y por eso llenaron el campo de niebla esa noche y ocultaron a nuestros enemigos.

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El hombre que muere

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Por Aledith Coulddy

“El fin es parte del principio. No existen causa y efecto, sois vosotros los que os movéis entre las causas y los efectos”.

—Leonardo Patrignani

Tierra 1

A pesar de tratar de ignorarlo, supe cómo. ¡Claro que lo sabía porque Víctor me lo sugirió la primera vez que pasé!

¿Pero cómo habría podido hacerlo? Era el proyecto de mi vida. Un proyecto dictaminado por la misma empresa que hoy desea asesinarme.

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Ero Den

Por Jonathan Novak

Era poco común ver un rostro desconocido en Ero y aunque los años y la distancia había hecho ariscos a sus habitantes, en Ero jamás se negaba ayuda a algún extraño.

Charles Gezur arribó al final del invierno, a bordo de un autobús cuya oxidada estructura había visto tiempos mejores. Su rostro marcado con arrugas mostraba un semblante prematuramente envejecido.

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El espíritu del universo

Por S. Bobenstein

Un tono grisáceo teñía al pueblo y a todos sus habitantes pese a que el sol ya estaba en posición de mediodía, las nubes eran demasiado densas para dejar pasar la luminosidad del astro, contribuyendo a que las tétricas casas y los rostros curtidos de las personas semejaran a las formas monstruosas de las gárgolas. Había una aglomeración en la plaza principal, frente al templo de piedra en el que, en la cima de su campanario, se elevaba una cruz de hierro; se había dispuesto el lugar de honor a la derecha del templo para los nobles y el pequeño clero encargado de la parroquia, consistente de un sacerdote añejo y un fraile no mayor de veinte años. Todos descansaban en una tarima de madera elevada con asientos tallados y mullidos cojines. La muchedumbre se apiñaba alrededor de la plaza, en donde un verdugo hacía los últimos preparativos para la ejecución: en una esquina alejada refulgía una antorcha mientras él acomodaba paja seca alrededor de una estaca central con sumo cuidado, regando con brea aquí y allá, para que todo ardiera correctamente, según las instrucciones de sus superiores.

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El mandoble

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Por Oscar Valentín Bernal.

“Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,

un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas

en la tierra de Mordor, donde se extienden las sombras”.

J. R. R. Tolkien

Las voces sonaban otra vez en la cabeza de Mauro. Estaba seguro de que procedían de la espada, cual si fueran destilándose a partir de su acero de naturaleza desconocida. Comenzó a escucharlas desde el día en que el arma llegó desde Japón. Mauro tuvo un mal presentimiento en cuanto el paquete cruzó la puerta de su residencia a las afueras de Guadalajara, en manos de su asistente Gerardo. Fue como si la presencia de aquel objeto, cargara la casa de alguna clase de estática embriagante.

Ese día acomodó la espada justo en el centro de su sala de colección, la cual se encontraba plagada de katanas, cimitarras, sables y floretes; todos de una rareza excepcional y procedentes de todas partes del mundo. Sin embargo, aquélla era sin lugar a dudas la pieza más extraña bajo su posesión. El vendedor había sido japonés, un empresario como Mauro. No obstante, la espada no procedía del Japón.

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El recolector

Por Aledith Coulddy

Te contaré una historia, Darcy Ann. Es una historia que me sucedió a mí.
Sólo ten en cuenta, Darcy, que una vez puesto el punto final, habrás de tomar la decisión de huir o quedarte conmigo para el resto de tu vida.

Es una historia que se suscitó hace sesenta años, cuando apenas había comenzado mi empleo como recolector de almas. El viejo Luciano me ordenó la tarea y yo no podía hacer más que obedecer. Un alma por día, cada día, por cien años y entonces, libertad para hacer lo que me viniera en gana. Pensé por mucho en dedicarme a continuar recolectando después de cumplidos mis cien años, pero me atraía el campo de la conversión. Verás, sé que no es el fin del relato, pero los conversores susurran a los oídos de humanos vulnerables los más hostiles escenarios. Intrigas y celos. Paranoia y ambición. Después de algunos meses los tenemos venerando a Luciano.

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Así hoy y el año que viene

Por Jonathan Novak

Dos de la tarde, jueves 24 de diciembre, en la oficina hicimos una pausa para llevar a cabo la ceremonial comida de navidad e intercambio de regalos. Doscientos pesos mínimo dijo Lupita, la secre del jefe, quien poco importa en el trajín del día a día; y es que la verdad, si no estuviera tan buena no tendría trabajo. Pero no importa, todos aceptamos con aparente gusto la propuesta, porque no hay nada mejor para levantar el compañerismo que invertir doscientos pesos. Sí, doscientos pesos porque ese es el mínimo y nadie va a gastar más. Por eso, todos con regalo en mano, llegamos al comedor burdamente decorado por Lupita, su otra habilidad. Todos entramos al cuartucho con sonrisas en el rostro, no por el intercambio o la comida, sino porque al terminar tenemos permiso para ir a casa temprano.
Los grupitos se forman, esos grupitos salidos de la secundaria. Los vulgares por un lado, soltando carcajadas estridentes. Por otro los jefes, tomando coca cola en copa de vino borgoña, como si aquello fuera una cena de gala; ahí al ladito de los jefes están el Omar, el Andrés, y la Socorro, el trío de monigotes, expertos en lamer botas y en reír de chistes malos. Allá en el fondo, las secres, admirando a Lupita por su finísimo gusto en la decoración. De momento, la única sentada es doña Silvita, la más trabajadora, la que le ha dado la vida a la empresa y probablemente recibirá un «gracias» en unos meses cuando se jubile. Leer más “Así hoy y el año que viene”