The Last of Us y una nueva forma de narrativa

Por Oscar Valentín Bernal

Desde hace ya un par de décadas, con la llegada de consolas cómo el Nintendo 64 y el primer PlayStation, los videojuegos comenzaron a ofrecer mucho más que el cumplimiento de un simple objetivo, convirtiéndose en una nueva forma de narrativa totalmente inmersiva, mediante la cual los jugadores podían interactuar con historias de gran complejidad de una forma sin precedentes. Con el paso de los años, y los avances tecnológicos de las consolas de última generación, algunos videojuegos y sus historias se han vuelto tan envolventes que solo pueden ser comparados con la prosa de una novela altamente descriptiva.

Un claro ejemplo es, sin duda, “The Last of Us”, escrito por Neil Druckman, uno de los videojuegos mejor narrados que existen, con personajes de una complejidad asombrosa que no dejan de evolucionar a lo largo de la historia, haciéndonos ver una parte muy real y cruda de la humanidad.
Esta historia parte de una temática bastante exprimida por el cine y los videojuegos en los últimos años. Un apocalipsis a causa de una enfermedad que convierte a la humanidad en seres violentos. Quizá no es del todo correcto catalogar a dichos seres como zombies, a pesar de que los infectados se ven y actúan de manera muy similar a ellos.
Una de las cuestiones interesantes del planteamiento de esta entrega es el hecho de que no nos ofrece una burda historia de terror o acción, se trata más bien de un western melancólico que nos mantendrá en todo momento al filo del asiento .

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La muerte de Nøme

Por Oscar Valentín Bernal

I

A finales de 1942, la guerra en Europa viraba a favor de la Alemania Nazi. Hitler se encontraba ya tocando a las puertas de Stalin, ganando cada vez más poder, mientras los norteamericanos se batían con los japoneses en el Pacífico. En aquel entonces, los fjällandeses no querían alemanes, ni estadounidenses, ni tampoco británicos en sus tierras. Sin embargo, en medio de la carrera por asegurar las mejores posiciones estratégicas, los deseos de los habitantes de un pequeño país insular del atlántico, poco les importó a las tres potencias, quienes irrumpieron en las playas, apostándose sobre las cuatro islas y convirtiéndolas rápidamente en un tablero de trincheras, donde la tensión se respiraba en el aire cada vez más gélido del invierno.

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Lory

Por Oscar Valentín Bernal

Toda mi niñez viví en un enorme castillo lleno de torres, recovecos y escaleras adheridas a los grandes muros de metal que ascendían hacia las plataformas más altas, conectadas por pasarelas oxidadas desde donde alcanzaba a ver las montañas y llanos que en primavera semejaban océanos verdes que corrían interminables, hasta fundirse con el horizonte; luego venía el verano y con él, ese vapor que se alzaba desde el suelo, producto del calor mismo de la tierra. Cuando llegaba el otoño convertía ese verdor en tonos opacos de café y marrón, volviendo el paisaje más melancólico, pero no por eso menos impresionante. Finalmente con el invierno caía la nieve, la blancura perpetua se alzaba sobre las praderas, reflectando el sol y haciendo que el frío calara hondo en los huesos.

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El ascensor

Por Oscar Valentín Bernal

I

—Dante, no estoy seguro de que sea una buena idea —dijo Víctor a su mejor amigo, mientras caminaban rumbo al ascensor por los pasillos del hospital general de Newport, donde el papá de Dante era encargado del área de urgencias.
El niño acostumbraba ir al hospital todos los días saliendo de la escuela para esperarlo hasta la conclusión de su turno e ir a casa juntos. Aquel día, fue el último del curso y Víctor pidió permiso a su abuela para ir a casa de Dante a jugar Gears of War toda la tarde. Ya había acompañado en otras ocasiones a su amigo al trabajo de su padre, generalmente el tiempo de espera pasaba rápido. Siempre que uno se divertía con los amigos el tiempo volaba y eso estaba bien para Víctor porque detestaba los hospitales desde que su madre falleció en uno, tres años antes.

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También por la madre Rusia

Por Oscar Valentín Bernal

“Para nosotros, los soldados y oficiales
del ejército 62, más allá del Volga no hay tierra.
Vamos a luchar hasta la muerte”.
—Vassili Zaitsev—

Vassili Zaitzev estaba sentado junto a una ventana en el edificio en ruinas que habían tomado por cuartel. Tenía el cañón del rifle apuntando a la calle y un cigarrillo a medio consumir descansando sobre un cenicero improvisado con una lámina retorcida, la cual permanecía al alcance de su mano. Cuando escuchó el ronroneo creciente de un motor, sus dedos se tensaron sobre la culata del arma y el gatillo. Aquel sonido lo ponía nervioso.
De pronto, vio pasar fugaz al bombardero Túpolev, sobre su escondite; iba perdiendo altitud demasiado rápido. El piloto forcejeaba con el motor en llamas, intentando elevar el enorme pájaro moribundo que se negaba a obedecerle.
El aterrizaje sobre la avenida fue catastrófico. No pasó mucho antes de que Mijhail entrara a la habitación, se aclarara la garganta y le hablara:
—Zaitzev… ¿sabes quién va en ese avión?
Vassili lo sabía. La llegada de aquel hombre a Stalingrado había sido un secreto pésimamente guardado desde hacía días.
—Tú y tus francotiradores son la última división que queda en la zona, esta ciudad se está yendo al infierno —dijo Mijhail sin poder ocultar en su voz el nerviosismo que las implicaciones de la caída de aquel avión le provocaban.
Vassili lo evaluó unos momentos y se dio cuenta de que no tenían opción, negarse a acudir al rescate sería considerado por sus superiores traición a la patria, sin importar lo riesgoso que fuera cruzar el campo de batalla.
—Vamos para allá, camarada Capitán —dijo con la voz enronquecida.
Dio una última calada al cigarrillo, luego atravesó la puerta con el rifle colgado del hombro.

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Kyoto 1867

Por Oscar Valentín Bernal

Hay tierras impregnadas de sangre en las que los espíritus de los ancestros permanecen aferrados por décadas o incluso siglos, hablan con los vivos a través del silbido del viento que azota las hojas de los árboles, o el murmullo del río corriendo a través de los bosques y el tiempo.

Aquella noche los espíritus estaban ahí, lanzando sus susurros entre el bambú.

Los Tokugawa habían perdido. Sus cuerpos sin vida estaban colgados en las calles, o con el acero de sus katanas bien metido en las entrañas. Una nueva era comenzaba, una que aquellos fantasmas del bosque no entendían ni soportaban y por eso llenaron el campo de niebla esa noche y ocultaron a nuestros enemigos.

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El mandoble

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Por Oscar Valentín Bernal.

“Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,

un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas

en la tierra de Mordor, donde se extienden las sombras”.

J. R. R. Tolkien

Las voces sonaban otra vez en la cabeza de Mauro. Estaba seguro de que procedían de la espada, cual si fueran destilándose a partir de su acero de naturaleza desconocida. Comenzó a escucharlas desde el día en que el arma llegó desde Japón. Mauro tuvo un mal presentimiento en cuanto el paquete cruzó la puerta de su residencia a las afueras de Guadalajara, en manos de su asistente Gerardo. Fue como si la presencia de aquel objeto, cargara la casa de alguna clase de estática embriagante.

Ese día acomodó la espada justo en el centro de su sala de colección, la cual se encontraba plagada de katanas, cimitarras, sables y floretes; todos de una rareza excepcional y procedentes de todas partes del mundo. Sin embargo, aquélla era sin lugar a dudas la pieza más extraña bajo su posesión. El vendedor había sido japonés, un empresario como Mauro. No obstante, la espada no procedía del Japón.

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El bloqueo

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Por Oscar Valentín Bernal

Jonathan huía de noche por el bosque, totalmente exhausto. Sentía los latidos de su corazón igual que los golpes de un tambor que tocara contra su cerebro.
Se detuvo en seco, jadeando, con las manos en las rodillas, sintiendo el camino del sudor helado que le corría por la espalda y la frente. Tuvo el tiempo suficiente para preguntarse, “¿cómo era posible que una maldita pesadilla se sintiera tan viva?” antes de escuchar el leve murmullo, casi inexistente, producido por su perseguidor entre la hierba. Sabía quién venía por él esta noche, reconocía el escenario; ese bosque escandinavo que le había costado tanto trabajo recrear, horas y horas de ver películas suecas y noruegas, de leer las novelas negras de Johan Theorin para entrar en materia. Y entonces casi sonrió, al pensar que no podía ser de otro modo.
Había sido de la misma manera cada noche, desde que se dio cuenta que no podía escribir. Siempre era un personaje diferente; primero el asesino del faro, luego esa niña poseída por el demonio, después el aluxe. Ahora era el cazador, tenía que serlo.

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El Diablo

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Por Oscar Valentín Bernal

 

“The scientist of darkness older than the constellations.

The mysterious jinx and the error in heavens masterplan”.

VINTERSORG

 

Cuando entré corriendo en la sacristía para advertirle al obispo, que el Diablo caminaba sobre la tierra, nadie me creyó. Llevaba la frente perlada de sudor bajo el gorro del hábito de monje.

Les conté cómo el padre Nuño decidió practicar un exorcismo clandestino a una pequeña de cinco años, pues la iglesia, le había negado la autorización por falta de pruebas en su caso. Comenzó con el ritual en la sala, después de pedirles a los padres de la pequeña que salieran de la casa. Yo presencié todo el enfrentamiento, mientras asistía a Nuño. Dijo las oraciones necesarias, pronunció cada conjuro, invocó a todas las fuerzas de dios para salvar el alma de la pequeña, que yacía atada en una silla con gruesas amarras, debatiéndose contra sus ataduras y rugiendo cosas en idiomas incomprensibles. Cuando el padre por fin ordenó, “¡dime tú nombre!”, el demonio con forma de niña soltó una carcajada gutural. Luego, con un movimiento grácil, carente de todo esfuerzo, arrancó sus manos de la silla de un tirón, haciendo volar trozos de madera astillada y se puso de pie de un salto. Un pequeño engendro de cinco años, que en aquel momento pareció tan tierno como cualquier otra niñita de esa edad, lo que lo volvió mucho más monstruoso, demencial. El padre horrorizado, trastabilló y cayó al suelo.

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De regreso a Fassbender

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Por Oscar Valentín Bernal

La noche en que por fin regresé a mi pueblo con el rifle colgando del hombro, las calles estaban sumidas en una espesa bruma. Avancé, invadido de nostalgia entre los edificios de luces apagadas, tiendas cerradas y solitarios restaurantes en los que no había señales de vida. No pude alejar de mi mente el pensamiento de que el pueblo se encontraba desierto.
Recorrí aquellas aceras en penumbra, de la mano de un repulsivo sentimiento de irrealidad que se negaba a dejarme. El aire se sentía denso, el sonido de mis pasos viajaba de manera peculiar entre la niebla.

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