Ero Den

Por Jonathan Novak

Era poco común ver un rostro desconocido en Ero y aunque los años y la distancia había hecho ariscos a sus habitantes, en Ero jamás se negaba ayuda a algún extraño.

Charles Gezur arribó al final del invierno, a bordo de un autobús cuya oxidada estructura había visto tiempos mejores. Su rostro marcado con arrugas mostraba un semblante prematuramente envejecido.

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El espíritu del universo

Por S. Bobenstein

Un tono grisáceo teñía al pueblo y a todos sus habitantes pese a que el sol ya estaba en posición de mediodía, las nubes eran demasiado densas para dejar pasar la luminosidad del astro, contribuyendo a que las tétricas casas y los rostros curtidos de las personas semejaran a las formas monstruosas de las gárgolas. Había una aglomeración en la plaza principal, frente al templo de piedra en el que, en la cima de su campanario, se elevaba una cruz de hierro; se había dispuesto el lugar de honor a la derecha del templo para los nobles y el pequeño clero encargado de la parroquia, consistente de un sacerdote añejo y un fraile no mayor de veinte años. Todos descansaban en una tarima de madera elevada con asientos tallados y mullidos cojines. La muchedumbre se apiñaba alrededor de la plaza, en donde un verdugo hacía los últimos preparativos para la ejecución: en una esquina alejada refulgía una antorcha mientras él acomodaba paja seca alrededor de una estaca central con sumo cuidado, regando con brea aquí y allá, para que todo ardiera correctamente, según las instrucciones de sus superiores.

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El mandoble

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Por Oscar Valentín Bernal.

“Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,

un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas

en la tierra de Mordor, donde se extienden las sombras”.

J. R. R. Tolkien

Las voces sonaban otra vez en la cabeza de Mauro. Estaba seguro de que procedían de la espada, cual si fueran destilándose a partir de su acero de naturaleza desconocida. Comenzó a escucharlas desde el día en que el arma llegó desde Japón. Mauro tuvo un mal presentimiento en cuanto el paquete cruzó la puerta de su residencia a las afueras de Guadalajara, en manos de su asistente Gerardo. Fue como si la presencia de aquel objeto, cargara la casa de alguna clase de estática embriagante.

Ese día acomodó la espada justo en el centro de su sala de colección, la cual se encontraba plagada de katanas, cimitarras, sables y floretes; todos de una rareza excepcional y procedentes de todas partes del mundo. Sin embargo, aquélla era sin lugar a dudas la pieza más extraña bajo su posesión. El vendedor había sido japonés, un empresario como Mauro. No obstante, la espada no procedía del Japón.

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El recolector

Por Aledith Coulddy

Te contaré una historia, Darcy Ann. Es una historia que me sucedió a mí.
Sólo ten en cuenta, Darcy, que una vez puesto el punto final, habrás de tomar la decisión de huir o quedarte conmigo para el resto de tu vida.

Es una historia que se suscitó hace sesenta años, cuando apenas había comenzado mi empleo como recolector de almas. El viejo Luciano me ordenó la tarea y yo no podía hacer más que obedecer. Un alma por día, cada día, por cien años y entonces, libertad para hacer lo que me viniera en gana. Pensé por mucho en dedicarme a continuar recolectando después de cumplidos mis cien años, pero me atraía el campo de la conversión. Verás, sé que no es el fin del relato, pero los conversores susurran a los oídos de humanos vulnerables los más hostiles escenarios. Intrigas y celos. Paranoia y ambición. Después de algunos meses los tenemos venerando a Luciano.

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Así hoy y el año que viene

Por Jonathan Novak

Dos de la tarde, jueves 24 de diciembre, en la oficina hicimos una pausa para llevar a cabo la ceremonial comida de navidad e intercambio de regalos. Doscientos pesos mínimo dijo Lupita, la secre del jefe, quien poco importa en el trajín del día a día; y es que la verdad, si no estuviera tan buena no tendría trabajo. Pero no importa, todos aceptamos con aparente gusto la propuesta, porque no hay nada mejor para levantar el compañerismo que invertir doscientos pesos. Sí, doscientos pesos porque ese es el mínimo y nadie va a gastar más. Por eso, todos con regalo en mano, llegamos al comedor burdamente decorado por Lupita, su otra habilidad. Todos entramos al cuartucho con sonrisas en el rostro, no por el intercambio o la comida, sino porque al terminar tenemos permiso para ir a casa temprano.
Los grupitos se forman, esos grupitos salidos de la secundaria. Los vulgares por un lado, soltando carcajadas estridentes. Por otro los jefes, tomando coca cola en copa de vino borgoña, como si aquello fuera una cena de gala; ahí al ladito de los jefes están el Omar, el Andrés, y la Socorro, el trío de monigotes, expertos en lamer botas y en reír de chistes malos. Allá en el fondo, las secres, admirando a Lupita por su finísimo gusto en la decoración. De momento, la única sentada es doña Silvita, la más trabajadora, la que le ha dado la vida a la empresa y probablemente recibirá un «gracias» en unos meses cuando se jubile. Leer más “Así hoy y el año que viene”

La voz del mar

Por S. Bobenstein

“El espacio: la última frontera”, o eso decían durante la introducción de las aventuras del capitán Kirk y la tripulación del Enterprise: “para explorar extraños y nuevos mundos, para buscar nueva vida y nuevas civilizaciones, para ir valientemente a donde ningún hombre ha llegado antes”. Estaba fascinado con esa idea, de niño quería más que nada abordar mi propia nave espacial y viajar a las estrellas: leía libros sobre el universo, sobre astronáutica, sobre teorías de conspiración de los extraterrestres, sobre el sistema solar y sobre los planetas. Durante una de mis lecturas me crucé con un libro acerca del océano y me percaté de algo muy curioso: los paisajes submarinos me recordaban a los raros planetas y a las pálidas lunas interestelares de la serie; las plantas y los animales marinos se parecían mucho a las exóticas especies que los del Enterprise visitaban, tenían una anatomía y fisiología tan diferente de todo lo que hay en la tierra que apenas podía creerme que esas cosas no fueran seres espaciales. ¡Todo eso estaba aquí, en la Tierra! Pero la cereza del pastel fue enterarme de que los seres humanos conocemos más acerca del espacio exterior que del fondo del mar. No había necesidad de salir a buscar la última frontera más allá del azul del cielo, puesto que aún existía una frontera inexplorada bajo el azul del mar. Cambié las naves espaciales por barcos y lanchas rápidas, y cambié los phasers por computadoras e instrumentos de medición marina, todo para convertirme en un oceanógrafo, en un explorador de los mares.

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El bloqueo

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Por Oscar Valentín Bernal

Jonathan huía de noche por el bosque, totalmente exhausto. Sentía los latidos de su corazón igual que los golpes de un tambor que tocara contra su cerebro.
Se detuvo en seco, jadeando, con las manos en las rodillas, sintiendo el camino del sudor helado que le corría por la espalda y la frente. Tuvo el tiempo suficiente para preguntarse, “¿cómo era posible que una maldita pesadilla se sintiera tan viva?” antes de escuchar el leve murmullo, casi inexistente, producido por su perseguidor entre la hierba. Sabía quién venía por él esta noche, reconocía el escenario; ese bosque escandinavo que le había costado tanto trabajo recrear, horas y horas de ver películas suecas y noruegas, de leer las novelas negras de Johan Theorin para entrar en materia. Y entonces casi sonrió, al pensar que no podía ser de otro modo.
Había sido de la misma manera cada noche, desde que se dio cuenta que no podía escribir. Siempre era un personaje diferente; primero el asesino del faro, luego esa niña poseída por el demonio, después el aluxe. Ahora era el cazador, tenía que serlo.

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Martín no es un asesino

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Por Aledith Coulddy

Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.
—Friedrich Nietzsche

I

Martín Ocampo era un asesino. Jamás había matado a nadie, pero esencialmente lo era.

Dos años atrás, Martín se hallaba podando el jardín trasero de una familia adinerada; apenas el sol daba señales de despertar, unos cuantos rayos se asomaban por el oriente cuando por una de las bardas posteriores un chico de aproximadamente veinte años brincó el límite de la casa. Vestía una sudadera negra con un estampado de alguna hierba ilegal por delante, y con las mangas se limpiaba el sudor de la frente. Martín, petrificado, observó al chico tomar de uno de sus bolsillos un arma de pequeño calibre.
“Lo siento, viejo”, masculló con la mirada fija en Martín como una presa, y apuntó el arma directo a su frente mientras con la mano libre lo tomaba de su brazo y lo atraía hacia él.

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Singularidad

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Por Jonathan Novak

“Sólo hace falta un año estudiando inteligencia artificial para empezar a creer en Dios”.
Alan Perlis

—Sobresaliente. —Karaz se encontraba frente a ella mientras revisaba las desordenadas notas que Ada había acumulado con los años. Ella, por su parte, descubría al escuchar el cumplido, que el sentimiento que aparecía siempre que alguien alababa su último trabajo no era orgullo personal, sino que éste debía ser el mismo que el de un padre al ver a su hijo anotar un tanto en algún deporte. Umelí ya no era suya, y le entristecía saber que no todos comprendían aquel hecho.

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La leyenda de Edgar Price

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Por S. Bobenstein

—Escuché que en el bosque vive un monstruo.

Eddie fue el primero en romper el hielo luego de que todos se hubieran carcajeado con un chiste de Tim. La fogata en torno a la cual se encontraban ya había cocinado cinco salchichas y diez malvaviscos; el fuego ardía felizmente sobre una ligera elevación de terreno descampado, la frontera implícita entre la mano humana y la Madre Naturaleza, a cinco metros de los lindes del denso bosque de pinos negros que casi envolvía el pueblo donde vivían.

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